El fracaso de una existencia y la frustración de un Dios
La vocación es un llamado que Dios nos hace, para designarnos a una misión específica en el contexto particular en el que a cada uno nosotros vive. Aunque específicamente la iglesia nos pide que en este día recemos a Jesús buen pastor para que envíe obreros a su viña y esto se refiere a las vocaciones de especial consagración y servicio en la iglesia; cuando rezamos y pedimos por las vocaciones lo hacemos en su sentido más amplio y profundo
En primer lugar debemos decir que la vocación es un llamado y que el primer llamado que Dios nos hace a todos es a la existencia. Los que tenemos fe, creemos que toda vida vale, justamente porque detrás de ella está el dedo de Dios y el dedo de Dios no manda a nadie a la existencia sin un proyecto. De tal proyecto divino, la persona se hará consciente en el momento oportuno y lo hará efectivo también oportunamente en el espacio y el tiempo en el momento en que llegado a la madurez Dios mismo le hará presente ese proyecto. De ahí que toda vida es sagrada, por ese llamado y por ese proyecto único que Dios tiene para cada persona. En este sentido decimos que en toda vida, podríamos decir incluso antes de nacer, hubo una elección y en toda vocación hay claramente una elección. Esa elección es la mirada particular de Dios que elige personalmente al ser para que tenga vida y lo lanza a la existencia. En esa elección hay algo que trasciende la naturaleza humana, tanto es así que para que esa elección se visibilice se necesitará un momento en el que Dios mismo en el tiempo oportuno llamará a la persona y lo hará por su propio nombre. Es decir quedará en claro la misión específica que tiene esa vida en el mundo en el contexto y tiempo particular en el que le toca vivir. Ese llamado es personal y hay de manera tangible una clara intervención de Dios que hace saber a la persona por medios muy cotidianos y también misteriosos que lo ha elegido y designado para algo.
Pensemos en la elección y el llamado de la Virgen María y de los profetas en el antiguo testamento y los santos. Existe en todos ellos un instante puntual en el que la voz de Dios prevalece a todas las voces y nítidamente en medio del rumor del mundo llama, nombrando a los llamados, por el propio nombre y haciéndoles sabe de esa elección. No solo eso, sino que los dota de todo lo necesario para que esa elección y ese llamado pueda cumplirse a cabalidad, según ese diseño de amor que proviene de lo alto. Es por eso que una vez que la persona llamada se hace consciente de esa elección y de esa misión debe acontecer una unción; esto significa el derramamiento del Espíritu Santo en la vida de la persona que lo llenará de los atributos de gracia divinos para que la acción apostólica para la que ha sido designado sea verdaderamente eficaz. Esa unción será la sombra de Dios continuamente acompañará al elegido para que este pueda cumplir con el mandato su mandato en orden a la vocación específica que Dios mismo le ha dado. Ungido entonces por el espíritu santo, la persona es enviada a la misión con instrucciones específicas que tiene que ver con el reino de Dios, que trasciende este mundo y tiene que ver con la salvación. Así, la persona vivirá cada uno de sus días haciendo visible, esa elección, ese llamado, esa unción que se traduce en la misión que cada persona recibe de parte de Dios y que tiene que será desarrollada si la persona acepta esto, en el mundo. Claramente la persona puede no avalar esa elección, ese llamado, esa unción y esa misión. Dios no obligará jamás a nadie hacer lo que su libre albedrío no avala. Pero que sucede, al ser toda persona creación de Dios con todos los atributos antes descriptos, que cuando no se avala ese diseño de Dios que es la misión para la que ha nacido esta persona, esta vivirá en la más absurda contradicción, confusión, tristeza y vagara por el mundo sin hacer visible su elección, su llamado, y su unción y por eso sin concretizar en su contexto la misión para la que ha venido, será un peregrino errante sin un alma que lo anime por eso no habrá en él o ella, ni alegría, ni sentido, ni paz, tan solo un permanecer en la existencia sin la razón más honda de su ser, simplemente, porque su libertad le dijo que no a Dios.
Sucederá de esta manera el fracaso de una existencia y la frustración de un Dios. La vocación en última, en su sentido más amplio y profundo, es un llamado a la santidad y por eso todo ser humano tiene en su mismo ADN por ser creación de Dios, esta sed de eternidad y de plenitud. El lugar específico en el que se vivirá ese llamado y esa elección tiene que ver con el estado de vida que cada persona elige en un momento dado para cumplir con la voluntad de Dios en orden a esa santificación. Por eso existen diversas vacaciones, como diversos son los estado de vida que cada persona elige. Están las vocaciones de especial consagración para el servicio en la iglesia; estos están representados por todos los consagrados, presbíteros, también llamados sacerdotes, religiosos y religiosas de los más variados carismas, laicos consagrados también de diversos carismas, vida matrimonial y familiar, todos en pro de un único cometido que es la santificación, para cumplir la voluntad de Dios que un día ha elegido, llamado, ungido y enviado a cada uno en el lugar y vocación específica y también con una misión específica.










