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Historias de política y terror

La lucha política, cuando adopta la forma de lucha armada, se vale de muchos recursos y tácticas. Por ejemplo, la guerra abierta, la guerrilla, el sabotaje, el atentado, la masacre. Cuando estos dos últimos son más o menos sistemáticos, y sobre todo cuando se aplican en forma indiscriminada, los grupos que los usan son llamados ‘terroristas’, porque pretenderían conseguir sus fines aterrorizando a todos los que no coincidan con ellos.

Por Rubén Tonzar

Siempre ha sido un adjetivo descalificador, desde el punto de vista político y/o militar, ya que trasunta el carácter artero, impiadoso, y sobre todo antisocial del que busca imponer sus intereses o ideas con tales métodos. 

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Usos del término ‘terrorista’

  En cualquier guerra, en toda dictadura, en muchas rebeliones, y en otros acontecimientos de la lucha social o política, suele haber momentos e incluso periodos enteros en los que unos y otros practican el terrorismo. Pero, he aquí un detalle de gran importancia, no todos son llamados terroristas. Si el que comete tales crímenes gana la guerra y se hace con el poder, es muy probable que los reproches por los métodos usados se limiten a ciertas cuestiones puntuales y no más. Si perdiera la guerra, y si lo hicieran prisionero, es posible que lo juzguen por ‘crímenes de guerra’, que así se llama a los actos terroristas cometidos por el que ha sido vencido. 

   A esta altura se va viendo que el adjetivo terrorista puede caberle a grupos que hacen alarde y bandera de su capacidad de aterrorizar, tal como el célebre Estado Islámico -también llamado ISIS o Daesh-, y también a todo grupo que no esté en gracia con el que ha ganado o va ganando la guerra. Pero, notoriamente, no se llama ‘terrorista’ al gobierno más poderoso del planeta, el de EEUU, que a lo largo de gran parte de su historia ha usado con cierta sistematicidad y con gran éxito, por sí o por interpósitas armadas, métodos terroristas para imponer sus fines.

   Y la mención de ese gobierno viene al caso, porque si consideramos el último cuarto de siglo en las regiones del planeta más azotadas por el terror -el próximo y el medio oriente- encontraríamos que el gobierno y el ejército de los EEUU han sido actores principales, secundarios y de reparto en todas las tragedias, dolores y actos terroristas sufridos por sus habitantes. Desde los bombardeos a Bagdad a principios de la década del ’90 en la Primera Guerra del Golfo, hasta el bombardeo con fósforo blanco a la ciudad de Fallujah a principios del nuevo siglo, pasando por las torturas a los prisioneros de guerra en Abu Graib, los secuestros y deportaciones clandestinas de la CIA con destino al campo de concentración extraterritorial de Guantánamo, el espionaje sistemático de la NSA a nivel mundial, hasta el equipamiento y armamento de grupos y grupúsculos en diversas regiones de Afganistán, Siria o Libia, las acciones y las omisiones del gobierno del país más poderoso de la Tierra han sido y siguen siendo fuente de terror para porciones inmensas de la humanidad.

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El tamaño de los círculos representa el número de víctimas. El color naranja señala los atentados cometidos por Estado Islámico; el rojo los de Boko Haram; el celeste los de Al Shabaab; el verde los de Al Qaeda; y el lila los del Talibán. Oriente medio y próximo son las regiones más castigadas, seguidas por África central y norte.

Atentados terroristas

   Aclarado este aspecto tan central como velado del asunto, podemos ahora considerar uno de los modos más evidentes del terrorismo, cual es el de atentados más o menos espectaculares dirigidos contra la población en sitios donde en ese momento no hay una guerra declarada. En esta práctica se ha destacado especialmente y se ha hecho universalmente conocido en los últimos tiempos el Estado Islámico (EI). Este grupo, que además lleva adelante una guerra convencional contra ejércitos regulares en territorios de Irak y Siria, es un desprendimiento del no menos famoso Al Qaeda, aunque sus objetivos son tácticamente muy diferentes. 

