Los enemigos del buen descanso
Los problemas del sueño se han convertido en una epidemia global que amenaza la salud y la calidad de vida de los seres humanos, aunque no siempre se presta una atención a este problema que, según la Asociación Mundial de Medicina del Sueño, afecta al 45 por ciento de la población mundial.
Los expertos en tratar los trastornos provocados por la falta de un adecuado descanso atribuyen el origen del problema a las características de las sociedades actuales que enaltecen el consumo y la alta productividad, y que erróneamente asocian el buen dormir y el ocio con la pereza o la aversión al trabajo. Así, se ponen de moda los energizantes, las pastillas para mantenerse despiertos y otros inventos que alteran el normal ciclo del sueño, como los teléfonos inteligentes y computadoras portátiles que cada vez ganan más espacios en los dormitorios. El problema es que estos dispositivos emiten una luz que confunden al reloj biológico humano, haciendo creer al cerebro que es de día, y por lo tanto que no es hora de dormir. El uso frecuente de estos equipos a altas horas de la noche termina por afectar la calidad y cantidad de sueño de los usuarios, a quienes les cuesta conciliar el sueño. Así sucede que al día siguiente se resiente notablemente el rendimiento en los horarios de trabajo y en las aulas.
Hace unos años la Asociación Mundial de Medicina del Sueño (en inglés WASM: World Association of Sleep Medicine) propuso establecer una fecha para crear conciencia sobre los trastornos del sueño y la carga que ellos le imponen a la sociedad, celebrando en esa jornada el llamado Día Mundial del Sueño (World Sleep Day) a través del cual se intenta concienciar a la sociedad sobre los trastornos del sueño, promover la prevención, la educación y una mejor comprensión de un trastorno que afecta a salud y la calidad de vida de muchas personas. Este año, el Día Mundial del Sueño se celebró el 16 de este mes, y en nuestro país se realizaron diversas actividades para llamar la atención de la comunidad sobre el problema. Así, se conoció un estudio realizado por investigadores de Unidad de Medicina del Sueño de la Fundación para la Lucha contra las Enfermedades Neurológicas de la Infancia que reveló que actualmente los argentinos descansan dos horas menos que hace 50 años, mientras que y el 30 por ciento de la población admite que duerme mal. A partir de estos datos, se observa que la sociedad argentina sufre un fenómeno de “privación crónica de sueño” y se explica que una persona que necesita dormir diez horas por día no necesariamente es un holgazán. No caben dudas que los hábitos moldeados por la TV, o las nuevas plataformas que permiten tener el cine en el hogar, disponible las 24 horas, generaron nuevas costumbres como las verdaderas maratones de visionado de series que hacen que una persona pueda pasar toda la noche despierto.
Resulta interesante el estudio que realizaron científicos de las universidades de Quilmes, Washington, Yale y Harvard (con mayoría de investigadores argentinos) que compararon la vida de dos comunidades indígenas de Formosa, que viven a varios kilómetros de distancia entre sí, con la diferencia de que una tiene acceso a la luz eléctrica y la otra, no. Allí se detectaron cambios en los patrones de sueño según las estaciones del año y también, que los pobladores que vivían sólo con luz natural dormían entre 45 minutos y una hora más por día que los otros. Los investigadores señalaron que este es sólo un ejemplo de cómo el impacto de la iluminación artificial en la vida cotidiana de la gente genera cambios en los hábitos de descanso, acortando el tiempo que se dedica al sueño.
El investigador Claudio Podestá, que participa del equipo de la Unidad de Medicina del Sueño, observa que en la sociedad se ha instalado la idea de que pocas horas de sueño son signo de inteligencia, y es el peor concepto que podemos tener, porque cada uno debe dormir lo que necesita. Sobre este tema, los expertos explican que el sueño es insuficiente cuando el tiempo que dormimos no nos alcanza para mantener el estado de vigilia y alerta durante el día. Las consecuencias de esto pueden ser fatiga, somnolencia diurna, déficit de atención y en la capacidad de concentración, distracciones, mayor número de errores, cambios de humor, riesgo de abuso de estimulantes, menor rendimiento escolar y laboral.










