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29 de mayo de 1969

El Cordobazo; ayer nomás ardió el fuego

Como en tantas otras puebladas de Argentina y Latinoamérica, el pueblo hizo suyos para siempre, esos versos que acercan a la memoria la alegría del combate. “Fuego en Animaná”, de esta canción son los versos que introducen a nuestro relato. Pero esta vez fue en Córdoba. Allí explotó la rebelión impotente, que venía extendiéndose sobre el polvorín de descontento popular que se apreciaba en los humores sociales de los argentinos. Y en Chaco y Corrientes se encendió la mecha a mediados de mayo de ese año, en torno al comedor universitario. Una bala en la garganta, truncó la vida de Juan José Cabral, que sólo luchaba por un ticket del comedor, privatizado entre gallos y medianoche.

“Y la fogata estaba/ y no estaba por sólo estar…..”

Por Eduardo Barreto

Luego la lucha callejera inundó el país, con el grito de insolencia y la piedra defensiva. Y fue en Rosario donde la sangre de Bello y Blanco, muertos en acción, crispó los ánimos de los desposeídos de siempre, de los que todo lo realizan, a cambio de salarios irrisorios, de los ayer denominados “cabecitas negras”.  

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Ahí va Tosco

Venían por la larga avenida, como diría Horacio Guaraní, de la histórica Córdoba, “con fusiles de árboles”. Al frente iba Agustín Tosco, con su ejército de mamelucos azules. En la vanguardia de aquel batallón insolente, que había desafiado a la burocracia sindical, que propiciaba un “paro dominguero”, lo acompañaban las comisiones de base y los cuerpos de delegados, que habían partido de Ferreyra y de su sindicato de Luz y Fuerza.

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Las comisiones del Sitrac- Sitram (sindicatos de Concord y Materfer - Fiat) con sus proclamas clasistas, y los jóvenes del peronismo combativo lo secundaban. Querían llegar al centro de la ciudad. Allí los escucharían; tendrían que entender las patronales, que los derechos adquiridos no se negociaban, que el pan y el salario tenían que ser para todos.

A medida que avanzaban, otros gremios se unieron: los jornaleros, los panaderos, los carpinteros, los carreros, los ferroviarios, como en 1907, en Santa María de Iquique, Chile, donde mataron a 3.600 obreros. Sabían que no tenían nada que perder, sólo las cadenas que los oprimían.

Después de los enfrentamientos que duraron 36 horas, aquel dirigente de la conciencia limpia, fue encarcelado. “Los cazadores de pájaros/ de muy triste memoria/ lo enviaron al sur/ pájaro presidiario”, dice Horacio en su canción. Ochos años de condena. La cárcel le transfirió una enfermedad a la que no pudo combatir.  

La avenida de las ilusiones

Venían por la avenida Colón, “un ejército blanco, con un puñal en la frente”. Sobre el río Suquía los esperaba la policía. Pero de a poco fueron bajando, las columnas obreras, de barrio Alberdi, de La Calera, de Santa Isabel. Del barrio Clínicas llegaron los estudiantes. 

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Los vecinos acercaron todo aquello que pudiera arder: mesas, maderas, sillas, colchones viejos, cubiertas. Y las fogatas cambiaron el cotidiano paisaje de la pintoresca avenida. Estuvieron allí como barricadas, que impedían el paso de la impunidad, el quiebre del sistema democrático, la prepotencia patronal y a las conducciones sindicales “traidoras y entreguistas”.

La caballería tuvo que retroceder ante tanta furia acumulada. A las dos de la tarde asesinaron al obrero Mena. Entonces ya nada pudo parar a aquella masa organizada. “No hubo en este paro nada espontáneo”, afirmó Tosco a la prensa. Las volanteadas que fogoneaban el paro activo, habían comenzado el 21 de mayo.

Durante la tarde fueron asaltadas varias comisarías. Los francotiradores, durante la noche, se cobraron vidas de ambos bandos. Al amanecer, por orden presidencial irrumpió el ejército, con sus ametralladoras y sus tanquetas. Recién al mediodía pudo recuperar el control de la ciudad.

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Juan C. Onganía, el general que había llegado para quedarse, hasta 2015, según sus propias afirmaciones, explicó por cadena nacional: “Cuando la Nación marchaba a sus mejores realizaciones, la subversión, en la emboscada, preparaba su golpe. Los hechos trágicos de Córdoba, responden al accionar de una fuerza extremista, organizada para producir una insurrección urbana. La consigna era parar a un pueblo pujante que busca sus destino”.

Pocos meses después presentaría su renuncia. Atrás quedaban una devaluación del 40%, el aumento a las retenciones a las exportaciones, la quiebra de 11.000 pymes, y más de 500.000 puestos de trabajo perdidos. A esto se le debería sumar las motivaciones particulares de los obreros cordobeses. 

“Los dueños de la vida”

Eran miles; habían cruzado los brazos y ganaron las calles. Su conciencia de clase les dictaba que sin ellos no habría nada. Ya no habría casas, ni rutas, ni mesas, ni pizarrones, ni tizas, ni jarrones. Supieron que ellos eran (son), los dueños de la vida.

La experiencia insurreccional cordobesa sirvió de ejemplo para todas las puebladas y los “azos” ocurridos en la Argentina desde entonces. Los seguidores de Tosco, Flores, Salamanca, venían cantando que “El pueblo unido, jamás sería vencido”. El programa obrero de Huerta Grande de 1962, las consignas revolucionarias de las agrupaciones clasistas de FIAT, elevó a los aires con humareda, los vítores de las montoneras federales, que clamaban cien años atrás, por un país más justo, sin brechas sociales, y sin derechos pisoteados. El fuego del Cordobazo sigue ardiendo; la lucha proletaria continúa.

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