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Crónica de un desastre anunciado

Estaba escrito que este iba a ser otro año escolar con un comienzo de clases traumático. Hoy debería ser la fiesta del inicio de un nuevo ciclo lectivo. Fiesta de volver a la escuela reluciente, limpia, con maestros motivados para cumplir su misión. Y es todo lo contrario. Seguimos escribiendo la crónica de un desastre anunciado en el que cada vez más niños y jóvenes van a perder tiempo y a ser víctimas de pésimas políticas de Estado, de las ambiciones de dirigentes gremiales perpetuos y de docentes sin vocación ni ganas de enseñar.

Otra vez se dijo en 2017 que se iba a dejar todo arreglado antes de fin de año para que en el inicio de las clases no se repitieran los problemas. Promesas de marinero. Esta vez fue peor. Y entonces es en vano que nos quejemos del bajo nivel de aprendizaje de todos los ciclos de enseñanza y del drama que es ingresar a la universidad.

Es incomprensible que se admita que prioridad número uno es la educación pero que después se obre en sentido opuesto en cosas que son fundamentales. Así estamos escribiendo la crónica de un desastre anunciado que no sabemos hasta donde llegará. Y de eso, cada uno en su ámbito, todos somos responsables. Y es incomprensible que nos resulte más fácil construir asfaltos, redes de agua potable y cloacas, casas, edificios y tantas otras cosas, que poner mano a tener una educación normal, donde docentes sientan la satisfacción de enseñar, educar y formar y niños y jóvenes se sientan a gusto y atraídos para progresar y estén felices en lo que alguna vez se llamó el segundo hogar y que hoy es un templo del aburrimiento.

El Estado debe asegurar ámbitos limpios, sanos, cómodos, con los elementos necesarios, con sueldos acordes a la misión m ás trascendente de un ser humano eliminando toda la burocracia educativa enquistada en despachos oficiales. Los docentes no deberían preocuparse por sus salarios, defendidos por sus gremios y pagados por los gobernantes para cumplir su misión, perfeccionándose cada vez más, sintonizando el mismo canal que sus alumnos e innovando continuamente para formar ciudadanos responsables que tengan las armas para fundar nuevas familias y progresar en la sociedad. Todos respaldados por las familias de los alumnos, que se sienten parte del proceso educativo y consideran a la escuela como propia vigilando para que cumpla su misión y colaborando con todo lo que puedan aportar.

Todo lo contrario

Hoy sucede, en muchos casos, todo lo contrario. Los gobiernos hablan de prioridad educativa, pero no pagan bien a los docentes, sobre todo a los que están al frente de las aulas y en contacto directo con los alumnos. Por el contrario alientan la burocracia y difunden números que no se condicen con la realidad. No se animan o no quieren dialogar mano a mano con los dirigentes gremiales, ofreciendo porcentajes inamovibles apoyados en argumentos como “no tenemos la máquina de hacer billetes” o que ya “se gastan nueve de cada diez pesos que ingresan en la provincia en el pago de salarios”.

Los gremios se limitan a escuchar las propuestas y a rechazarlas. Tampoco dialogan y sólo exponen sus pretensiones. Sus dirigentes, la mayoría de los cuales hace muchos años que no pisan las aulas, solicitan incrementos imposibles y no ofrecen caminos de salida. Se parapetan tras el famoso Estatuto del Docente que parece ser más inmutable que la Constitución que ya fue reformada varias veces.

Las familias, padres y madres de alumnos, parecen ser convidados de piedra que no se meten en la educación de sus hijos aunque suceda, como en el 2017, que hubo más días de paro que de clase y que no exigen al Estado y a los docentes que se ocupen de sus hijos y que cumplan con su misión.

En picada

Este panorama ha dado por resultado este Estado de la Educación Pública, esa que por mucho tiempo fue ejemplo para todos los países de Latinoamérica y aún del resto del mundo. La caída es en picada, y aquí, sólo se discuten salarios, aunque se diga lo contrario. La actualización docente es sólo un verso recitado a dúo entre el Estado y los maestros.

Muchos van a decir que no se puede generalizar, que hay muchos docentes buenos y dedicados a su tarea, que se esfuerzan en medio del caos. Y es cierto. Pero lo que se ve de la escuela pública no es eso. Es más bien la tremenda decadencia sobre todo en las conductas y en el cumplimiento de los objetivos. Eso que hace que en un examen de ingreso en una facultad, sobre más de dos mil inscriptos, haya habido solo un cuatro por ciento con resultado favorable.

Si se sigue así, inexorablemente estamos escribiendo la crónica de un desastre anunciado para nuestras generaciones futuras, fruto de una Educación deficiente a los que todos dicen querer, defender y promover pero de la que nadie se ocupa en serio: ni el Estado, ni los docentes, ni las familias. Y cada uno recoge lo que siembra. Esto sucederá, fatalmente si no se toma el toro por las astas y si Estado, gremios docentes y padres de alumnos no se juntan para encontrar las salidas de este laberinto. Porque esa crónica de un desastre anunciado deberá incluir la del fracaso de una generación que no supo qué hacer con sus hijos.

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