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Entre la desigualdad y el crecimiento con equidad

Los diferentes resultados que arrojan las políticas macroeconómicas que vienen siendo aplicadas en distintos países de la región confirman que el crecimiento económico no siempre se traduce en una reducción automática de la pobreza. El desafío pasa, entonces, por hallar la fórmula que permita al país crecer con equidad. ¿Qué nivel deben alcanzar los indicadores económicos en la Argentina para, a partir de ahí, comenzar a reducir la brecha entre los que más tienen y los que todavía quedan en los márgenes de la sociedad?

En el recientemente celebrado Tercer Encuentro de la Asociación Empresaria Argentina, el titular de la consultora especializada en economía y finanzas, Miguel Bein, consideró que un crecimiento de entre un 4 y un 5 por ciento es una buena base para comenzar a saldar la deuda social; pero observó que el déficit de inversiones que padece la economía nacional actúa como un rígido corsé que no permitirá crecer más de un 3 por ciento anual a largo plazo. El problema es que, según entiende el economista, ese porcentaje no alcanza para corregir el déficit social argentino que arrastra el peso de un 32 por ciento de su población por debajo de la línea de pobreza. Por otra parte, Bein estima que el país necesita, como mínimo, un 24 por ciento de inversión del PBI para reducir la brecha de la desigualdad, pero en la actualidad la inversión apenas llega a un 19 por ciento del PBI.

Un reciente estudio realizado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) con proyecciones de crecimiento para la Argentina calcula que la economía del país se recuperará un 2 por ciento, es decir un punto por debajo de lo estimado por la administración Macri que confía en alcanzar un 3 por ciento este año.

En opinión del economista jefe de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL), Daniel Artana, el país debe cumplir con una serie de tareas si pretende alcanzar un crecimiento sostenido de alrededor de un 4 por ciento en los próximos años. Entre esos deberes figuran distintas variables que garanticen una economía más abierta, administraciones estatales más eficientes y políticas laborales más acordes a los tiempos actuales. Por su parte, el economista del Grupo Fénix, Abraham Gak, pronostica que la economía nacional experimentará una leve mejoría este año y el próximo, pero cree que las estimaciones de la administración Macri, de un 3 por ciento, no se ajustan a lo que terminará mostrando la realidad y que, por lo tanto, el crecimiento estará por debajo de esa cifra. Gak observa que la apuesta del gobierno nacional al crecimiento de los sectores primarios de la economía es un error, porque ese modelo (que ya fue probado en otras administraciones que impulsaron el modelo agroexportador) demostraron que ese esquema solo beneficia a pocos actores de la economía y deja a amplios sectores de la población en el furgón de cola.

Algunos economistas recomiendan tener presente las experiencias de los modelos aplicados por otros vecinos de la región como Uruguay que, con marchas y contramarchas, en los últimos años mostró un crecimiento constante. Si bien es cierto que las políticas aplicadas por Montevideo no dieron como resultado tasas chinas de crecimiento, al menos tuvieron el mérito de mantener cierta regularidad más allá de los cambios de gobierno, gracias al impulso sostenido de la industria forestal, el turismo, la ganadería y la producción de soja que le permitieron lograr mejoras sociales. El caso de Bolivia también resulta interesante para analizar: su economía es una de las que más crece en la región, con índices que oscilan entre un 4 y un 5 por ciento anual, lo que hizo posible que se redujera en forma notable la pobreza y la indigencia tanto en las zonas rurales como en las áreas urbanas.

El ejemplo de lo que no hay que hacer es, sin dudas, el del modelo que aplica Panamá. Según el Banco Mundial, este país tiene una de las economías de más rápido crecimiento en todo el mundo, con un promedio anual fue del 7,2 por ciento entre 2001 y 2013, más del doble del promedio de la región, mientras que para este año su crecimiento se estima en 5,8 por ciento. Pero a pesar de esta mejora, el país centroamericano mantiene un tercio de su población rural bajo la línea de pobreza, lo que confirma que no alcanza con lograr un notable crecimiento si no se lo acompaña con políticas efectivas de inclusión.

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