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Nueva York, 16 años después: el miedo de ser “el blanco número uno”

Por Catherine Triomphe (AFP-NA) - Es sábado en Times Square. Una multitud de diversas nacionalidades se pasea por esta plaza, una de las más famosas del mundo, rodeada de rascacielos con gigantescos carteles de neón.

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Cuatro automóviles policiales están estacionados en el medio, y  los islotes reservados a los peatones están rodeados de postes  para bloquear a cualquier vehículo que quiera estrellarse contra  la multitud.

“No me gusta venir a este tipo de lugares”, explica Sue García,  una fisioterapeuta de Brooklyn. “O a cualquier lugar donde haya  habido incidentes repetidos. El miedo reaparece”.

El miedo de un atentado. El miedo de un nuevo 11 de septiembre  como el del 2001, el más mortífero jamás cometido en Estados  Unidos con casi 3.000 personas desaparecidas tras el derribo de  las Torres Gemelas.

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García, hoy de 33 años, estaba en el liceo, en Brooklyn, cuando  los aviones se estrellaron contra las torres. Los vio incendiarse  y luego colapsar, y al suspenderse todo el transporte en la  ciudad, caminó hasta su casa ese día, como cientos de miles de  neoyorquinos. “Estaba ahí, ví lo que sucedió y lo reveo una y otra vez”,  dice.

No puede dejar de pensar en ello cada vez que escucha una  mención al tema en la televisión, “y cada vez que escucho un avión  zumbar por encima de mi cabeza”, dice. O esperando a su hermana en  Times Square, “el cruce del mundo”, que parece el blanco ideal por  encarnar la efervescencia de Nueva York.

Rozando la catástrofe

En dos oportunidades estos últimos años Times Square se  aproximó a la catástrofe.

En mayo de 2010, la policía encontró un coche repleto de  explosivos colocado allí para provocar una carnicería.

El 18 de mayo pasado, un exmilitar estadounidense con problemas  mentales atropelló con su coche a 23 peatones y mató a una joven  turista estadounidense.

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Diecieséis años después del 11 de septiembre, las crisis de  angustia como la de García ya forman parte de la personalidad de  los neoyorquinos.

Para quienes perdieron a un familiar o un amigo en la  catástrofe, o quienes escaparon de ella por poco, la fecha  aniversario puede ser “la más temida” del calendario y el síndrome  post-traumático puede persistir por siempre, explica Charles  Strozier, psicoanalista y autor de un libro de testimonios sobre  el 11 de septiembre de 2001.

Para los otros, dice, tras el “traumatismo colectivo” provocado  por este atentado “de dimensión apocalíptica”, permanece ante todo  un “sentimiento de vulnerabilidad”.

 “Decir que los neoyorquinos están todavía traumatizados sería  exagerado, pero piensan sobre ello (...). Tienen miedos activos  que se sitúan por debajo del umbral de conciencia, como el miedo  de una bomba en el metro”, explica este profesor, que observó la  caída de las torres desde su consultorio, en un piso alto de una  torre de Union Square.

Muchos están convencidos de que aunque los atentados más  recientes han tenido como blanco a Europa, la densidad poblacional  de Nueva York torna a la ciudad en el blanco número uno.

Blanco N°1

“¿Qué mejor blanco que Nueva York?”, se pregunta Tim Lambert,  que trabaja, como en 2001, en el extremo sur de Manhattan, cerca  del símbolo de la potencia estadounidense que era el World Trade  Center.

La ciudad es “un imán para personas del mundo entero. Simboliza  las libertades que tenemos, el dinero que tenemos”.

Para este experto en informática, ese riesgo permanente y el  impresionante despliegue policial que lo acompaña son ahora parte  integrante del ambiente.

 “Me hace sentir incómodo pero es la nueva norma. El mundo  cambia y la amenaza terrorista forma parte de estos cambios”,  dice.  

Las autoridades de la ciudad de 8,5 millones de habitantes  también parecen vivir bajo el temor de un nuevo ataque.

   “Gracias a Dios no es un acto de terrorismo, sino un incidente  aislado”, dijo a fines de junio el alcalde Bill de Blasio, cuando  un exempleado de un hospital de Bronx entró al lugar, mató a una  persona e hirió a otras seis.

Dar el ejemplo

Las cámaras de vigilancia están por todos lados. La consigna  “si ven algo, digan algo” es recordada en todo momento. Hay  policías  uniformados en todos los lugares públicos. Nueva York,  con sus 38.000 agentes, invierte en su propia seguridad.

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La ciudad se dotó desde 2001 de su propia unidad  antiterrorista, que hoy cuenta con unos 2.000 integrantes y con  emisarios en varias capitales extranjeras, según Robert Strang,  presidente del Investigative Management Group, una empresa de  seguridad neoyorquina.

Y han existido abusos. Por ejemplo, durante un tiempo, la  policía vigiló de manera sistemática a todas las personas que  frecuentaban las mezquitas de la ciudad.

Pero la inteligencia es esencial y de manera general, “el  trabajo de la policía es un éxito”, opina Strang.

La capital financiera estadounidense también quiere ser un  modelo en el homenaje a las víctimas.

Tras cada atentado en Europa, las autoridades transmiten  condolencias y ofrecen ayuda, mientras el edificio Empire State se  enciende en símbolo de duelo.

Testigo del impacto de los atentados del 11 de septiembre,  difundidos en directo en el mundo entero, el imponente memorial a  las víctimas con sus dos enormes fuentes negras construidas donde  se alzaban las Torres Gemelas y su museo se han convertido en un  centro de congoja internacional.

Monique Mol, una turista holandesa de 52 años, vino hasta aquí  a reflexionar. “Es un poco un memorial a las víctimas de atentados del mundo  entero”, señala. “Como si las víctimas viviesen aquí para siempre,  como las momias en las pirámides de Egipto”.

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