El carnaval en el Titanic
En la década del ochenta el director de teatro Julio Medicci me comentó su primera visita a la ciudad de Corrientes, y muy especialmente de sus carnavales. Como suele suceder, no reconocemos en su real dimensión nuestras cosas, las de nuestra ciudad, hasta que una mirada de afuera nos hace valorarlas.
Por Fernando Abelenda *
Si bien Clara, mi hermana mayor, fue reina de Ara Berá en el mismo año en el que la Rubia Meana, nuestra prima segunda, lo fuera de Copacabana, yo no me sentía parte de ese mundo, y menos aún comprendía su significación cultural. En la década del ochenta, cuando me fui a vivir a Buenos Aires, tuve la suerte de conocer el departamento de Julio Medicci y Alberto Iñíguez. Entrar allí fue mágico. Me encontré con un pequeño departamento repleto de libros, cuadros originales, objetos de arte, música clásica...una especie de paraíso cultural. En dicha ocasión se trasformó mi opinión sobre nuestros carnavales.

Aquel mediodía de domingo, mientras nuestro actor, dramaturgo y artista plástico Alberto Iñíguez preparaba lejos de su provincia un delicioso guiso carrero con mandiocas, Julio Maccarone, cuyo nombre artístico era Medicci, me relató su primera impresión del carnaval de Corrientes. Su primera visita, en el año en el que la comparsa Copacabana revivió la época del Charleston y había sufrido una injusta derrota. Iñiguez, que era de Copacabana, estaba triste, por lo que la noche previa al último corso Julio Medicci lo acompañó a la Sociedad Italiana, donde Copacabana todas las noches se preparaba para salir.
- Imaginate -dijo Julio- yo venía de Buenos Aires, no conocía a casi nadie y no entendía nada de carnaval, salvo que era una fiesta de disfraces, de papel picado y lanzaperfume... Cosas así... Jamás imaginé la pasión en juego.
No sabía a qué se refería. Julio era un experto en historia del arte y por ser director de teatro estaba muy cerca de las artes escénicas.
- ¿A qué te referís con pasión?- pregunté.
- A que aquella noche, cuando atravesé las puertas del imponente edificio de la Sociedad Italiana, con su placa homenaje al Ducce Benito Mussolini, me encontré con una multitud en sus patios (observador como era, no se le pasó por alto aquel homenaje de la comunidad italiana en tiempos del fascismo, y que todavía persiste.).
- No estaban sólo los comparseros con sus trajes de los “años locos” -continuó diciendo-, sino muchas personas, grandes y chicos apesadumbrados. Había esa noche un aire de tragedia infinita... de algo verdadero... algo de las viejas tragedias griegas... algo de Capuletos y Montescos.
A partir de aquel relato comprendí que nuestro carnaval, al que Rodolfo Walsh alguna vez llamó “caté”, era una fuerte expresión cultural de nuestro pueblo.
Han pasado años desde aquella noche, y siempre que la recuerdo resignifico el sentido de esta fiesta. Mientras recuerdo se me aparece una leyenda pintada en una pared blanca de la esquina de Quintana y Catamarca: “El carnaval pasa y el hambre queda”. Aquel graffitti anónimo en su crítica mordaz sintetizaba el claroscuro del carnaval. La pobreza endémica de la provincia en claro contraste con lo suntuoso del carnaval, de un tiempo fugaz en el que se borran las diferencias sociales y se olvidan las miserias, sin que desaparezcan.
El tiempo de Carnaval es un paréntesis en las obligaciones de la vida. Es una festividad en la que los roles sociales se trastocan, se subvierten, se confunden.
Es su esencia de subversión, aunque el matiz de nuestro carnaval haya sido siempre dentro de cierta estética y de ciertos límites. Una metáfora de la vida y la muerte: todo un largo esfuerzo de comparseros, dirigentes, coreógrafos, vestuaristas, músicos, de escuelas de samba que explotan y se apagan en unos pocos días. Su belleza está en lo efímero, en la fugacidad de su presencia. El tiempo de carnaval no es solamente un tiempo de espectáculo en el que por un lado están las comparsas y por otro los espectadores, sino algo de límites imprecisos.
