Pablo García: a la búsqueda de la plenitud en bicicleta
Fotos de Hugo Escobar y Pablo García- “¿Quién no ha soñado alejarse de los afectos, meter lo indispensable en un bolso y aventurarse a lo que el camino te depara?”, pregunta Pablo García, un argentino que un buen día tomó lo esencial y se largó a perseguir esos sueños. “¿Quién no se preguntó alguna vez acerca de su suerte o lo que te ofrecería el propio destino, si uno tuviese el valor de dar ese primer paso?”, continúa.
Lleva 16 años y más de 165.000 kilómetros recorridos en bicicleta, visitó 105 países de los cinco continentes pedaleando.
De paso por Resistencia, ya en los últimos tramos de su aventura, compartió con NORTE su historia.
“Tengo 43 años y soy de San Martín, provincia de Buenos Aires”, arranca. La fluidez del relato delata que no es la primera vez que repasa su historia. Todo comenzó en Brasil, donde vivía y trabajaba como guía de turismo en Maceió, en el nordeste, desde 1993 “en busca de aventuras”. Tras un año de mochilero, los fantasmas de ‘un futuro’ o un ‘proyecto seguro’ lo llevaron a estudiar turismo y abrir una agencia con otros argentinos.

“Me fue muy bien, estuve unos cinco años, era la época del ‘uno a uno’ en Argentina”, recuerda. En ese período los argentinos “invadían Brasil”, y el turismo era próspero. Al alcanzar un “buen pasar”, una comodidad económica, se dio cuenta que todos esos deseos de ‘conocer el mundo’ no se estaban cumpliendo. Fue el momento en que entendió que a los sueños había que perseguirlos y no esperar que sucedan.
Pese al “éxito” en Brasil, los sueños seguían latentes…

-Seguían ahí, estuve cinco años viviendo una rutina, un confort y me di cuenta que me apartaba de todos esos deseos. Tenía que hacer un cambio, y ese era el momento. O no lo haría más.
Entonces dejé todo, vendí mi parte de la agencia, me compré una bici, y sin experiencia en la vida outdoor y sin conocer el cicloturismo me propuse salir a dar la vuelta al mundo en bicicleta. No tenía idea de lo que estaba planeando.
Entonces organizó su partida en bicicleta y eligió como primer paso volver a San Martín, su ciudad natal. Desde Maceió, donde creyó vivir un sueño, arrancó su aventura. Era una pequeña parte: el principio.
Más de 4.500 kilómetros hasta Buenos Aires para comenzar una historia que lleva más de 165 mil kilómetros y 16 años. Y tiene fecha de vencimiento porque Pablo eligió el 29 de octubre para concluir su aventura con todos los honores en el Obelisco de la ciudad de Buenos Aires.
Y se largó el primer viaje…
-Fue cuesta arriba–recuerda-, porque tenía “miedos”: no sabía de qué iba a vivir, me preocupaban las enfermedades, mucha incertidumbre. Después fui viendo que no era tan difícil.
La prueba fue volver a Buenos Aires desde Maceió. Contacté empresas, medios de prensa, abrí un sitio web y, finalmente conseguí dos sponsors de cien empresas a las que golpeé las puertas: una marca de ropa y una de quesos. Fue el impulso para arrancar.
Lograste satisfacer dos necesidades básicas

