En el ocaso de nuestra existencia seremos juzgados por el amor
El comportamiento humano es siempre s o r p r e n - dente, pero también es cierto que, mirando la historia de la humanidad, las conductas son bastante previsibles.
Todo ser humano busca ser feliz y pretende lograr esto en opciones y estilos de vida que tienen que ver con su libertad y con su historia personal y colectiva. Esta historia personal y colectiva fue estructurada en valores culturales y religiosos que formaron conciencia. Estos valores serán el fundamento según los cuales el hombre optará en la vida cotidiana en orden al logro y la obtención de su realización y felicidad.
La historia de los pueblos testimonia ese nido de valores que desde matrices culturales y religiosas fueron configurando en las civilizaciones paradigmas morales y éticos que son fruto de esa experiencia vital en contextos muy variados y en muchos casos muy complejos.
Lo cierto es que toda la civilización, en la evolución de su autoconciencia, debía llegar a un momento luminoso en el que el hombre alcanzaría la cúspide del conocimiento y de la razón más profunda de su vocación y de su ser.
La cultura y las religiones serían ese peldaño de ascenso a esa plenitud de conciencia en la que el hombre debía reconocerse a sí mismo como creatura, y a la creación como inmenso don del amor de Dios. En ese largo proceso histórico cultural y religioso hubo de todo: choque de culturas y de religiones, guerras por dominios territoriales y económicos, guerras santas, con el afán de imponer un solo Dios y una sola religión. Son sólo algunas de las expresiones de ese largo proceso histórico que debía llegar a ese momento puntual de plenitud.
La Iglesia afirma que ese momento de plenitud sucedió con la venida de Cristo al mundo. En efecto, Jesucristo marca ese instante luminoso en el que la historia es partida en dos: el antes y después de Cristo.
Esta clara división de la historia no es casual, cronológica, o caprichosa, sino que expresa sin dudas un ascenso y una cualificación en la conciencia humana en orden al conocimiento de la razón y el sentido más profundo que tiene la vida humana y la entera creación.
El evangelio de este domingo nos habla de un banquete de bodas en el que un rey sale a todos los cruces de caminos a invitar a aquellos que se suponían eran dignos de ese banquete; sin embargo, todos ignoran la invitación, y como cada uno estaba ocupado en sus quehaceres, rechazan tal invitación.
El rey insiste con la invitación al banquete de su hijo, pero sus mensajeros no sólo son ignorados, sino perseguidos y asesinados. Enterado el rey de tales acciones, manda excluir a los que eran considerados dignos, y entonces el rey redobla la apuesta, invitando a todos los que quisieran ir al banquete de su hijo.
Dice la parábola que la sala nupcial se llenó de comensales, hasta que llegó el rey y vio que un invitado no tenía puesto el traje de fiesta, lo que hace que este invitado, al no ser considerado digno del banquete, sea expulsado fuera, donde, tal como dice el texto “habrá llanto y rechinar de dientes”.
Podríamos interpretar esta parábola como el tiempo de la plenitud en la que Jesús viene a inaugurar ese banquete en el que la humanidad entera, desde esa nueva autoconciencia, debía comenzar a vivir una etapa nueva, marcada por la fraternidad universal, donde el signo distintivo del vínculo entre los seres humanos debía ser sólo el amor.
Esos servidores que van invitando al banquete son los agentes de la evangelización, que llevan el evangelio como la buena noticia para que los seres humanos se arrepientan de todas aquellas actitudes que claramente los podrían dejar fuera de la fiesta. Podríamos incluso interpretar esta parábola como el momento decisivo en el que Jesús viene a inaugurar ese tiempo de plenitud después del largo preludio en el que los pueblos y las culturas se venían preparando para tal encuentro.
La palabra de Dios deja entrever, sin embargo, que el corazón del hombre es torpe y que le cuesta entrar en esa nueva dimensión de amor y de luz que Cristo vino a traer al mundo. En efecto, los evangelizadores son ignorados, perseguidos, calumniados y hasta puestos en cárceles y martirizados por anunciar la verdad del evangelio.
Todo el evangelio de Cristo apunta hacia una sola conclusión que sería como la síntesis de toda la historia de todas las religiones y de la búsqueda de la verdad: Dios es amor.
Este es el punto culminante y más luminoso de la revelación cristiana, mostrar el rostro misericordioso, amoroso y compasivo de Dios, como única puerta de acceso a la salvación. Todo el pasado queda comprendido como un largo proceso de preparación para el encuentro con esta verdad: Dios es amor y entonces todo halla luz sentido y plenitud sólo desde el amor.
En efecto, sólo el amor redime, salva y nos devuelve la eternidad. Todo lo que está dentro de la esfera del amor puede entenderse como verdadera religión, verdadera cultura, y verdadero paso del hombre hacia la plenitud de su autoconciencia. Esa autoconciencia dice que por amor fuimos creados y que sólo por amor seremos salvados.
El vestido de gala que nos hace aptos para entrar en ese banquete será entonces cada obra de amor con que hayamos revestido nuestra vida. No amar es desnudarnos y quedarnos expuestos ante Dios como Adán y Eva en el jardín del Edén.
La revelación cristiana afirma de manera categórica que es sólo revestidos de Cristo como podremos acceder de nuevo a la eternidad, y revestirnos de Cristo significa pensar, actuar y vivir como él. Esto supone, en términos del mismo evangelio, pasar nuestra vida entera haciendo el bien, como Jesús.
Estar vestidos para el banquete y no desnudos será entonces vivir toda la vida como una oportunidad para amar a cada persona que Dios ponga delante nuestro en el momento presente de la vida, ya que lo dice también de manera categórica la palabra de Dios: todos nosotros en el atardecer de la vida seremos juzgados por el amor.










