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Porqué es peligroso el: “no tengo nada que esconder”

La seguridad preocupa cada vez más a los gobiernos y en el camino, la privacidad del ciudadano común se ve afectada. El mal uso de datos privados se está convirtiendo en otro problema de seguridad nacional.

Al conocerse la existencia operativa del programa PRISM operado por la Agencia de Seguridad de EE.UU (NSA) para la recogida masiva de comunicaciones procedentes de al menos nueve grandes compañías estadounidenses de Internet, mucha gente fue víctima de una suerte de paranoia digital intentando borrar sus datos pero otras (la mayoría) se encogieron de hombros diciendo “yo no tengo nada que esconder, ¿de qué me voy a cuidar?”. 

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Este programa secreto hasta el 2013, fue puesto en marcha en 2007, en el marco de la expansión de los servicios de inteligencia de Estados Unidos iniciada en 2001 tras los atentados del 11 de septiembre y el comienzo de la ‘guerra contra el terrorismo’ y se conoció gracias al antiguo contratista de la NSA, Edward Snowden, quien advirtió que el alcance de la recopilación masiva de datos era mucho mayor de lo que la población conocía.

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La vigilancia continua significa cambiar las cosas de sitio. En lugar de partir del principio de que todos somos inocentes, se nos convierte en sospechosos por defecto y por eso necesitamos estar constantemente bajo escrutinio piensan algunos expertos en seguridad retorciendo un principio básico de la Justicia.

Asado el sábado

Sin embargo el no tener nada que esconder no nos coloca en la categoría de ciudadanos inofensivos. Veamos cómo trabajan estos sistemas:

Supongamos que tenemos un país de 10 millones de habitantes con un sistema de vigilancia increíblemente preciso. Un 99.9% de posibilidades de detectar correctamente a un criminal, y sólo un 1% de falsos positivos (personas detectadas como criminales que en realidad son perfectamente normales).

Por otro lado, estimando que en el país haya unos 100.000 criminales, con las probabilidades y la ayuda del programa vamos a cazar a 99.900 de esos criminales. Qué bien, que seguros estamos.

Sin embargo, hay un problema: el sistema también marcó como criminales a 100.000 personas inocentes. Es decir, que el eficaz supersistema de vigilancia sólo acertó el 49.9% de las veces con su diagnóstico. Ya no es tan efectivo, ¿verdad?

Estos programas que todos saben que existen pero nadie admite utilizarlos aun cuando exoperadores y programadores hayan puesto su vida en peligro al denunciarlo funcionan como una gigantesca aspiradora de datos y palabras claves que recorren el océano de Internet.

Cómo funciona

Periódicamente -y de acuerdo al momento- se programa a esas ‘aspiradoras de datos’ para que vayan separando, entrecruzando e informado del tráfico telefónico o de Internet que incluya -por dar un ejemplo básico- palabras como asado, reunión, molleja, manta, chorizos y carbón. Si se hace esto durante una semana el programa les dirá a los operadores cuántas personas están pensando reunirse para hacer un asado el fin de semana. Les dirá quiénes son, donde serán los asados, qué se va a comer y posiblemente una cantidad de datos más, irrelevantes para nosotros, pero fundamentales para quien quiera saber -por alguna razón- cuántas personas están ‘involucradas’ en un asado de fin de semana en el país, quienes serán los organizadores, los autores, los participantes, los simpatizantes y quienes no están interesados porque ese día comerán pastas. Una búsqueda así será muy exitosa porque es una búsqueda considerada común en su objetivo. Pero, cuanto menos común es lo que busca, más probabilidad hay de tener un falso positivo. Un sistema de vigilancia de millones de ciudadanos para encontrar a unos pocos (centenas, como mucho) terroristas, va a tener muchos falsos positivos y probablemente muchos inocentes acaben en un lío que no saben de dónde les vino, (la prensa de EE.UU casi todos los días se hace eco de algún caso que es tomado casi con humor).

¿Somos todos inocentes?

Cada país tiene sus propias leyes, y algunas pueden llegar a ser muy oscuras, absurdas o incluso injustas. ¿Acaso conocemos todas y cada una de ellas tan bien como para poder decir que no hacemos nada ilegal?

La mayoría de nosotros copió casetes y discos, poniendo la música lo suficientemente fuerte como para considerarlo ‘difusión’; pues bien, en la letra chica de las etiquetas dice claramente que eso es un delito y aunque Sadaic hace un control de difusión, jamás hemos visto agentes del gobierno asomarse a las ventanas a ver si una reproducción se está haciendo en privado o en una reunión. Pero el día que se decidida bucear en Internet y la telefonía celular rastreando a quienes copiaron discos, bajaron música o simplemente se juntaron en el Parque de la Democracia a escucharla, el tema se pondrá complicado.

El argumento de “no tengo nada que ocultar” se cae si se ven las cosas de esa manera y lo más grave es que existe la posibilidad cierta de que no sólo el Estado sea quien acceda a los datos.

¿Qué ocurriría si hay un fallo en la base de datos y algún hacker accede a ella, o se filtra al público? A nadie le gustaría que tantos aspectos de su vida se hiciesen públicos. Y ni siquiera hay que irse al caso extremo de que fallen todos los sistemas de seguridad de la base de datos. ¿Qué pasa si alguien con acceso legítimo a esos datos decide usarlos con malas intenciones? A veces una escucha inofensiva (alguien expresándose coloquialmente con groserías sobre otra persona) puede ser utilizada como si se tratase de parte de una gran conspiración. 

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También es de público conocimiento que compañías consultoras políticas tienen sistemas de recolección de datos en las redes sociales. Fue público hace poco con el caso de Analytica.

Tantos datos dando vuelta exigen un nivel de seguridad y responsabilidad enormes. Cuantas más personas tengan acceso a esos datos, más puntos débiles hay y más posibilidades de que los datos privados se conviertan en públicos.

La gente no puede renunciar a la privacidad a cambio de más seguridad porque, en realidad, eso es una falacia. Por pura matemática, un sistema para encontrar unos pocos criminales peligrosos en medio de una maraña de personas inocentes será poco efectivo salvo que se emplee una cantidad exorbitante de recursos para no tener ningún falso positivo y no ignorar ningún criminal.

Tampoco se puede renunciar a esa privacidad voluntariamente porque nunca sabremos cuándo vamos a tener la necesidad de romper una ley que pueda ser absurda o injusta, o cuándo una infracción inocente de alguna norma que no conocíamos nos pueda meter en un lío que requerirá agotadoras explicaciones y nos marcará para siempre.

Dato:  Un programa que detecte con un error del 1% a los delincuentes encontrará 100.000 falsos positivos en una población de 10 millones.

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