Groisman: “Siempre es interesante lo que la literatura despierta en el otro”
El próximo el viernes 13 y el sábado 14 de abril se realizará en el Fogón de los Arrieros la cuarta edición del Festival Literario Mulita, El sábado la programación recibirá a Valeria Groisman. En esta oportunidad presentará su libro “Las cosas que se arreglan solas“ y participará de una ronda de lecturas.
“Las cosas que se arreglan solas“ es su primer libro de “cuentos donde se aproxima a situaciones domésticas o comunes para dar pie a historias desplazadas, tragicómicas o simplemente graciosas“, dibujó. Ahora Valeria se muestra feliz de volver a Resistencia.

“Esta invitación la tomé muy bien y estoy muy entusiasmada con regresar a esta ciudad. Visité la provincia el año pasado en el marco de la Feria del Libro y me recibieron de una manera muy cálida. Me encantó cómo la gente participa. Toda la gente que
conocí fue muy amable y me gustó conocerlos. Además siempre me entusiasma que la literatura vaya encontrando
otro camino. Para quienes somos de Buenos Aires siempre es limitado el campo, es muy cerrada la circulación aquí, es bueno ahora poder salir y llevar la literatura a otro lado. Generalmente es al revés, los escritores del interior vienen a Buenos Aires y somos pocos los que vamos al interior. Cuando estuve allá me sentí muy bien y me quedé con ganas de volver“, destaca
en comunicación telefónica con este diario.
Sobre su libro de cuentos -Las cosas que se arreglan solas“- explica que tenía los cuentos en diferentes apuntes. “Los tenía
todo por separado y en su momento asistí a un taller con Julián López, Diego Almada, ellos empezaron a escuchar estos
cuentos que venía escribiendo. A partir de ahí sintieron que había un libro ahí y con ellos le fuimos dando forma. En estos
cuentos había una idea en común, un clima, un punto de vista, cosas que se veían como factores para conformar un libro.
Tenía una cantidad enorme de material y fuimos recortando y aunando lo que sentíamos que era material común para
formar el libro. Así quedó. Es un libro muy querido para mí y es un libro que quiero mucho. Siento que me representa“, subraya.
Valeria presentará su libro el sábado 14 de abril a las 21 junto a Miguel Ángel Molfino. Un rato después compartirá la mesa Darse vuelta: narrar el otro lado. Ahí estará acompañada de Elvio Gandolfo y Carlos Busqued. “En la presentación del libro puntualmente voy a leer algunos de los cuentos. Voy a estar con Molfino lo cual también es un gusto grande. Después
en otra ronda vamos a leer cosas nuevas. Voy a leer material nuevo que estoy produciendo y que vengo trabajando.
En las lecturas van a ver sorpresas en el festival“, explica. En la charla también cuenta que leer y hacer las lecturas
compartidas siempre le pone un poco nerviosa al comenzar. “Al principio siempre pasa lo mismo y después uno se va
distendiendo. Mientras van sucediendo las lecturas uno va tomando cancha porque también va entendiendo que el
material es propio pero se va soltando junto al otro. Además es interesante ver lo que puede disparar en el otro, en el
lector, la palabra ya hecha cuento. Hay gente que le gusta y algunos son escritores o personas que respeto mucho.
De igual modo entiendo que puede haber gente a la que no le va a gustar pero le puede disparar cosas. El material
está ahí, la palabra está en la mesa pero cada uno hará lo que sienta con ese material o con esa materia“, desliza y se adivina una sonrisa del otro lado del teléfono. Sus textos gozan de un humor extrañado, cosas que te hacen reír en situaciones desgraciadas. No es un humor inocente ni burdo ni eso que llamamos “humor negro”. El humor arranca una risa que interpela y ahí radica su incomodidad.
Rock
Así escribe Valeria Groisman
La idea de ir pergeñando algo se había instalado en mi cabeza como un puñal. Un puñal que la atravesaba limpia y contundentemente, llevándose todos los demás pensamientos que daban vueltas sin prosperar, sin llegar a convertirse en nada que tuviera una forma que se sostenga.
Oí unos pasos dispersos, impares, que se acercaban por el ala Este del pasillo, pasaban cerca de mi puerta y volvían alejarse hacia el Oeste. Adivinaba por el sonido de los tacos si se trataba de un paseante habitual o de un visitante pasajero. El ritmo, el timbre, los ecos. La premura e incomodidad del taco alto contra la eficiencia y la parsimonia de la suela de goma: del que sabe que tendrá que estar eternas horas parado a diferencia del que no esperaba terminar en un hospital.
