Brasil, hundido en la depresión
Se fue Dilma, pero la promesa de que Brasil dejaría atrás la inestabilidad parece más lejana que nunca a un año de su destitución, el 31 de agosto de 2016. Con su sucesor denunciado por corrupción, el país no sale de su peor crisis económica en un siglo, y los interminables escándalos mellan la confianza en la propia democracia.
Río de Janeiro, 30 (dpa) - Ni siquiera el político más exitoso del gigante sudamericano, el expresidente Lula da Silva, se salva de la tormenta. Fue condenado recientemente a nueve años y medio de cárcel por corrupción y, mientras apela la sentencia, debe enfrentar otros cinco procesos más. La denuncia contra Temer amenaza también la pobre recuperación de la economía tras la recesión acumulada del -7,4% en 2015 y 2016, la falta de fondos causa estragos en el país y ya ha devuelto a decenas de miles a la pobreza.

En julio hubo un recorte en uno de los más exitosos programas de Lula para ayudar a los más necesitados, “Bolsa Familia”, que retiró las ayudas 543.000 personas. La crisis empieza a disparar la violencia en las principales ciudades, entre ellas Río de Janeiro. La caída del país que parecía predestinado hace pocos años a ser la primera nación latinoamericana en codearse con potencias mundiales, tiene varias causas. Pero la más notoria es el juicio de “impeachment” contra Rousseff, sucesora de Lula.
Temer se volvió en 2016 contra Rousseff, de la que era entonces vicepresidente, para apoyar un controvertido juicio político por contabilidad irregular que condujo a la destitución de la mandataria. Temer asumió prometiendo un “gobierno de salvación”, pero la corrupción y la ilegimitidad fueron desde el comienzo un lastre. El dirigente conservador fue denunciado en junio por haberse beneficiado durante años del pago de sobornos para favorecer al gigante de la carne JBS, y en un caso vinculado con el escándalo de la petrolera estatal Petrobras conocido como “Lava Jato”. Y pese a que el Congreso, controlado por sus aliados, se negó a quitarle la inmunidad, se espera que la fiscalía presente una nueva denuncia contra Temer.
El presidente se aferra al cargo como respuesta. Hay “gente que quiere parar Brasil y ese deseo no tiene límites”, atacó Temer esta semana a los fiscales que lo quieren juzgar. Se refería a los escasos pero significativos logros de su gobierno: una ley para congelar sueldos estatales por 20 años y otra para incrementar la flexibilización laboral, más otra para aumentar la edad jubilatoria, aún en trámite. Un núcleo de las grandes empresas lo apoya porque considera que mientras pueda avanzar con esas reformas debe ser mantenido en el cargo. Pero una gran mayoría de ciudadanos lo ve de otra manera. Las encuestas dicen que el apoyo a su gestión no llega al 5%. A la inversa, el 94% dice que no se siente representado por los funcionarios que están en el poder.
Próximamente se estrenará en Brasil un documental, “O macaco Tiao, candidato do povo” (“El mono Tiao, candidato del pueblo”), que cuenta la historia de uno de los más increíbles votos de protesta de Brasil y posiblemente del mundo. En las municipales de 1988, una agrupación bautizada como Partido Bananista Brasileño (PBB) designó a un mono del zoológico de Río como candidato. “No había por quién votar”, recordó el director, Alex Levy-Heller, en los convulsos años posteriores al final de la dictadura (1964-1985). El chimpancé obtuvo 400.000 votos y quedó en tercer lugar.
La protesta en 2017 tiene formas más preocupantes. Un sondeo de Ibope a mediados de agosto, dice que un tercio de la población cree que la democracia no es la mejor forma de Gobierno para el país. En muchas protestas contra la corrupción se ven pancartas que piden directamente el regreso de los militares. Quizá por el mismo espíritu, en las encuestas para las presidenciales de 2018 empieza a despuntar un líder populista de ultraderecha, el diputado Jair Bolsonaro, al que muchos llaman “el Donald Trump brasileño”. Algunos sondeos lo dan en segundo lugar, sólo por detrás de otro posible candidato: Lula. El carismático líder anunció ya que quiere volver a ser presidente. Una confirmación de su sentencia o una nueva condena pueden sin embargo frenar sus aspiraciones y potenciar quizá aún más el desencanto con los políticos. Brasil espera más tiempos convulsos.











