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El gran examen

Todos nosotros temprano que tarde deberemos afrontar un examen que será definitivo. Los que tenemos fe llamamos a ese examen el juicio final, y, como ha dicho algún pensador cristiano, sea que exista a no, es por lo menos prudente considerarlo, ya que es preferible pecar de ingenuos que perdernos para siempre en la oscuridad del fracaso existencial.

Un criterio de discernimiento inteligente dice que millones y millones de seres humanos de ayer y de hoy han creído en ese juicio, e incluso un gran número de ellos, elevaron sus condiciones de vida a un grado de virtudes admirables, dejando un legado de humanidad luminoso para sus congéneres, fruto de la fe, del amor y del temor de Dios. Sólo eso debería bastarnos como ejemplo, para convertirnos e imitar sus virtudes. Muy arrogante ha de ser la mente humana que desde posturas ideológicas, muchas de ellas reconocidas hoy como fracasos garrafales en la historia, pretendan imponerse como verdad. Y es siempre actual y categórica la palabra de Cristo que ante los avatares de la historia y de todas las propuestas ideológicas que pretendieron hacer progresar la historia dice: “Por sus frutos los conocerán”. Lo cierto es que la iglesia arraigada en el evangelio de Cristo predica un juicio final, individual y universal y por ello, como madre y maestra, instruye a la conciencia de los fieles acerca de este juicio y advierte que este es el gran examen que cada uno de nosotros y la historia universal deberá afrontar. En ese juicio, que no se parece en nada a los estrados judiciales humanos, se determinara el éxito rotundo de una vida o el fracaso absoluto de ella.

La palabra eterna del Padre revelada en los santos evangelios y en la entera biblia nos hará de juez, ya que Cristo mismo ha dicho: “El que me desecha, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día final”.

Cada uno de nosotros seremos mirados según nuestras acciones individuales y medidos por una sola vara: el amor. Dice del el gran místico y conocedor de la palabra de Dios San Juan de la cruz: “en el atardecer de nuestra existencia, seremos juzgados por el amor”.

Todo en la vida entonces consistirá en prepararnos para ese gran examen. Es un deber moral preguntarnos entonces, si Dios nos llamara en este momento, en este instante, ¿estamos preparados para morir?, ¿hemos hecho lo suficiente en este mundo?, ¿hemos amado con toda nuestra capacidad?, ¿nos hemos esforzado por ser mejores personas cada día?, ¿hemos cumplido nuestros deseos y sueños?, ¿hemos hecho felices a los que nos rodean? Dios en efecto, no nos preguntará acerca de lo que hemos logrado o acumulado en este mundo sino acerca de lo que hemos hecho en orden al amor.

En verdad, el éxito de una vida no se mida ni por la cantidad de títulos, honores y bienes acumulados, sino por lo mucho que se ha amado. Me impresiona la avaricia en el comportamiento humano, porque es justamente eso lo que pierde su alma. Por todos lados Dios muestra signos al ser humano para que convierta su alma y sin embargo parecemos dormidos y embriagados por un estupefaciente que nos bloquea la sensibilidad social y espiritual. Así pasan los días del hombre sumido en la superficialidad y la banalidad absurda del comer, el beber y el acumular, preparando con ello un manjar suculento para los gusanos. No caemos en la cuenta acerca de las cosas que son esenciales en la vida y todas nuestras energías están focalizadas en lo relativo y superficial.

Recuerdo como si fuera hoy la confesión de aquella enferma terminal en Italia, dueña de grandes viñedos que agonizando en su mansión de mármol y cristales me dijo: “Me equivoqué padre, pensé que en esta vida todo consistía en dinero y poder y míreme ahora, tengo cincuenta años y un cáncer que me llevará a la tumba en dos meses. Yo que creí que tenía el control de todo no puedo hacer nada para salvar ni mi cuerpo ni mi alma, me equivoqué grandemente porque no supe amar, padre, y aquí me encuentro esperando la sepultura sin una solo persona que me ame. Todos los que están a mi alrededor me sirven porque les pago, pero ninguno de ellos me ama, que vida equivocada he vivido padre, pido perdón a Dios”. Prepararnos para el gran examen es entonces fundamental, para que ese instante tremendo no nos agarre desprevenidos. La palabra de Dios nos da una clave que si la tomamos en serio, no deberíamos temer ese día: Tener en el centro de nuestras opciones de vida a los pobres. Porque entraremos al reino de los cielos, solo si hemos amado y servido a los pobres. No nos salvarán ni las misas, ni las confesiones ni los miles de padrenuestros y ave marías que podamos haber rezado a lo largo de toda una vida, nos salvarán los pobres porque en ellos vive Cristo y quien ignora y desprecia a un pobre, ignora y desprecia a Cristo. El examen por tanto será una cuestión e amor dado o no dado al Cristo que vive en el pobre.

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