El tiempo de carnaval es un tiempo que concierne de una u otra forma a toda la sociedad. La vieja dicotomía de lo sagrado y lo profano en nuestro carnaval protagonizaban una lucha magnífica. La Iglesia católica de aquel tiempo de esplendor parecía guiarse por la sabiduría de San Agustín. Por un lado la ciudad de Dios, que en su nombre desprecia los bienes terrenales hasta el olvido de ellos, y por otro la ciudad de los hombres que, apegados a lo terrenal, olvidan a Dios.
El conflicto se iniciaba cuando el carnaval amenazaba continuar más allá del Miércoles de Ceniza, que daba inicio al tiempo de Cuaresma o cuando los ropajes de alguna bastonera desafiaban los límites del pudor. En los sermones se fustigaba la indecencia, la irreverencia, el olvido del recato... pero la Iglesia no usaba su poder político para prohibir nada. Sabiduría admirable. De este modo, una sociedad conservadora, de una alta religiosidad en su gente terminó por elevar una fiesta pagana al cenit de su existencia y convertirse en la capital del carnaval argentino, sin perder por ello su religiosidad ancestral.
Los ataques
El carnaval padeció varios episodios y embates que amenazaron destruirlo. El trágico accidente de Ara Berá, en el que fallecieron muchos de sus integrantes, fue uno de ellos. Aquel acontecimiento rompió el hechizo protector de la alegría, de aquello que parecía inmunizar de los males de esta tierra. Pero el carnaval siguió. Herido, pero siguió. Es que su esencia es la alegría que se sobrepone a las penurias, la alegría que danza en el valle de lágrimas.
Sin embargo, un embate difícil de superar fue cuando se lo privatizó en aras de su sustentabilidad económica. Se trastocó su espíritu al pretender transformarlo en un simple espectáculo. Se impuso una racionalidad: convertir su informalidad, su desorden, su espontaneidad en una fiesta reglada y ordenada, además de rentable. Se exigió que las comparsas cumplan los horarios de inicio y de finalización. Se le pedía al carnaval que fuera estrictamente ordenado sin pensar que justamente el carnaval significa una rebeldía a los ordenamientos sociales, entre los que sin dudas está el cumplimiento de horarios. Un mínimo de orden es necesario, pero con la idea “políticamente correcta” de que debía sí o sí terminar a una hora prudente, se excluyeron a muchas comparsas que animaban los corsos. Se dejó de hacer el extraordinario día del corso de integración, en el que desfilaban hasta el día siguiente las extraordinarias comparsas del interior.
Segregación
Como el corso, los ensayos de las comparsas y toda la movida carnavalera molestaban al tránsito y a algunos vecinos se construyó un corsódromo por fuera de los límites de la ciudad. Se logró agarrar al cometa por su cola, como decían los surrealistas. Y hoy, en el tiempo de carnaval, si un viajero visita la ciudad no va a ver ninguna pluma, ningún disfraz, no va a sentir ningún redoble de tambores, ningún disturbio, nada. La capital del carnaval de uno de los mejores carnavales del mundo no muestra ningún signo de su presencia.
Y avanzan... en los carnavales de 2017 por falta de rentabilidad, los shows de comparsa, que como dice Dante Cena son únicos en el mundo y un patrimonio cultural adquirido del pueblo, se suprimieron. Por fortuna la resistencia no se hizo esperar y mientras el carnaval oficial pareciera que sigue su camino hacia su hundimiento, como aquellos músicos del Titanic, en los barrios de la ciudad se reflota el espíritu carnavalero con una pasión extraordinaria. Y no tengo dudas de que un día no muy lejano se van a juntar para diseñar un mejor destino para nuestro carnaval.
(*) Médico y psicoanalista










