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“Bendito el fruto de tu vientre”

El tiempo de Adviento significa tiempo de espera. La humanidad dirige su mirada hacia una mujer embarazada y se rinde ante ese misterio que narra el evento extraordinario en el que una Virgen concibe en su vientre a un niño que es el Hijo de Dios.

Desde entonces todos los vientres maternos se han convertido en sagrarios de la vida, porque desde el mismo momento en que el hijo de Dios fue engendrado en el vientre de una mujer, todas han dejado de ser receptáculos o contenedores de “fetos” o “embriones” para transformarse en templos donde, de hecho, puede habitar lo divino.

Desde el mismo instante en que un niño es concebido se desencadena en el seno materno el proyecto de Dios, y, ese ser, entra en el curso de la vida. Desde ese sagrado instante una persona se irá gestando hasta alcanzar su plena madurez en el mundo. En este tiempo de preparación al nacimiento del Niño Dios es oportuno reflexionar sobre ese instante único en el que los niños nacen en el mundo luego de nueve meses de gestación en el cuerpo de sus madres. La Virgen está embarazada y dará a luz un salvador.

Cada embarazo es un germen de Dios, porque en cada acto creador Dios interviene. En efecto, el hombre y la mujer al engendrar son colaboradores de la obra creadora que le pertenece sólo a Dios. Hablar de derechos es salvaguardar en primer lugar el derecho fundamental a la vida, y, hablar de ley y garantías, es en primer lugar garantizar a los indefensos que sus derechos serán respetados de manera inalienable. ¿Hay acaso algún ser más indefenso sobre la faz de la tierra que un niño gestándose en el vientre de su mamá? Contemplamos en este tiempo a la Virgen embarazada y esa imagen sublime de mujer gestando la vida nos proyecta hacia la misión sagrada que la mujer tiene en el mundo. “Bendito es el fruto de tu vientre”, dice la profecía bíblica en la proclamación de santa Isabel cuando María embarazada de Jesús va a visitarla a ella misma también embarazada de Juan el Bautista. Dos mujeres, dos embarazos que parten la historia de la humanidad en dos. Uno de esos niños gestados en el vientre virginal será el Hijo de Dios; el otro niño gestado en el vientre estéril de una anciana será un profeta, Juan el Bautista, que reconocerá al mesías venido al mundo. Cada embarazo gesta no solo un ser, sino un proyecto de Dios que alcanzara su plenitud en el mundo. Aunque parezca horroroso el planteo podríamos preguntarnos ¿Qué hubiera pasado si María o Isabel hubieran interrumpido sus embarazos? Nos preguntamos también, ¿cómo de pobre sería el mundo si las madres de Newton, Aristóteles, Einstein, Beethoven, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Juan Pablo II, Madre Teresa de Calcuta, etcétera, y las madres de los miles de creadores de la historia hubieran suspendidos sus embarazos?, ¿qué hubiera sucedido si nuestras propias madres hubieran decidido no tenernos?

Cada embarazo suspendido es, en efecto, como posibilidad real, la suspensión de una obra de arte que Dios desencadena en el instante mismo de la concepción, obra de arte que, sin embargo, el hombre puede destruir. Más allá de todas las argumentaciones que racionalmente y de modo legítimo podemos plantearnos, en este tiempo, la Iglesia nos invita a contemplar a una mujer embarazada. Esta imagen tan emotiva de este tiempo de preparación al nacimiento del hijo de Dios nos dice: “bendito el fruto que llevas en tu vientre”. Profecía de Santa Isabel que como saludo, en realidad, Dios dirige a todas las mujeres que pueden llevar un hijo en su seno como proyecto suyo y diseño de amor sobre el que nadie tiene el derecho absoluto sino solo Él, su creador.

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