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Solo el amor genuino nos vuelve auténticos

Vivimos en un mundo marcado y condicionado por las apariencias; bien le valdría a esta generación el eslogan: “Lo importante no es ser sino parecer”. Esto equivaldría a llevar una vida focalizada y volcada hacia afuera con nula referencia a la interioridad y al ser.

Hay frases en el acervo popular que son muy descriptivas a la hora de expresar la realidad en la que vivimos, por ejemplo: “No seré feliz pero tengo marido”. “No seré feliz pero soy el motivo de envidia de muchos”. Y así seguimos: “No soy una chirusa soy la esposa de…”. Al estar tan desfasado el “afuera”, la persona tiene una pobreza interior tan extrema, que la autoestima queda determinada por las cosas que se tienen, por el apellido que se porta, por ser la mujer de, la esposa de, el dueño de, etc. Como si el valor de una persona se midiera por lo que se tiene, o por con quien uno vive y se junta, o por los productos y las marcas que consume, y los lugares que frecuenta. Tamaña pobreza cultural y antropológica condena inevitablemente al hombre a la infelicidad, porque lo obliga a vivir en la falsedad y en la hipocresía.

Esta frase me la dijo la esposa de un embajador colombiano en Corea del Sur sumida en la depresión: “Es que todas las noches soy obligada a ponerme una máscara para asistir a los cócteles y ya no me queda ninguna, me queda solo esta cara triste y frustrada que es la imagen fiel de quien yo soy realmente, una pobre infeliz”. Creo que esta última frase describe muy bien la situación de una inmensa mayoría de humanidad que atrapada en las redes de las apariencias, vive una vida prestada, vale decir fuera de la autenticidad.

Dice un pensador cordobés: lo peor que le puede pasar a un ser humano es vivir una existencia donde su esencia no coincida con la vida que lleva; en otras palabras que su esencia no coincida con su existencia. Tales comportamientos nos arraigarían en actitudes totalmente falsas donde lo que determinaría nuestras relaciones, no sería la persona, sino el status social, el apellido, la profesión, las cuentas bancarias y los autos que manejamos. ¿Estamos atravesando una época antropológica y culturalmente muy superficial?: Si, claramente. El descalabro moral fruto de una sociedad capitalista, consumista y egoísta ha cambiado visiblemente el paradigma de la realización humana. No se exalta hoy el esfuerzo humano en pro de una sociedad cada vez más humana y con conciencia social, sino, más bien, se exalta como modelo de éxito y felicidad a cuanto farandulero venda el humo de la fama, enmascarado en el maquillaje ficticio de hombre o mujer feliz porque parece eternamente joven y tiene muchas riquezas. ¿Cuáles riquezas nos preguntamos? Todas materiales y exhibidas con obscenidad, y ninguna obra de amor porque todo ha sido hecho para el spot publicitario que seguirá inflando de manera enfermiza el ego de todos. Estos son los arquetipos que se proponen a las generaciones jóvenes como motivación inspiradora para pensar el futuro e ilusionarlos con la imagen ficticia que los hace parecer como personas felices y realizadas. ¿Realizadas en qué?, realizadas en la vanidad de un súper ego que le hace propaganda a la banalidad, a la superficialidad y al egoísmo como estilo de vida. Dios nos libre si esto se instaura como patrón cultural que formatee los cerebros vírgenes de nuestros niños adolescentes y jóvenes.

La crisis cultural llega a ser tan profunda que ha permeado hasta a los cuadros intelectuales que han transformado en objetivo de sus planteamientos filosóficos, no el ser profundo, sino la cosa, tan material, tan inconsistente y tan profundamente transitoria. Hay por ello en el pensamiento actual una pobreza de perspectivas y un vacío de contenido real ya que todo está sometido a la cultura del fast food, comida rápida , y al delivery reparto y entrega rápida, donde ya nada se elabora en casa y donde han desparecido quizá para siempre las manos de madres amasando el pan mañanero. Todo es exprés, café exprés, sexo exprés, noviazgo exprés, matrimonio exprés, todo rápido, todo superficial y artificial y todo profundamente transitorio y perecedero. El colmo de esta cultura superficial se da por ejemplo en lo que consumimos: todo natural, volviéndonos cada vez más artificiales; todo sano y nuestros vínculos cada vez más enfermos; todo ajustado a paradigmas falsos de belleza con cuerpos flacos, musculosos y perfectos pero llenos de plásticos, hormonas, hilos y siliconas que en vez de embellecer nos momifican haciendo aparecer antes de tiempo nuestro cadáver.

No había rostro más bello que aquel de Madre Teresa de Calcuta amada por toda la humanidad, porque cada arruga y cada cana eran una prueba visible del amor encarnado y gastado por el prójimo. ¿Por qué nos costará tanto a la humanidad entender que la clave no está afuera sino dentro?, ¿y que es inútil que nos pongamos máscaras y que nos disfracemos porque cuando caiga el telón de la vida nos quedaremos solos con el personaje ficticio que nos hemos fabricado a lo largo de toda la vida. Allí, el alma, absolutamente empobrecida de la razón más profunda de su ser que es amor se encontrara sin su esencia más pura, y comprenderá que toda su vida fue un representar una comedia trágica donde la vida no fue celebración festiva, sino tragedia griega, en la que el protagonista termina muriendo en la ironía absurda de una vida sin sentido y una muerte también sin sentido. De esa tragedia griega nos ha rescatado el evangelio: de la falsedad y la hipocresía que nos condena a perecer en esta ley falsa del egoísmo y del consumo. No hagamos las cosas por apariencia nos dice Jesús , que el amor nos haga auténticos y que el amor nos libere de la pesada carga de aquella propaganda absurda que vende como oro y perla fina lo que en realidad es alhaja falsa que brilla por un segundo para después dejarnos en la más densa oscuridad de una existencia fracasada.

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