Resistencia23°Min. 20° • Max. 31°

Todo un cielo en tu interior

Es posible aproximarnos al misterio de la Santísima Trinidad desde diversos ángulos: bíblico, teológico, filosófico, y aun desde el magisterio de la Iglesia que a lo largo de los siglos ha ido transmitiendo lo que ha recibido de la tradición apostólica, de los santos padres y de la enseñanza de los papas, en relación al misterio Trinitario.

En el esfuerzo de explicar lo inexplicable la razón llega hasta donde puede, ya que como decía San Agustín pretender explicar con la razón el misterio de la Santísima Trinidad sería como querer colocar “todo el océano en la carcasa de una almeja”. No nos acercamos por lo tanto a este misterio solo con la razón, sino fundados en la palabra de Dios y en el magisterio de la Iglesia, y por sobre todas las cosas desde una mirada creyente y contemplativa que nos ayude a adentrarnos en una realidad tan misteriosa e inabarcable. 

delblanco.jpg

Por ello, para conocer al Dios verdadero, no nos basamos en una argumentación persuasiva de la sabiduría humana, sino que bajo el influjo del Espíritu Santo, hablamos y predicamos de un misterio de amor que existía antes que el mundo fuera creado, y que, estando escondido y secreto, se nos ha revelado plenamente en Jesucristo, Señor de la Gloria, quien nos ha mostrado el rostro verdadero de Dios que es Trinidad. Quien quiere conocer la Trinidad debe conocer en primer lugar a Cristo, ya que en Él resplandece la gloria del Padre y el amor pleno como Espíritu Santo.

Sentir a Jesús es sentir a las tres personas y recibir al Señor Jesús es también recibir a la Santísima Trinidad, ya que Dios es indivisible y donde está el Hijo está el Padre en plena y perfecta comunión de amor por el Espíritu Santo. En otras palabras, Jesús es la amplia vía y el perfecto puente que nos pone en comunión con las tres personas divinas.

Cuando tomamos parte en los sacramentos, donde Cristo vive, entramos en la Trinidad, ya que en Él formamos un solo cuerpo y un solo espíritu y así baja la Trinidad al mundo y su reflejo se hace visible en nosotros. La Iglesia desde el primero hasta el último de los bautizados es la imagen del Dios viviente y si estamos en plena comunión con la Iglesia y en estado de gracia, cada uno lleva ese “tesoro en su vasija de barro”.

Cuando comulgamos el cuerpo Eucarístico, Jesús nos da el paraíso, es decir, por la comunión con su cuerpo nos unimos a esa realidad divina que es el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Esa sensación de paz, de unción y de gozo que experimentamos cuando comulgamos en estado de gracia es el abrazo de la Trinidad que entra en nuestra vida haciendo que nuestro cuerpo se ilumine con el resplandor del amor inconmensurable por el que fueron creadas todas las cosas. La Trinidad habita en nosotros y entonces tenemos todo un cielo en nuestro interior.

Del mismo modo, cuando amamos de verdad, el alma entra en comunión con la Trinidad que es amor en estado puro y nunca estamos más cerca de Dios que cuando amamos de verdad. Obviamente este no es un amor sentimental, es un amor que debe parecerse al amor de Cristo, amor de sacrificio, amor de ofrenda, amor de mutua y continua caridad. Quien ama con un amor así ya conoce parte de la verdad y quien ha entrado en el misterio de Cristo y lo ha conocido, ha llegado también a la verdad entera. Misterio de amor tan infinito, todo un Dios en el Cielo y por el amor que prodigo en comunión con la Iglesia, todo un Dios en nuestro interior.

Te puede interesar