Todo lo que en un momento creí saber, ahora lo dudo. La imposibilidad de moverme hizo que se me detuviera también el tiempo. Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas impresas sobre él. Ahora lo comprendo. El cambio de movimiento es proporcional a la fuerza motriz impresa y ocurre según la línea recta a lo largo de la cual aquella fuerza se imprime.
Estoy quieta por tiempo indefinido. Eso puede significar un rato o para siempre. Siempre quise decir “para siempre” en referencia a algo. Tenés talento para el drama, decía mi madre. Ahora veo que “para siempre” puede estar ligado realmente a la idea de eternidad.
Siento una picazón aguda y certera en la punta de la nariz. Pienso en otra cosa. En una playa, un bosque con sonidos plácidos, las clases de yoga, Buda. La picazón sigue ahí. Quizás pase una enfermera pronto, si tengo suerte. O tal vez desarrolle la habilidad de la telepatía. Lo que suceda primero.
Mamá debería estar llegando en una hora como mucho. Con el correr de los días aprendí a palpar el tiempo por el recorrido de la luz que atraviesa la ventana. Va subiendo hasta esconderse, traza un arco desde el piso al techo hasta desaparecer, cambiando de color durante su trayecto. Desde hace unos días oscurece más temprano. Empieza despacio hasta que la tarde se evapora súbitamente. Sin aviso ya es de noche a una hora inadecuada. Antes lo vivía como una estafa. Ahora es lo mismo. Mejor aún, siento que puedo dormirme más temprano.

Anoche soñé con varias cosas que me hicieron feliz. Es decir, feliz en el sueño. Fui feliz mientras soñaba y la felicidad se disipó al despertar. Como una pesadilla pero al revés. La sicóloga viene mañana. Voy a decirle que soñé que era una estatua o una muñeca de madera. Algo al estilo Pinocho. Le va a encantar.
Oigo unos pasos más suaves y livianos desde hace un par de días. Surcan el pasillo a veces como un rayo, otras lentamente. Irrumpieron en mi habitación esta mañana de sopetón. Yo quise esconderme o taparme: un acto reflejo que no desemboca en nada. Todo queda suspendido en el pensamiento. Me sentí como cuando abre la puerta del baño un desconocido sin golpear.
Vi sus ojos interrumpiendo el trayecto entre los míos y el techo. Me observaba con la precisión de un entomólogo. Cada poro, cada pelo. Después recorrió la habitación con pasos teatrales, exagerando las distancias hasta llegar a la ventana. Es grande, dijo. Y da al jardín. La mía da a una pared de ladrillo por la que entra olor a pollo hervido.
Tenía un tutú rosa chicle por encima del camisón gastado: dibujos que alguna vez fueron mariposas o flores, o las dos cosas. Una vincha con incrustaciones brillantes de plástico le sostenía parte del pelo. La otra parte se le rebelaba sobre la cara y, cuando era demasiado molesto, lo acomodaba tras la oreja hasta que se le volvía a escapar.
Soy Tatiana, dijo. ¿Y vos?
Tatiana suena a Rusia y todo lo ruso suena a serio, a estricto, a profesional. Suena a gente que no se equivoca nunca, a frío, a gimnasia artística, a ajedrez.
Me gusta patinar y también me gusta el ballet, dijo, como adivinándome. Mi mamá dice que tengo que elegir uno de los dos. Pero hay cosas que son tan difíciles de elegir, ¿no te pasa?
Ella parece no registrar que yo no le contesto, o debe pensar que también estoy muda, o no debe necesitar respuestas inmediatas para el diálogo. Yo retraso el momento hasta que pregunta, desfachatada:
¿Es cierto que no te podés mover?
Es cierto, pienso, pero no me gusta decirlo en voz alta. En cambio digo:
Por favor, ¿no me rascarías la nariz?
Tatiana apoya la mano diminuta de una Barbie en la punta de mi nariz y la rasca con fuerza, lo que provoca en mí no sólo alivio sino también una carcajada estrepitosa. Ella se ríe también, no sé si contagiada por mi risa o porque igual que a mí su ocurrencia le causó gracia. Se sienta en la cama al lado mío. Su cuerpo hunde las sábanas que adivino tiesas. Sigue largando risas cada vez más espaciadas y tenues, como desacelerando, hasta frenar.
Es como hacer la plancha, ¿no? Me encanta hacer la plancha, dice. Aunque no todo el tiempo. Los dedos te quedan como salchichas.










