El paradigma del hombre nuevo
Cuando Juan el Bautista señala a Jesús como el “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, está indicando también que una nueva era había comenzado en el mundo. La era del hombre nuevo que superaría a aquel viejo hombre arraigado en el pecado. Esta nueva etapa en la humanidad se caracterizaría por la autoconciencia del hombre de su vocación a la plenitud y esa plenitud estaba revelada en la persona de Jesús de Nazaret, el verbo eterno del Padre, que tomando carne en el mundo viene a mostrarle al hombre su vocación a la divinidad eterna.
No somos por tanto solo carne, tenemos un alma que trasciende los límites de nuestra temporalidad y fragilidad y Cristo demostrara en obras y palabras la dignidad y el destino de gloria que como herencia eterna, desde un plan pensado de ante mano, está reservada a todos los santos. Y santos estamos llamados a ser todos. La santidad en este caso no se refiere ni a las estatuas que adornan nuestros altares en nuestras iglesias, ni siquiera a un estilo de vida extraordinario de perfección, casi como si esto fuera reservado a unos pocos elegidos. La santidad que inaugura la venida de Cristo al mundo tiene que ver con el cambio de paradigma en el que el hombre vivía, para entrar en la dinámica del amor. La exagerada divinización de los santos que engalanan los altares de nuestra riquísima tradición como iglesia católica al exaltarlos en sus extraordinarias virtudes, y, de algún modo habiendo disimulado su frágil humanidad como la de cualquier ser humano, nos ha hecho creer que ser santos es una misión para unos pocos privilegiados que vienen como destinados a serlo. Lo que ignoramos muchos es que en realidad todo ser que nace en el mundo viene con esa sagrada vocación a la santidad , que significa nada más ni nada menos que una persona optara en su vida siempre y en toda circunstancia por el amor. En efecto el hombre nuevo que es Jesús, esta simbolizado por esa expresión que encontramos en el evangelio y que dice: “que Jesús pasó su vida entera haciendo el bien”, he aquí la síntesis de lo que es un santo: alguien que pasa su vida haciendo el bien. Según esta escala la posibilidad de “ser santos”, ya no nos parece tan inalcanzable, es posible hacer el bien todos los días y esforzarnos por hacer que nuestra jornada cotidiana sea una oportunidad para amar en cada persona y en cada circunstancia en la que nos coloca el momento presente de la vida. Porque al fin y al cabo ser santo no significa tanto rezar mucho, sino amar mucho. En efecto si miramos con atención la vida de los santos en sus aspectos cotidianos, nos damos cuenta que ellos rezaban mucho para poder amar mucho.
Famosa es la enseñanza por ejemplo de madre Teresa de Calcuta que pedía a las hermanas de la Caridad que pasaran largas horas delante del santísimo sacramento para poder servir bien a los moribundos que asistían en la calle. ¿Cómo podrán amar si el amor de Cristo absorbido en la adoración eucarística no enciende sus corazones con la llama del amor divino? Y así es. Cuando el corazón del hombre tan pequeño y limitado se encuentra con el de Cristo que es eterno e infinito y que es el amor más puro, no puede sino responder desde ese amor experimentado. Siendo amados lo que nos queda es amar y no tenemos alternativas. En ese sentido decimos que Cristo ha borrado el pecado del mundo y nos ha salvado, porque a ese hombre viejo acostumbrado a mentir, a odiar a maltratar en tantos modos a su prójimo, el viene a ser ejemplo y vivo testimonio del amor que debemos poner en práctica todos los días de nuestra vida. Por eso Juan lo identifica como el Cordero de Dios, vale decir como aquel que se va a ofrecer en ofrenda libre y generosa por nosotros, para que aprendamos a amar y eso es lo que hace cuando sube a la cruz y muere perdonando a aquellos que a él, cordero inocente, lo estaban masacrando. Esta es la imagen y el paradigma del hombre nuevo, aquel que aún en la circunstancias más terribles y adversas, no deja de amar ni de perdonar. Esta es la nueva conciencia que podríamos llamar también la gran revolución del espíritu que quiere instaurar en el mundo esa nueva conciencia, en la que el hombre ha de ser gobernado solo por el amor. Estamos lejos aún de esa conciencia, pero hay una humanidad que avanza en esa dirección. Son los millones de seres humanos buenos que todos los días se levantan con la recta intención de servir y de amar y de educar para el amor. Este ejército blanco es anónimo, no tiene prensa son padres y madres, trabajadores que cada día se levantan para amar y servir y llevar adelante con esto la civilización del amor. Estos son los que han sido lavados por la sangre del cordero, los salvados, del odio, del rencor, del resentimiento y que creen en el amor como la única herramienta posible de transformación de la cultura y de la sociedad. Andan en bicicleta, en moto, en autos, toman el colectivo todos los días, son los santos de hoy, que no están en los altares de las iglesias sino que caminan por nuestras calles, muchos de ellos predicando incluso con la vida y con la palabra este nuevo estado de conciencia en la que todos los hombres deben entrar: la era del amor al prójimo en serio, como la gran revolución de los santos que hará santa la entera creación.