-Uno me daba algo de dinero y ropa y el otro dinero y quesos (ríe). Pero decidí donarlos a un comedor, con un porcentaje del dinero que me daban, porque considero que cuando se recibe, es importante dar.
Una vez en Buenos Aires, para continuar el viaje, conseguí un pasaje de avión, una bicicleta nueva, elementos de camping, y, en septiembre de 2001 salí hacia Sudáfrica, donde empecé a dar la vuelta al mundo en bicicleta. Pero a los tres meses sucedió el “corralito” y perdí los sponsors. Entendí que tenía que olvidar lo planificado y empezar de cero. Aunque lo más importante ya lo había conseguido porque estaba en camino.
África
Con la primera experiencia, Pablo decidió continuar su periplo por el continente africano “con la idea de que sería lo más difícil y, si pedaleaba por África al principio, iba a poder con todo el mundo”, fue su conclusión.
Sin el apoyo de sponsors ¿cómo continuaste?
-Empecé a contactar empresas privadas en países de África, como Mozambique, Tanzania, Kenia, donde no es habitual buscar sponsors. Y conseguí apoyo, me fui sustentando y avanzando.
¿Cómo solicitás apoyo?, ¿vas a una empresa y les pedís dinero “para dar la vuelta al mundo”?
-Así mismo, “para dar la vuelta al mundo”, pero en bicicleta, lo cual lo convierte en una historia diferente. Despierta mucha curiosidad.
Decías que, de cien empresas, sólo dos te apoyaron al inicio
-Creo que es la mentalidad en “occidente”. Sin embargo, en países “menos desarrollados”, yo era un “bicho raro”, una “mosca blanca”. “Un blanco, argentino, en bicicleta, pidiendo sponsors”. Fue fácil llegar a los gerentes de las empresas. Una vez frente a ellos contaba mi historia, les mostraba periódicos con notas sobre el viaje. Les apretaba fuerte la mano y pedía: “Me tenés que ayudar para seguir el viaje” (ríe). Los necesitaba porque sabía lo del corralito y el proyecto se me venía abajo.


Más allá del retorno comercial que podía significar para sus empresas, se sentían identificados con mi historia: salir a cumplir un sueño, viajar por el mundo, conocer lugares, ¿quién no lo ha soñado? Conclusión: conseguí apoyo y fui de país en país durante 27 meses hasta llegar a El Cairo. Desde Sudáfrica hasta Egipto.
Europa
El viaje continuó en el viejo continente, donde tuvo otro “golpe bajo”: “En Europa no era el único y tenía que hacer fila para conseguir un sponsor”. Pero también conoció a Clara, una italiana que lo siguió en un tramo de su aventura.
“En Italia me enamoré de Clara, ella me acompañó a recorrer el Cercano Oriente”.
¿Encontraste más escollos para sostenerte en Europa?
-No era “tan exótico” y ante la complejidad de conseguir sponsors comencé a vender fotos en la calle, y vendí más de seis mil muñequitas de tela que se usaban como prendedor, compradas en Brasil.
De esa manera recorrí 30 países.
Asia
Ya acompañado por Clara, recorrió diversos países de Asia: “Siria, Líbano, Jordania, Israel, cruzamos de vuelta a Egipto, Chipre, Turquía”, recapitula, aunque su compañera no compartía el mismo sueño.
De Pakistán fuimos a India y Nepal, donde estuvimos seis meses. Allí, mi ella entendió que no quería viajar más en bicicleta y, sabiendo que conmigo era la única opción, decidió volver a Italia. Nuestros proyectos no coincidían.
Otra vez solo, ¿cómo siguió el viaje?
-Me dirigí hacia los países más ‘radicales’ del mundo islámico: Irán, Pakistán, Arabia Saudita, Golfo Pérsico. El mundo musulmán me recibió muy bien. Los más hospitalarios de todo el viaje. No es como los medios lo quieren hacer creer.


Son curiosos por los occidentales, se pelean por llevarte a su casa y, como dice en el Corán, tienen que recibir a cada forastero hasta tres días. Y lo hacen de corazón, no por compromiso. Me he sentido agasajado todo el tiempo.
¿De esa manera seguiste el viaje?
-Sí, pero también he conseguido buenos sponsors en los países musulmanes y disfruté mucho aprender sobre su cultura.
En Asia estuve cuatro años. Llegué a lugares distantes como Japón, Mongolia, Tibet. Después recorrí el sudeste asiático y finalmente volé a Oceanía.
Oceanía
En Oceanía, Pablo recorrió Australia, Nueva Zelanda y Polinesia, y “de ahí salté a Hawai, donde, después de recorrer el lugar tomé un avión a Alaska”, narra.
El tramo final
De Alaska partió hace cinco años y hace unos cinco meses llegó a Ushuaia, desde donde comenzó a recorrer el país hasta Formosa y Misiones, cruzar a Paraguay y dar la vuelta hacia Buenos Aires.
“El viaje termina en el Obelisco el 29 de octubre”, anuncia. “He contactado grupos de ciclistas que me van a acompañar desde el Tigre hasta el Obelisco, donde será el final simbólico del viaje”, adelanta.




