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La democracia cangrejo

Los que gastaban su adolescencia al momento del retorno democrático de 1983 seguramente lo recuerdan. En aquellos tiempos, en los boliches, mezclados con los hits de Lionel Ritchie, Steve Wonder o Michael Jackson, se bailaba también con canciones como “Todavía cantamos”, de Víctor Heredia; “Sólo le pido a Dios”, de León Gieco (que se cantaba a los gritos); y hasta “Canción urgente para Nicaragua”, de Silvio Rodríguez.

La esperanza por el regreso del Estado de Derecho era mucha y la esperanza siempre genera compromiso. Y eso, en aquel contexto, incluía una avidez por saber, por conocer lo que la dictadura había ocultado, por estar lo suficientemente preparado para lo que vendría. Ni las discos, templos de la evasión, quedaban al margen de ese clima social que impregnaba a quienes en nuestra vida consciente sólo habíamos conocido el país controlado por el régimen militar, pero también a aquellos que ya habían vivido otros gobiernos de facto y eran capaces de identificar que ninguno había sido tan salvaje como el “Proceso de Reorganización Nacional”.

En los colegios secundarios, la puja de la campaña presidencial entre el radical Raúl Alfonsín y el peronista Italo Luder era seguida con más interés que un River-Boca. Leíamos sus declaraciones en diarios y noticieros. Nos calentábamos en las discusiones entre amigos. Devorábamos la revista Humor, que nació como una publicación satírica y que por contar lo que los demás medios callaban llegó a tener una tirada de 300.000 ejemplares en sus salidas quincenales. Las elecciones provinciales y nacionales se hicieron el 30 de octubre de 1983 (a nadie se le había ocurrido aún pavear con desdoblamientos y rebusques parecidos). Los que todavía no dábamos la edad como para ir a votar, maldecíamos nuestra suerte.

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La presidencial fue ganada por Alfonsín. Una Plaza de Mayo repleta lo saludó el 10 de diciembre, cuando asumió. Había una sensación generalizada de alegría. Un nuevo aire flotaba en la nación y lo respirábamos con la impresión de que si habíamos sobrevivido a lo peor ahora sólo cabía que cada día todo fuese mejor.

Otra era

Cuatro semanas atrás, el Chaco tuvo los comicios menos convocantes de su historia. Las primarias provinciales lograron que concurriera a las urnas para emitir votos válidos sólo la mitad del padrón total, integrado por 908.073 personas. Para ser más precisos, el 4 de junio votaron por alguna lista 487.211 ciudadanos, el 53,65% del listado de electores habilitados. Probablemente haya sido el dato más relevante de esa jornada. Nunca desde el ’83 para acá tan poca gente acudió a emitir su sufragio.

Cuando ya en la noche de aquel domingo el faltazo masivo de votantes (y de presidentes de mesa, lo que ocasionó numerosos inconvenientes) era uno de los resultados salientes -sino el principal- de la cita electoral, algunos candidatos y dirigentes buscaron relativizarlo, hablando del mal estado de muchas calles y caminos vecinales por los períodos de lluvias registrados hasta días antes. El argumento no es congruente con los antecedentes de otras elecciones que, realizadas en condiciones similares o peores, no mellaron tanto el nivel de presentismo de los electores.

Es verdad, sí, que las fuerzas participantes desplegaron sus estrategias con un ruido inusualmente bajo, algo que podría deberse a la falta de recursos (o a la decisión de no volcar tantos en una primaria, cuando todavía restan una PASO y dos generales, la provincial y la nacional), a las divisiones internas en los grandes partidos o a una improbable percepción temprana del hastío social con las rutinas de campaña.

Tres décadas

En realidad, detrás del raquítico nivel de asistencia parece estar un ánimo colectivo marcado por la frustración. La decepción del presente, originada en la dureza del momento económico, que se superpone con la decepción acumulada a lo largo de más de tres décadas de promesas incumplidas y de eslóganes que acabaron resultándonos grotescos.

Es que a pesar de todo lo que se nos ha dicho, la democracia no dio de comer, no curó ni educó. Seguimos para ser defraudados. Al país serio nos lo canjearon por una republiqueta de ladrones descarados. Y el cambio sigue siendo, hasta ahora, una vieja película de ajustes sin rumbo.

Es totalmente cierto que la democracia se restableció fuertemente condicionada por la destrucción del aparato productivo y el endeudamiento generados por la dictadura, pero 33 años deberían haber alcanzado para torcer el destino. En vez de ello, muchas cuestiones básicas sufrieron severos deterioros. La educación pública es peor, al cabo de aparatosos cambios que sólo sirvieron para obtener resultados cada vez más malos. También es peor el servicio estatal de salud, porque jamás el mero hecho de licitar obras (sin prever que lo que haya dentro funcione) significó curar. Y es más grande -y determinante- la brecha entre quienes tienen recursos para evitar la educación y la salud públicas y aquellos que no tienen más opción que recurrir a ellas.

Es peor la pobreza, porque adquirió un perfil más estructural y porque esta sociedad de hoy es más excluyente. Es peor la inseguridad, porque se cometen más delitos con mayor violencia y las drogas son trasfondo de la mayoría de ellos.

