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No ponerle jamás límites al perdón

En clave cristiana no existen acciones o pecados que sean imperdonables, ya que cuando Pedro le quiere poner límites a la misericordia Jesús le responde de manera categórica: “No te digo siete veces Pedro, sino setenta veces siete”, lo que equivale a un número infinito y de este modo Jesús deja asentado que el cristiano debe perdonar siempre. Es muy fácil decir: “podemos perdonar”, pero la verdad es que esto resulta una tarea muy difícil, y, en muchos casos, una misión imposible. Es que se trata del alma, y cuando el alma ha sido herida, las huellas de ese dolor parecieran indelebles, especialmente cuando hablamos de heridas emocionales y psicológicas muy profundas. Estas heridas producen realmente consecuencias traumáticas que marcan para siempre la vida de una persona.

Es más fácil perdonar cuando una experiencia dolorosa no ha producido un efecto traumático en nuestras emociones; pero cuando el suceso que nos ha lastimado ha tocado la fibra más honda de nuestro ser, la terapia sanadora tendrá que ser también profunda y ese impacto emocional que en muchos casos ha dejado en shock a la persona, necesitará de una acción sanadora tan delicada y tan compleja que el profesional o el pastor deberá recurrir no solo a las herramientas técnicas y específicas de su profesión, sino también a un discernimiento de sabiduría que le permita entrar en la dimensión más profunda de la herida de la persona que involucra su nivel racional y su alma. En estos casos no es sólo con oraciones o sólo con técnicas de la ciencia que podremos ayudar al que sufre, sino como dice la palabra de Dios entrando con “los pies descalzos en ese terreno sagrado”. 

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La conjunción de los elementos de la ciencia y el espíritu parecieran ser un camino apto para ayudar eficazmente a la persona que sufre fruto de heridas muy profundas y que cuestan sanar y que también dificultan el perdón. En mi experiencia pastoral me he dado cuenta que la acción más eficaz consiste en escuchar evitando la tentación de hacer elucubraciones sobre la narración del drama de la persona evitando también el instinto natural de intervenir. Es como un morir al mecanismo instintivo de la reflexión y dejar que esa historia fluya como desde un corazón a otro corazón. Llamaría a esto saber acoger desde el amor sin bloquear los sentimientos. Esto último, porque en cada trazo de las historias personales están también nuestras propias historias.

No existe la asepsia absoluta en el esfuerzo por sanar las heridas, ya que habrá siempre en la historia del otro algo que toque nuestra propia historia y por eso el esfuerzo del morir a uno mismo, y a las propias técnicas y capacidades intelectuales resulta vital a la hora escuchar para poder ayudar. En todo caso, si no hay una adecuada recepción y acogida de parte del que escucha, no habrá encuentro, lo que habrá será un discurso que no nos llevara a la profundidad de la herida. Me sucede que cuando especulo no resulto eficaz y cuando amo en esa acción entro de lleno en la historia de la persona y a veces la conexión llega a ser tan profunda que no hace falta ni siquiera palabras, basta la mirada, el apretón de manos o el abrazo, y tantas veces las lágrimas para que la comunión de espíritu que es lo que realmente sana suceda.

No hay acción sanadora más poderosa que aquella en la que el otro se sienta realmente contenido en su dolor, desde el amor. Eso termina siempre con un “me has comprendido, has entendido perfectamente lo que me pasa, siento que tu amor me ha devuelto la paz”. Muchas veces esto sucede cuando uno ni siquiera ha dicho nada, sino que simplemente ha escuchado y amado al otro para que desde ese lugar ese dolor y esa herida sean sanadas. Sé que se trata del amor, y estoy seguro que solo el amor es capaz de sanar las heridas más profundas del alma y aunque el amor funciona siempre, no se trata de un método, sino de una intuición muy sabia que como inteligencia emocional va guiando ese proceso sanador que termina realmente ayudando mucho a las personas. No hablo de un sentimiento sensiblero sino de algo mucho más profundo que involucra todo el ser del que narra y del que escucha. Tal comunión de almas se transforma en un círculo virtuoso que termina en una mutualidad donde no hay superior ni inferior sino dos iguales conectados en un nivel de máxima liberta, los dos el que narra y el que escucha. Es claro que para que esto suceda es necesaria la fe.

Sólo la fe permite que nos encontremos con ese abismo de amor que se llama Dios y allí se resuelven todos nuestros dramas. Solo el amor desata todos los nudos que las experiencias negativas nos van generando en la vida. Dios es el gran positivo y recibirlo como una experiencia real nos da esa inyección de ultra positividad. Esto produce un efecto real en nuestra vida ya que nadie que se encuentre con Dios realmente puede quedar indemne. Esta terapia milenaria está en la biografía de cada hombre y cada mujer que revolucionaron su tiempo y su entorno como resultado de ese encuentro con Dios.

Dios es amor y la gran terapia que todo ser necesita para sanar sus heridas y perdonar siempre se llama trascendencia, absoluto, vida eterna, Dios-Amor. Dice una frase del evangelio que es muy sugestiva “Todos estaban sorprendidos porque salía de Jesús una fuerza que sanaba a todos”. Obviamente, Jesús era el amor encarnado de Dios, el amor en acto, lo positivo en su máxima expresión viviendo en un ser humano. Esa fuerza es la que sanaba y ese poder es el único poder en el mundo que puede sanar de raíz nuestros males, ayudándonos a perdonar de verdad. 

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