¡Que viva la Patria!
La historia de los pueblos está jalonada por circunstancias y coyunturas históricas cruciales que van configurando la historia grande fruto del rol protagónico de los ciudadanos en las distintas etapas de ese proceso.
Toda historia, toda nación, tiene un momento luminoso en el que realmente funda su identidad como pueblo. Como una planta que surge desde una semilla primigenia, esta se irá haciendo cada vez más robusta hasta que esa identidad quedará visiblemente plasmada en un árbol de frutos generosos y abundantes. En ese instante germinal está la esencia misma de esa realidad que hoy conocemos como la Argentina.
Luego de doscientos años somos nosotros hoy, los protagonistas reales de ese proceso en movimiento que se llama Argentina. En un aniversario más de nuestra independencia queremos evocar y actualizar aquella matriz fundacional de la que hoy nosotros somos herederos. Herederos no de una historia mediocre o sin luces, sino más bien herederos de un pasado glorioso de hombres y mujeres que realmente nos legaron la patria que hoy tenemos y que lamentablemente ha perdido el esplendor, el progreso y la dignidad que teníamos y que por alguna razón se nos fue.
En las etapas de la construcción de cualquier historia hay coyunturas que desafían sobremanera la respuesta ciudadana para garantizar la salvaguarda de la identidad y el progreso de una Nación.

Este tiempo complejo que nos toca vivir como nación, pareciera desafiarnos a todos si queremos garantizar nuestra continuidad como república independiente; porque es claro que hemos entrado en un cono de sombras que de algún modo reclama a la reserva moral de la patria acciones inmediatas para superar estos males que si llegaran a estructurarse demasiado nos llevarán siglos superarlos.
La premisa fundamental de la que deberíamos partir es reconocer que “la crisis o el cono de sombras en el que se encuentra la patria, no son el resultado de crisis políticas o malas administraciones del Estado, sino que la raíz del mal en la patria es la honda crisis moral en la que nos encontramos sumidos los argentinos”. Ante esta innegable realidad podemos seguir argumentando y buscando miles de razones que intenten explicar nuestra crisis política y económica, haciendo responsable a personas, partidos, o ideologías o, al contrario, de una vez por todas ser capaces de preguntarnos, sinceramente, acerca del protagonismo real que tenemos en este colapso. Esa lectura de la realidad será entonces resultado ya no de un ‘los otros lo hicieron” sino más bien de un “nosotros lo hicimos”. Sincerarnos parece el camino correcto para que el análisis sea más o menos justo si realmente queremos resolver nuestros problemas y asumir que todos somos parte del problema y entonces sólo desde ese lugar llegaremos a ser parte de la solución.
Creemos que todos los argentinos tenemos la voluntad de sacar a la patria de la depresión en la que se encuentra; no importa el credo del que provenimos, ni siquiera si tenemos o no fe, ya que si no hay fe, sabemos que la mayoría somos gente de buena voluntad y con un gran sentido de esperanza. La esperanza hará que interpretamos nuestra realidad de manera positiva como nos ve dios y no de una manera trágica y si logramos hacerlo de este modo, esa mirada será positiva, compasiva, y seguramente constructiva.
Nos damos cuenta que a doscientos años de nuestra fundación como nación, persiste en la patria una gran fragmentación social y cultural que afecta a los valores sociales y a la vida íntegra de cada argentino y que se transforma en un atentado continuo contra la casa común. Éste es el principal de nuestros males: el desencuentro que no nos deja reconocernos como hermanos, a lo que le sigue la corrupción generalizada que va unida a la plaga del narcotráfico. Estos males ponen en riesgo nuestra estabilidad como república y exponen en grado sumo a los más frágiles de nuestra sociedad. En efecto, son las víctimas inocentes que padecen las consecuencias de este desorden y que debería repugnar nuestras conciencias. Niños indigentes, jóvenes sin futuro desbastados por el consumo de drogas y ancianos en la más vergonzosa desprotección social, ante la mirada indolente de aquellos que se enriquecen a costa de ellos.
Es rigurosamente cierto, que “la corrupción ha puesto en jaque a los tres poderes del Estado y toda la estructura moral de la nación está al borde del colapso. Cuando el poder judicial, para poner solo un ejemplo, ya no se sujeta objetivamente al imperio de la verdad y la justicia, ciertamente la nación ha entrado en un estado terminal. La llaga putrefacta de la corrupción de la sociedad es una grave amenaza ya que mina desde sus fundamentos la vida personal, social y democrática poniendo en serio riesgo la misma supervivencia de la nación. Este mal que se anida en gestos cotidianos, que van desde la coima hasta los favores entre amigos, se expande luego a escándalos públicos sobre el modo en cómo se maneja el patrimonio público. Seguimos celebrando año a año la declaración de nuestra independencia pienso que para que la celebración sea licita, deberíamos preguntarnos cada uno de nosotros argentinos en qué medida estamos comprometidos con la independencia real de la patria con la virtud moral del trabajo, la honestidad y la absoluta incorruptibilidad de nuestros actos ya que esta es la única manera de salir de ese cono de sombras que ya lleva décadas y que peligrosamente pudiera producir en nosotros argentinos acostumbramiento y resignación.
¡Que viva la patria!