“Además, estoy acordando con el gobierno de la ciudad para que me reciban, porque va a haber mucha gente. Un poco de ruido”, añade. En ese punto Pablo se emociona porque allí va a estar la familia y amigos. Rastreador de sueños “Más allá de los números, años, kilómetros, países, considero mi mayor logro no haber bajado nunca los brazos y sobrevivir en cada lugar transitado con el objetivo de mi viaje. Nunca me establecí en una ciudad para trabajar. Siempre avanzando, convencido de lo que estaba haciendo”, afirma.
Mejor correr el riesgo que quedarse esperando que los sueños lleguen solos…
-Sí, absolutamente. Mi socio de Brasil construyó un barco y navegó hasta Maceió. Él me animó a partir. “No hay peor barco que aquel que nunca zarpó”, solía decir. Es mejor darse la cabeza contra la pared que vivir preguntándose qué pudo ser, qué tan lejos podía llegar.
Eso sí, mantuve siempre una conducta: cuando uno transita con respeto y humildad, las personas y las cosas fluyen de manera mágica.
En ocasiones no queda otra que rezar. En esos momentos confío que “alguien va a aparecer y me va a ayudar” y siempre ha sido de esa manera.
¿Y ahora?
Tengo 300 horas de filmación, un documental y mi proyecto es hacer una serie para la televisión, para lo cual necesito conseguir sponsors y una productora que se interese en mi historia.
Mi objetivo es transmitir esta experiencia para demostrar que no hay imposibles y que uno puede llegar tan lejos como se lo proponga.
Anécdotas
A lo largo del viaje he sido amenazado a punta de machete. En África me desperté en la casa de un amigo con dos personas que entraron a robar y se llevaron mi videocámara.
También en Latinoamérica me atacaron con cuchillos. Aunque siempre tuve suerte de que alguien parara a ayudarme. Alguna vez reaccioné, porque llevo un machete, y tuve suerte de que me haya salido bien.
Me perdí en el desierto de Danakil, en el cuerno de África, uno de los lugares más calientes del mundo, que está 150 metros bajo el nivel del mar. Tuve una protección divina porque me encontró gente local.
Tuve mi primer accidente en 16 años saliendo de Córdoba, camino a Rosario. Fue una situación banal: un resbalón en la ruta mojada, un día de lluvia y caí en medio del asfalto, en la periferia de la ciudad con mucho tráfico de camiones. Por eso creo que hay que encomendarse a algo, tener fe y confianza, porque si ese día hubiese venido un vehículo hoy no estaría contando esta historia. Uno cree que va solo por la vida y por más que ande en solitario, no es tan así.
La tercera
Es muy llamativa la bici. Me ven de lejos y se dan cuenta que soy un viajero. Es la forma de comunicarme. Si bien hablo un poco de inglés, portugués italiano, pero lo que te comunica con la gente son las señas, el tono, los gestos y la mirada, y también la bicicleta, con todas las banderas de los países por donde pasé, siempre alguien ve su bandera y me pregunta.
La bicicleta que me lleva ahora es la tercera que tengo, me la regalaron en Israel, pesa 85 kilos y tiene 105.000 kilómetros. Llevo todo lo que preciso: bolsa de dormir para hasta 15 grados bajo cero, carpa, ropa para todas las estaciones, una hornalla para cocinar, algo de comida. El agua la consigo por el camino.
Durante el viaje
Los contactos se logran por internet, donde existen muchas páginas para viajeros, de modo que al llegar a algún lugar te están esperando. Si no, duermo en la carpa. Creo que en 15 años cinco noches las pasé en la carpa. Cuando acampo utilizo cinco litros de agua, con los que bebo, cocino, me baño, al día siguiente desayuno y arranco sin agua. Contar esto puede contribuir a crear conciencia sobre el cuidado del agua.
El documental sobre el viaje, las imágenes, videos, entre otros documentos, Pablo los comparte desde su página web: pedaleandoelglobo.com y su Facebook: Pedaleando el Globo por Pablo García.











