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La octava luna de Cosquín

El compromiso y los nuevos sonidos de la música popular

Si hasta hace unos años era impensada una noche como la del sábado, la octava luna de Cosquín dejó en claro que los vientos de cambio llegaron para quedarse.

Por Pedro Solans

Un puñado de artistas independientes sobre un escenario que, a través de los años fue hostil a las nuevas formas de folklore, hoy es posible. Lo de la noche del sábado fue una manera de presentar a todos aquellos que vienen trabajando durante años y llegaron al festival para mostrar sus propuestas.

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La Jury dejó claro cuál es la esencia que heredó de su familia: la actuación y el canto.

Estoy donde debo estar, de Ramiro González -quien tuvo a cargo la apertura- es la canción que no sólo representa la programación del sábado bajo el nombre de Ofrenda a la Tierra. Una plaza ocupada en un ochenta por ciento, dio cuenta de que el público también estuvo en el lugar que eligió.

Con la versión de Hay un niño en la Calle de Armando Tejada Gómez y el cantautor cordobés Lucas Heredia como invitado el riojano dejó claro que estaba allí para decir cosas, y que también se puede arengar con la palabra y el silencio. Después, cantó sus canciones: Los Amanecidos, Pachamama y Ceremonial de la Albahaca y se llevó la primera ovación de pie, algo que se repetiría toda la noche para cada uno de los artistas.

Antes de Ramiro, el Ballet Folklórico Nacional interpretó el himno a Cosquín, en esta oportunidad con Mery Murúa y Agustín Pistone como voces invitadas.

Un dato no menos interesante es que, ninguna de las propuestas musicales del sábado se parecen entre sí. El ejemplo fueron las damas que integraron la grilla: Mery Murúa, recorrió autores clásicos y contemporáneos y cerró con un homenaje a Yupanqui, coreado por el público: Los ejes de mi Carreta; La Charo (Bogarín ex integrante de Tonolec) llegó con una propuesta más ligada a lo latinoamericano y alcanzó el punto máximo de su actuación cuando dedicó el tema “En mi Voz como Paloma” a su padre desaparecido: “el canto debe tener memoria, la mayor enseñanza que me dejó mi padre fue que el dolor se puede transformar” dijo, antes de cantar.

Por su parte, Luciana Jury, desplegó su histrionismo y talento y no dejó de aclarar que “esta es la noche del que le dicen folklore joven. Pero la verdad es que nosotros venimos trabajando desde hace muchos años en esto”.

La Jury dejó claro cuál es la esencia que heredó de su familia. La actuación y el canto, dos de los elementos de los que está compuesta su impronta artística, se vieron reflejados en su presentación, especialmente en Ella ya me olvidó.

Argentina Baila, el siguiente número de la noche, presentó una propuesta efectiva si se quiere, pero que bien pudo haber sido incluida en otras lunas a cambio de María y Cosecha, por caso.

La Delegación de Río Negro por su parte, mostró su cultura, música y paisaje en Postales de Provincia
Duratierra y Vislumbre del Esteko, que por primera vez llegaron al festival defendieron sus propuestas originales.

El primero, desde una mirada ecléctica con Cría, el celebrado tercer disco de la banda bajo el brazo y la encantadora presencia escénica de Micaela Vita, su vocalista. Vislumbre, por su parte entregó la fuerza de la esencia santiagueña; chacarera y guaracha en la voz de Santiago Suárez, hicieron bailar a una platea dispuesta a celebrar cada momento de la noche.

Rubén Patagonia y Che Joven presentaron el espectáculo ‘Ulkan Folil’, que en lengua mapuche significa “Raíz que canta”, y dejaron en claro cuál es la razón de su presencia en este Cosquín.

La fuerza interpretativa de los hermanos Coliqueo, junto a Patagonia recorrieron las viejas melodías ancestrales, las nuevas formas de folklore, siempre con una mirada dura y comprometida del momento que viven las comunidades originarias. Fue uno de los momentos más altos y emotivos de la octava luna.

“La criolla esdrujulencia del oeste cordobés, es sinónimo de su andar”, dijo el presentador Claudio Juárez al anunciar a José Luis Aguirre, definitivamente una de las posibles consagraciones de este Cosquín, que tiene varias propuestas a elegir todas merecedoras del premio.

Por tercera vez en las últimas ediciones del festival, el artista de Traslasierra se llevó la ovación de la plaza, y también hizo silencio cuando bajó los decibeles con la cueca Pisando Nubes, y Humilde Abrigo de los serranos. Aguirre es canción y esencia de la tierra, para cantar las cosas del pueblo no hace falta estridencias. Sólo una guitarra, y una voz, y la importancia de la palabra como bandera.

“La música de nuestra tierra es la que nos representa. Por eso es que andamos por el río, por los patios, hace años que con los pibes que tocan esta noche y hace años que estamos esperando este momento”, dijo el transerrano, visiblemente emocionado.

Llegó el final de una noche que quedará en la historia como un regreso -desde el presente-, hacia los que hace muchos años estuvieron en el mismo lugar diciendo las cosas que estaban pasando, como Cafrune, Guarany o Yupanqui.

Acaso aquella censura, es hoy la indiferencia de ciertos sectores de la prensa que apunta a cronicar con otra mirada un festival que hoy es un claro resumen de lo que se vive en la música popular, con todas sus formas de expresión.

Con un escenario despojado, el set de guitarras bien cerca de la gente, anunció la presencia del último número de la noche. Lisandro Aristimuño y Raly Barrionuevo llegaron a Cosquín con aquella propuesta que bien pudo haber pasado de largo para otras comisiones.

El sábado, la plaza a oscuras escuchó atentamente la lista de más de 20 canciones preparadas por los dos cantautores. Subo, la vidala de Rolando “Chivo” Valladares y Manuel Castilla, terminó con la espera y de allí en más, se apoderaron de una plaza a oscuras y en silencio, que fue solamente interrumpida por los aplausos, y también algunos suspiros de la platea femenina.

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