Spielberg narra la primera victoria del periodismo sobre Nixon en The Post
Eran las redacciones donde todos corrían, donde los celulares brillaban por su ausencia, donde el ruido de las teclas de las máquinas de escribir era ensordecedor y donde la imprenta sacudía todos los escritorios cuando se ponía en marcha.
Eran las redacciones llenas de humo, de ruido, de ideas y de periodismo en tiempos de secretos; de Guerra Fría y enemistades polarizadas.
Así era la redacción de The Washington Post, un diario que a pesar de estar a cuadras de la Casa Blanca, no lograba trascender de manera nacional. Y así era la redacción de Ben Bradlee, nombre que se convertiría en símbolo de la prensa libre gracias a una pequeña historia de robos que terminó en la dimisión del presidente Richard Nixon.

Watergate no solo cambió a Bradlee, al medio que dirigió periodísticamente desde 1968 hasta 1991 y al propio periodismo, también cambió la historia.
Pero mucho antes de que desde la redacción les encargaran a Bob Woodward y a Carl Bernstein la historia definitiva, el diario no lograba levantar cabeza. Mientras Bradlee rumiaba con rabia las noticias que The New York Times publicaba antes, Katharine Graham luchaba por la economía de un medio que debía cotizar en bolsa para salvarse de la hecatombe.
Las ventas no eran las mejores y no lograban consolidad el alcance nacional. Las acciones y la apertura pública de la empresa familiar parecían la respuesta.
Para Graham el desafío era doble
Era una mujer al frente de una compañía de medios que tenía que soportar miradas reprobatorias por haber heredado la dirección tras el suicidio de su esposo.
Si bien su familia había estado al frente desde que su padre, Eugene Meyer, había comprado el diario en plena bancarrota, este decidió legarlo a su yerno Phillip L. Graham antes de su muerte, en una clara muestra de los tiempos que corrían.
Pero Katharine Kay para los amigos quedó atrapada en el puesto y pronto debió lidiar con mucho más que meros problemas económicos.