   Mientras el grupo fundado por Osama Bin Laden pretendía la creación de cientos de milicias para desatar un conflicto armado irregular en todo el globo contra las potencias occidentales, el EI -de allí su nombre- buscaba la fundación de una entidad estatal que sirviera de referencia y de base logística para el mismo fin. Aprovechando la desintegración de Irak tras la invasión de EEUU y la de Siria tras el inicio de la guerra civil, en mucho menos tiempo que Al Qaeda ha logrado gran parte de sus objetivos. El dominio del norte de Irak y del suroeste de Siria le ha permitido disponer de grandes recursos petroleros y de todo tipo, tras lo cual consiguió convocar a miles de combatientes de todas partes del mundo que se trasladaron a la región, y obtuvo la adhesión de otros grupos de milicias en África y en Asia.

   Pero claro, el EI no se privó de recurrir a los atentados terroristas en diversos lugares del mundo, preferentemente en oriente medio y próximo, y también en África y Europa, a los que asigna un papel propagandístico y de reclutamiento, que le ha resultado muy útil, sobre todo entre la diáspora musulmana en países occidentales. Este grupo es -o se ha hecho- responsable de la muerte de 1825 personas en 225 (38%) de los 593 ataques contabilizados este año por el Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo (OIET), organización basada en España que recopila fechas, lugares, modalidades y número de víctimas de los atentados según los transmite la prensa internacional.

   El segundo grupo más letal por número de ataques y víctimas es Boko Haram, aliado del EI: siempre en este año, cometió 51 atentados con 239 víctimas fatales, aunque hay que destacar que alcanza ese récord criminal con un radio de acción que se limita a Nigeria y Camerún. El tercer grupo terrorista por número de atentados es el Talibán, que actuando solamente en Pakistán y Afganistán lleva 44 ataques con 584 muertes. Al Shabaab, el Movimiento de Jóvenes Muyahidines de Somalia, aliado de Al Qaeda, es el cuarto: 38 ataques con 284 muertos, sólo en ese país. El quinto es Al Qaeda, con 26 atentados y 242 muertos en nueve países, desde Afganistán, Irak y Siria, hasta Libia, Argelia y Níger, pasando por Mali, Yemen y Bahrein.

   Luego el Observatorio reúne otros 200 atentados con más de 800 víctimas mortales bajo el rubro ‘otros’, donde se encuentran desde ‘lobos solitarios’, es decir personajes que actúan por cuenta propia sin otro fin que causar daño, hasta grupos fascistas o izquierdistas de diversos puntos del globo, con expresiones que van desde EEUU hasta Indonesia, desde Rusia hasta África central, pasando por Europa, Oceanía y Sudamérica.

Nuestro subcontinente

   Los recientes golpes del EI en Europa, una aislada reaparición de Sendero Luminoso en Perú, un par de atentados en Santiago de Chile atribuidos a anarquistas, ciertas acciones de narcos en México y algunos hechos adjudicados al supuesto Ejército del Pueblo en Paraguay, llamaron la atención de la cancillería argentina. Esta colección de hechos dispares pero relativamente cercanos, sumada al hackeo de la página web del Ejército Argentino, en el marco político de la ‘reinserción internacional’ declarada por el gobierno nacional, dieron lugar al análisis y la opinión de expertos de varias áreas.

   Todos declararon que nuestro país no es ajeno a la posibilidad de ataques terroristas desde el momento en que el fenómeno tiene carácter global. Consideraron, sin embargo, que ni la nueva apertura buscada por el presidente Macri, ni la nacionalidad del Papa, uno de los líderes más importantes del mundo, influyen en la contingencia. La referencia a la política internacional del presidente Menem, durante cuyo mandato se produjeron los atentados contra la Embajada de Israel y la Amia (1992 y 1994 respectivamente), se hace sin embargo inevitable.

   Los funcionarios menemistas en aquel momento explicaban esos hechos con un argumento muy controversial: “La Argentina volvió al mundo y, en consecuencia, volvemos a estar en la línea de fuego”, decían. Era una referencia velada y autojustificadora de la marginal participación argentina en la Primera Guerra del Golfo con el envío de dos navíos de la Armada a esa región. Ahora, los especialistas consultados niegan que tal apertura pueda exponer al país a ataques terroristas: “No hay nada en la política exterior argentina que pueda dar lugar a acciones terroristas islámicas deliberadas. De producirse hipotéticamente algún hecho criminal, estaría más en consonancia con el propósito que persigue el yihadismo de generar un caos nihilista de alcance global”, sostiene Roberto García Moritán, exvicecanciller argentino, ahora representante permanente ante la ONU.

