Atropellar al mundo con la verdad de Cristo
Tiempo atrás una eminente dirigente política de Europa que actualmente rige los destinos de una de las naciones más poderosas de ese continente afirmó que pensar en un progreso social y cultural sin Dios es empobrecer las posibilidades humanas. Porque la espiritualidad es un factor integrador y superador que eleva al ser humano a la trascendencia, y de algún modo lo ayuda a mirar la realidad desde un ángulo más completo y profundo.
Lo cierto es que cuando las sociedades olvidan sus raíces espirituales, en el caso de Europa, su fe cristiana, comienza la degradación de la cultura que pudiera incluso amenazar la supervivencia de la civilización. En efecto, donde no está la luz del espíritu que da vitalidad y dinamismo para elevar el alma humana, lo que sobreviene es la auto-referencialidad del hombre que, proyectado sólo hacia sí y argumentado sólo en la ideología, generará un movimiento y un dinamismo hacia atrás.

La cultura se transformara en cultura de muerte y la historia en sucesión de eventos que apuntaran directamente a su autodestrucción. Los odios raciales, los fundamentalismos religiosos y el pragmatismo ideológico que perviven en el presente son la demostración exponencial de que el hombre, sin genuina espiritualidad, puede conducir la historia al fracaso.
El magisterio de los papas de los últimos cincuenta años ha buscado iluminar la realidad, por sobre todas las cosas hablando de la dignidad de la persona, del respeto sagrado a la vida desde el instante mismo de su gestación, la altísima dignidad que tiene el trabajo, el sentido verdadero de la sociedad y de nuestros vínculos desde los valores evangélicos, el respeto sagrado a la creación.
Y últimamente el magisterio, en una luminosa enseñanza, habló al mundo acerca de la familia y de la sagrada misión que tiene en el mundo. Si pudiéramos reducir todo el magisterio de la Iglesia de estos últimos cincuenta años diríamos que pide que asumamos la historia y que nos hagamos cargo del tiempo y del espacio en el que vivimos con una militancia decisiva, de manera que impregnemos de evangelio todos los aspectos de la vida humana.
Si miramos las exhortaciones y encíclicas de los últimos pontífices, hay un clamor fuerte que es como un grito que nos pide que salvemos al hombre, a la sociedad, a la familia y al planeta. Son enseñanzas en las que se abunda sobre el compromiso moral que los cristianos tenemos con la realidad y que no podemos lavarnos las manos. Toda la doctrina social de la iglesia es una invitación a ponernos manos a la obra, ya que la transformación de la política, de la Justicia, y de las instituciones que rigen todas las actividades humanas no será posible si los cristianos se quedan en sus templos, en sus movimientos, y en sus estructuras, aislados del mundo.
Parece imperativo que el templo salga a la plaza, a la calle, al mercado, a los nuevos areópagos, tan vacíos de trascendencia, para iluminar con creatividad y convicción los callejones oscuros de una humanidad atrapada en el individualismo, el capitalismo feroz y el consumo. Los hombres de fe tenemos una verdad para decirle al mundo y no podemos permanecer callados, porque la supervivencia de la cultura y de la civilización está amenazada.
Campea en todas partes un mensaje de inmoralidad y mentira que va contaminando la mente y los espíritus de nuestros niños desde la más tierna infancia, mientras los cristianos reposan en una despreocupación irresponsable ante un mundo inmoral que nos atropella con sus slogans, imponiendo modelos y valores extraños a nuestra fe y a nuestra cultura.
Anti valores que realmente le infligen a la familia y a la sociedad un golpe mortal. Hay que reaccionar, aún estamos a tiempo, hay que plantarse en las plazas, en las aulas, en las oficinas, en todos los ámbitos donde fluye la vida, y gritar como gritaban los cristianos de los primeros siglos el valor de nuestra fe, la grandeza de nuestro Dios y la verdad de la salvación.
Hay que anunciar con claridad la verdad que personal y colectivamente a millones de seres humanos les ha sacado de la oscuridad y de la muerte, hay que proclamar de viva voz y con fuerza testimonial nuestra propia verdad ante la falsedad y la mentira del mundo. Hay que advertirles a los ingenuos y a los que están confundidos, que otra vida mucho más plena y más digna es posible.
Hay que aclamar con voz atronadora que hay Dios, que Dios existe, y que es amor, y que fuera de él no hay vida posible. Esta hora de la historia necesita de hombres y mujeres de fe a la altura de la circunstancia, hombres y mujeres valientes y apasionados por el reino. Hay un mundo que nos atropella con maldad y violencia, es nuestra sagrada misión en esta hora de la historia atropellar nosotros también al mundo con la verdad de Cristo.










