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Muestra del artista en el Museo Nacional de Bellas Artes

El siempre prospectivo arte de Luis Felipe Noé

Pocos artistas argentinos pueden ostentar una carrera tan contundente en las artes visuales y, a la vez, ser tan queridos por el público y valorado por sus pares. Estas dos características convergen en Luis Felipe Noé y quedaron cristalizadas en la exposición Mirada Prospectiva, inaugurada en el Museo Nacional de Bellas Artes, el 11 de julio.

Textos: Mario Guillermo Quinteros

Fotos cortesía del Museo Nacional de Bellas Artes

(Especial para NORTE)

Una multitud, ansiosa y expectante, se agolpó en las puertas de la institución ubicada en avenida del Libertador, en el coqueto barrio de Recoleta para ingresar a sus salas y muchos debieron lamentar el paso del tiempo y las largas colas, quedándose afuera de la noche inaugural. 

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Noé sólo tuvo palabras de gratitud en la noche de apertura: “Estoy muy emocionado” admitió.

Otros, sin embargo, pudieron atravesar, paciencia mediante, por legendarios óleos de Prilidiano Pueyrredón y Cándido López, antes de enfrentarse entre tanto clasicismo, a una pared de colores vibrantes que preludiaba la muestra, curada por Cecilia Ivanchevich. Su título, que reafirma la calidad de eterna vigencia esconde, sin embargo, una mirada al pasado en tanto propone un recorrido por casi 60 años de trayectoria, trazados por Noé, a fuerza de riesgo estético y un profundo compromiso con la actividad, desde la reflexión teórica y la escritura.

En tres enormes salas, a la vez fragmentadas por paneles y por obras mismas, se pueden ver las producciones del artista desde una lógica más que coherente con uno de los conceptos claves que la vertebran: el caos.

No se trata de exposición retrospectiva, sino prospectiva: no sigue un ordenamiento cronológico sino que se estructura desde tres enfoques que permiten recorrer la producción y abordarla en su complejidad. En primer término, la conciencia histórica, que Ivanchevich destaca como signo distintivo: “Todos podemos identificar en Yuyo su condición de testigo comprometido con su tiempo, desde los 60, de cómo registra su época y como ejerce la cita y la ironía. Él fue trabajando sus distintos planteos y los mantuvo toda su vida, como la fuerza del pueblo, el poder o la religión” reflexionó. Ese puente se materializa en dos obras que remiten a épocas muy distintas como la célebre Introducción a la Esperanza (obra de 1963 que forma parte del Patrimonio del Museo) y La Pueblada, fechada en el 2006. 

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La obra Entrevero recibe a los visitantes y constituye un compendio de los elementos estéticos del artista en toda su trayectoria.

Otro de los ejes de lectura es la visión fragmentada que la curadora marca, como inicio, con la obra Mambo, de 1962. Desde entonces, Noé expresa su disconformidad con el plano y sus limitaciones bidimensionales. No duda en dividir el discurso plástico en dos y posa su mirada también en el revés de la obra al girar el bastidor y convertir el fondo en el frente, y viceversa. También rasga el lienzo, lo gira o lo torsiona burlándose las convenciones de la interpretación: “Es muy interesante cómo Yuyo anticipa, con esta obra, la idea de simultaneidad de la imagen, tan propia de nuestros tiempos que define a los nativos digitales” detalló Ivanchevich para quien esa venta emergente es la demarcación dentro de la misma obra. 

El tercer ángulo de lectura es la línea, concebida como una secuencia vital que atraviesa estos casi 60 años de trayectoria. La línea, elemento plástico que define gran parte del lenguaje visual, fue y es un tema recurrente en la producción artística y el pensamiento de Noé. Tanto que, además de su obra visual, escribió sobre ella en varias oportunidades (como en el libro Noescritos, editado en el 2007 por Adriana Hidalgo) o la nombró para bautizar el legendario ciclo La línea piensa, en el Centro Cultural Borges, junto a Eduardo Stupía.

En este sentido, la curaduría de la exposición empodera su valor por ser una presencia inmanente a la existencia del artista, incluso en los años en que “abandonó” la pintura. 

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La exposición reúne obras fechadas hace 60 años, pero también muy recientes. En todas, es recurrente la fragmentación.

Múltiple, profundo, caótico

La trayectoria de Noé, signada por la reflexión y el pensamiento en paralelo a la acción, tomó la teoría del caos como estructura, desde sus inicios. Un texto emblemático es Antiestética, libro publicado en 1965 por la galería Van Riel, donde el artista reflexiona sobre un nuevo orden del mundo y su correlación con la mirada plástica.

Por esos años ya estaba consolidado el grupo que lo contuvo y lo proyectó junto a Deira, De la Vega, Macció y otros: la Neofiguración. Con ellos compartió legendarias sesiones de pintura, pero también exposiciones, polémicas y debates. La historia recuerda especialmente las muestras compartidas en míticas galerías porteñas y luego en París y Nueva York, ciudad donde Noé se radicó en el 65. Desde allí, y de ese entonces, provienen textos increíblemente clarividentes sobre el arte como los publicados en Noescritos donde reflexiona sobre el rol de Estados Unidos en el mapa mundial de las artes a partir de esas décadas o la muerte anunciada de movimientos artísticos de moda como el pop o el op art.

Asimismo, en la exposición actual del Museo de Bellas Artes se pueden ver piezas emblemáticas de esos años, pero también algunas perlitas rescatadas del olvido o del dulce recelo del artista. Se exponen dibujos inéditos, realizados entre el 57 y el 59, pero también una selección de dibujos realizados tras largas sesiones de terapia: “Hay obras que se vieron una sola vez, tanto de los 2000 como de los 90 y también hay una selección importante de paisajes que permite ver cómo lo trabaja, como elemento unificador de su obra, desde el 75de cómo trabaja el paisaje, que es el elemento que une su obra, en el 75, año en que vuelve a pintar tras un abandono provisorio del ese leguaje” destaca su curadora.

Un espacio importante de la exposición está dedicada a la obra que Noé llevó a la Bienal de Venecia en el 2009 en representación de nuestro país. Por entonces, bajo el título Red reunió un grupo de piezas tituladas Nos estamos entendiendo y La estática velocidad, donde sintetiza su mirada estética en un enorme plano y una secuencia de obras de formas irregulares. Esta producción se exhibió luego en el mismo Museo Nacional, así como en varias instituciones a lo largo y ancho del país.

Asimismo, los visitantes son recibidos con una gran obra que funciona como la condensación de todos estos años de trabajo. Se titula Entrevero y puede ser concebida tanto como una instalación como una escultura o, si se mira desde cierto ángulo, una pintura y un dibujo que toma presencia en el espacio. En ella Noé convierte sus líneas en materia y construye una estructura que permite ingresar en ella y jugar a las percepciones con los planos y los espejos incluidos. Está allí presente la idea del movimiento, del cambio, de la percepción desafiada y del caos como elemento determinante e identitario de su recorrido.

Se puede cristalizar allí un trayecto trazado durante años de trabajo y compromiso, no sólo con su producción sino con el contexto que lo rodea. Noé es reconocido, además, por su extrema generosidad y entrega para con sus pares, un valor que no es habitual en el mundo de los artistas visuales. Esa entrega tuvo su espejo durante la noche de apertura donde el afecto y el reconocimiento se dieron de la mano para valorar a uno de los hacedores ejemplares del arte argentino de todos los tiempos.

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