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Responsabilidades compartidas en el bajo rendimiento escolar

Con más de la mitad del año escolar transitado por los alumnos de los distintos niveles educativos, la atención de muchas familias y docentes se enfoca por estos días en el rendimiento de los estudiantes con bajas calificaciones que no presentan ningún motivo aparente que justifique ese desempeño no esperado por el sistema educativo.

Existen distintas investigaciones realizadas en el campo de la pedagogía que coinciden en afirmar que los chicos no son los únicos responsables de las bajas calificaciones y que cuando se detecta un escaso rendimiento en el aula, lo que se debe hacer es indagar en el entorno que rodea al estudiante. Es que, salvo que exista un problema de salud que pueda interferir en el proceso de enseñanza y aprendizaje, el ambiente es el que define en buena medida el desempeño del niño o adolescente en el aula, y es ahí donde debe ponerse la lupa para ver qué es lo que se puede hacer para mejorar la situación.

Cuando se informó, el año pasado, que Argentina estaba entre los diez países que tienen más alumnos con bajo rendimiento escolar en matemáticas, lectura y ciencia, según el informe que presentó la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) sobre 64 naciones basado en las pruebas PISA, el Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes, las alarmas se encendieron en casi todo el sistema educativo. Pero después del sacudón inicial que generó la noticia, las aguas se fueron tranquilizando aunque el problema de fondo no se resolvió, por eso es importante mantener la atención en este tema a fin de ayudar a que, en lo que resta del calendario escolar, se puedan corregir errores y optimizar el rendimiento de los estudiantes.

Debe tenerse en cuenta que los niños o adolescentes no son los únicos responsables de las bajas notas, y que tanto los padres como los maestros y profesores comparten de alguna manera la responsabilidad. Es muy importante que la familia se involucre en la vida escolar de sus hijos porque de esa manera los chicos perciben el interés que tienen los adultos en que pueda aprobar las materias para lo cual ellos mismos deben comprometerse en cumplir con sus obligaciones escolares. Se sabe también que los recursos económicos y sociales de la familia, así como la calidad de la escuela y el entusiasmo de los docentes por estimular el conocimiento son factores que tienen incidencia en nivel de aprendizaje de los alumnos. Si los niños crecen en un ambiente que estimula la curiosidad, el placer por la lectura y por aprender, entonces la tarea de los docentes será un poco más sencilla. Cuando ocurre lo contrario, es decir cuando se promueven actitudes muy diferentes a lo que se espera en la vida escolar es altamente probable que los chicos sientan que todo lo que les ofrece el sistema educativo formal les es ajeno y que no tiene sentido estudiar. De ahí al fracaso escolar hay un solo paso, y por eso es fundamental que las familias y los docentes promuevan, ya desde edades tempranas, las técnicas y los hábitos de estudio. También es clave que los chicos crezcan en un ambiente sin conflictos serios que les provoquen malestar emocional, porque las pesadumbres y la inquietud interior son dos enemigos que dificultan enormemente el proceso de aprendizaje. Cuando el adulto observa que el niño tiene algún conflicto emocional lo primero que debe hacer es tratar de resolver ese problema, escuchando y prestando atención a lo que plantea el pequeño. De lo que se trata es de probar distintas estrategias que ayuden a mejorar el rendimiento en el aula, teniendo en claro que cuando el alumno presenta problemas para aprender siempre hay responsabilidades compartidas que deben ser asumidas por todos.

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