   El diario La Nación difundió recientemente que gobiernos aliados informaron sobre el ingreso al territorio argentino de ‘once lobos solitarios’, designando así a personas identificadas como fundamentalistas religiosos posiblemente violentos, igual que entrada este mes de un anarquista chileno conocido como fabricante de bombas, al mismo tiempo que Tom Clooney, encargado de Negocios de la embajada de EEUU viajaba a Neuquén. Hubo otras alertas menores, como la del hombre libanés que intentó ingresar al coro en la Catedral para el tedeum del 25 de Mayo -fue detenido-, y dichos del secretario de Seguridad, Eugenio Burzaco, acerca de la detección en nuestro país de una célula de terroristas argentinos formados por Estado Islámico en Siria. Sin embargo, Burzaco se desdijo poco después. Finalmente, el diario The Guardian, de Londres, informó el año pasado de la muerte de unos 30 combatientes argentinos alistados en el EI.

   El diplomático Gustavo Martínez Pandiani opina que “el terrorismo es una  amenaza global. Ningún país puede sentirse inmune” y al recordar que Burzaco retiró sus dichos, advierte que dada la estructura del EI y el desarrollo de células aisladas o lobos solitarios, “son importantes la investigación y la prevención que normalmente se debe llevar en el territorio y en las fronteras. La clave es la atención especial en la Triple Frontera y el intercambio permanente de información con Brasil y Paraguay”, señala.

   Por su parte, García Moritán considera que “las acciones terroristas de los últimos años muestran que no hay límite geográfico para esos ataques. La Argentina debe tomar los recaudos pertinentes, más cuando ya fue víctima de dos ataques terroristas”, dice. Sobre el contacto de argentinos con el EI, opina que “puede haber alguna organización local o regional que los agrupe. El diario El País informó hace poco de un grupo llamado Al Andalus, donde había un argentino de apellido Rodríguez, que actuaba como agencia de reclutamiento de yihadistas sudamericanos”.

   No obstante, anota que la comunidad musulmana en Argentina contribuyó a lo largo de nuestra historia al progreso de nuestro país. “Si existiera eventualmente un terrorista islámico, como dicen algunos informes internacionales, debemos tener claro que será una excepción. Los musulmanes en el mundo son casi 1500 millones, y los grupos extremistas fundamentalistas son una muy mínima parte que no representa en absoluto a esa comunidad. Tengamos en cuenta que la mayoría de las víctimas de esa política de terror, con largueza, son los mismos musulmanes”, destaca Garca Moritán.

   En cualquier caso, es necesario prestar atención a las advertencias de organismos de derechos humanos, organizaciones internacionales como la ONU, entidades como Amnistía Internacional y personalidades del globo, que señalan reiteradamente la deriva autoritaria en la que se embarcan la mayoría de los gobiernos con el argumento de ‘la amenaza terrorista’. El cercenamiento de libertades democráticas, el descomunal aumento de controles sobre la población civil y el exagerado despliegue de fuerzas represivas, “no ha servido para parar un solo atentado. Los terroristas circulan con una relativa libertad que no tenemos los ciudadanos”, según denunció Jean Luc Melenchon, excandidato a la vicepresidencia en Francia, criticando las impotentes medidas adoptadas por el gobierno de Françoise Hollande desde el atentado contra la revista Charlie Hebdo.

   Juan Carlos Monedero, asesor del ascendente partido Podemos en España, explica que la mayor presencia policial, los crecientes controles sobre las comunicaciones, la conspiración mancomunada de servicios de inteligencia no han evitado los atentados. En cambio, esas medidas se revelan una y otra vez contra la población trabajadora y los migrantes. “Denunciamos esta impostura y reclamamos que nuestro país deje de participar de aventuras militaristas ajenas en tierras extrañas (España tiene aún tropas en Irak y Afganistán. N de la R). Si dejamos de bombardear a países que no nos han hecho nada y en los que nada tenemos que hacer, menos tendremos que temer”, explica.

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