Es peor el perfil económico de la provincia, con un sector primario -huérfano de estrategias oficiales- que emplea cada vez a menos gente, un sector industrial diminuto sin grandes incentivos y un Estado que jamás se priva de incrementar su plantilla de personal (al punto de haberla duplicado entre 2003 y 2016).

Y fue peor también la corrupción. Los escándalos de los ’80, como la fallida exportación de durmientes durante la gobernación de Florencio Tenev, fueron travesuras escolares al lado de todo lo que vino después y de los vertiginosos enriquecimientos de nuestra historia reciente, jamás vistos por fiscal alguno.

Porque la justicia también es peor, o sigue siendo igual que antes, que en este caso son dos cosas que significan lo mismo. Si nos guiáramos por los fallos de los tribunales locales o de los organismos de contralor, en esta provincia jamás a alguien se le ocurrió quedarse ilegalmente con un peso del Estado ni inflar el presupuesto de una obra ni adjudicarla a una empresa propia puesta a nombre de testaferros. Salvo un exvicegobernador condenado al cabo de un proceso de 13 años por rendir gastos en tortas y gaseosas que en realidad no habían sido adquiridos, todos los demás funcionarios de estos treinta y tres años han sido impecables.

La ausencia como castigo

Paradójicamente, la vigencia democrática ni siquiera sirvió para mejorar la convivencia política. Se acentuaron los fanatismos. Los medios y las redes sociales están superpoblados de cruces entre kirchneristas aparentemente incapaces de entender cómo hacían fortuna sus líderes y seguidores de Cambiemos que defienden hasta lo indefendible de los ajustes nacionales. En medio de todo esto, no es difícil imaginar que el ciudadano común, ése que sigue esperando un país simple en el que a los honestos les vaya bien y a los ladrones no, se sienta agotado. Y probablemente un mes atrás sintió que ya no le dejaron margen para otro “voto castigo” que el de no votar.

El sistema democrático, frente a esto, debe reaccionar. El sufragio popular es la base de esta forma de gobierno que, a pesar de tantos pasos en falso, nadie quiere dejar, independientemente de una minoría siempre ínfima, nostálgica de los capítulos militares.

En el escrutinio del 4 de junio, la lista más votada fue “Honestidad, Trabajo y Justicia Social”, la que contiene a los precandidatos a diputados provinciales acordados por Domingo Peppo, Jorge Capitanich y Gustavo Martínez. Obtuvo el 66,93% de los votos cosechados por el Frente Chaco Merece Más, lo que a su vez es un 33,43% de los votos emitidos ese día. Pero si los votos obtenidos por la agrupación se calculan sobre el total del padrón, el porcentaje baja a apenas el 17,93%.

En el caso de Cambiemos, la boleta más votada fue “Lista Chaco”, la que apadrinaron Aída Ayala, Carim Peche y Leandro Zdero, entre otros. Obtuvo el 85,74% de los votos de la coalición, equivalente al 28,97% de los votos válidos emitidos en la jornada. Pero es sólo el 15,54% por ciento del padrón.

Entonces, ¿hasta qué punto la incapacidad dirigencial de poner por delante lo que realmente importa seguirá provocando que se erosione la legitimidad del sistema de representación popular?

Hay más por considerar. Por ejemplo, la precandidatura de Emerenciano Sena con lista propia dentro del FCHMM, que había generado alguna expectativa por ver si lograba atraer al voto de los sectores más postergados, consiguió en las PASO un total de 13.381 votos (2,7% de los votos emitidos, 1,4% del padrón), casi cuatro mil votos menos que los sufragios en blanco, que fueron 17.067, cifra que también superó al caudal de la lista kirchnerista que por afuera del FCHMM presentó el Frente Grande.

La tercera fuerza volvió a ser el Partido Obrero, que sumó 21.602 votos. Pero ese número es inferior a la sumatoria de los votos blancos y nulos, que fueron 25.966. Y un dato más a considerar: todo esto sucedió en una de las pocas elecciones en las que ningún sector llamó al “voto bronca”, como se denomina al acto de votar en blanco, votar nulo o directamente no concurrir a votar.

Por un día distinto

En esta semana, se volvieron a difundir datos sobre la expectativa de vida al nacer que tienen los argentinos. Los resultados son disímiles, porque cada provincia registra valores distintos. El Chaco vuelve a estar al tope de la tabla. Invirtiéndola, claro. Quienes nacieron en nuestra provincia en 2015 tienen una esperanza de vida de 71,53 años en promedio. Y es la más baja del país. Las proyecciones estadísticas, basadas en la evolución de ese indicador en las últimas décadas en las distintas jurisdicciones, pronostican que hacia el año 2040 dejaríamos de ser los peores en la materia.

Ojalá que no sea solamente eso. Ojalá que además, sea cual fuere el tiempo que vivan los chaqueños que nazcan a partir de allí, los años sobre la tierra sean más dulces. “Por un día distinto, sin apremios ni ayunos, sin temor y sin llanto”, como cantaba Heredia en aquellas primaveras lejanas.

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