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La gesta de Mayo de 1810

Una ciudad conmocionada Hacia comienzos del año 1810, Buenos Aires, la capital del Virreinato del Río de la Plata había crecido de una manera acelerada, tanto en importancia como en número de habitantes que en ese momento alcanzaban a más de cuarenta mil. Algunos edificios de elegante estilo se destacaban en el conjunto.

María Cristina de Pompert de Valenzuela

Sin embargo, todavía mostraba algunas características de aldea con calles de tierra, a menudo convertida en fango, por donde transitaban las carretas. De casas amplias con patios centrales, el centro de la vida institucional se desenvolvía entre dos plazas, la de la Victoria y la del Fuerte, las que unificadas hoy, constituyen la Plaza de Mayo. Estaban entonces separadas entre sí por la Recova, un ruidoso mercado, en el cual muchos ofrecían sus mercancías. El Fuerte, en el sitio en donde en la actualidad se encuentra la Casa Rosada, era el ámbito donde se encontraba el  despacho el Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros. En el otro extremo, el Cabildo daba lugar al desarrollo de las actividades comunales. 

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La vida tranquila de sus habitantes, impregnada de contactos sociales de diversa naturaleza, comenzó a ser conmocionada en enero de ese año, con rumores acerca de las malas noticias que llegaban de España. Este país había sido invadido y tomado por las tropas de Napoleón Bonaparte, quien había hecho prisionero al rey Fernando VII. Ante la ausencia de su soberano, el pueblo español había constituido Juntas de Gobierno que ejercían el poder en su nombre, la principal de ellas se encontraba en Sevilla. La noticia que preocupó entonces a los porteños fue la de la caída de esta ciudad en poder de las tropas francesas, que iban tomando posiciones en el sur, razón por la cual la Junta Central se había trasladado a la pequeña isla de León frente a Cádiz.

Los patriotas se organizan

Aunque la situación todavía se mantenía con cierta calma, un grupo de patriotas realizaba, desde tiempo atrás, fogosas reuniones clandestinas en la casa de Nicolás Rodríguez Peña y en la jabonería de Vieytes. Allí se deliberaba acerca de la actitud que se debía tomar frente a la posibilidad de que se produjera la caducidad del mandato del rey prisionero, a quien representaba el Virrey en el Río de la Plata. A este grupo de criollos se lo conoce en la historia como la Sociedad de los Siete.

La noticia de la crítica situación por la que atravesaba el gobierno español se difundía aceleradamente, razón por la cual el Virrey Cisneros tomó la decisión de comunicarla oficialmente al pueblo. Lo hizo a través de una proclama que se difundió el día 20 de mayo y en ella se encontraba, también, un pedido de tranquilidad a la población, prometiendo que en caso de la caída total del gobierno peninsular, se tomarían las decisiones más convenientes.

Conocidas oficialmente las noticias y luego de una reunión en lo de Rodríguez Peña, los patriotas decidieron encomendar a Saavedra, jefe del Regimiento de Patricios, y a otros jefes militares, la tarea de entrevistar al Virrey para pedirle la renuncia, además de la convocatoria a un Cabildo Abierto en el cual se deliberaría acerca de la actitud a asumir. El Virrey accedió y  se invitó al Cabildo Abierto a unos cuatrocientos cincuenta vecinos para el día 22. El día 21 se repartieron las invitaciones, mientras otros patriotas, procedentes de los barrios de San Telmo y San Nicolás, concientizaban a la población acerca de la necesidad de apoyar la postura de los criollos. En la historia se los conoce con el apelativo de "chisperos" y eran comandados por Antonio Berutti y Domingo French.

El Cabildo Abierto del 22 de mayo

La reunión constituyó una jornada decisiva para la revolución que se iba gestando. Allí se escucharon, además de las disertaciones de los españoles defendiendo la autoridad del Rey y la del Virrey, alocuciones de patriotas que constituyeron los conceptos fundamentales, los ejes ideológicos de las acciones posteriores. Ante el argumento de que Buenos Aires no podía resolver la cuestión sin consultar a las otras provincias, Juan José Paso sostuvo que la capital podía adoptar decisiones en su carácter de "hermana mayor" de las demás ciudades. Juan José Castelli planteó la doctrina de la " retroversión del poder", es decir el poder del pueblo para elegir sus gobernantes, cuando el poder está vacante. Conviene destacar una parte de la intervención de Saavedra cuando afirmaba al término de su alocución: "... y que no quede duda de que es el pueblo el que confirma la autoridad o mando". Finalmente se votó la actitud a adoptar, sólo tres votos sostuvieron  la continuidad del Virrey, el resto de los asistentes se pronunció por su destitución y el reemplazo por una Junta. Entretanto ésta fuera designada, la autoridad era asumida por el Cabildo.

La Junta del 24

Una nueva reunión del Cabildo fue convocada para el día 24. Una hábil maniobra pergeñada por el síndico español Julián de Leiva, funcionario del Cabildo, dio como resultado  que la Junta estuviera constituida por dos criollos prestigiosos, Saavedra y Castelli, dos españoles, un cura y un comerciante y presidida por el Virrey Cisneros. A las tres de la tarde de ese día los miembros de la Junta prestaron juramento, en medio de repiques de campanas y salvas de artillería.

Pasado el alborozo del momento, los patriotas se dieron cuenta de la trampa en que habían caído, el Virrey seguiría gobernando en un cuerpo colegiado con mayoría de españoles, y presionaron a Castelli y Saavedra para que renunciaran. A las nueve de la noche, los criollos presentaron la renuncia y los españoles, conscientes del disgusto popular que habían provocado, también dimitieron.

El nuevo gobierno patrio

Muy temprano se reunió el Cabildo para tratar la renuncia de los miembros de la Junta. En principio la rechazaron. En ese momento una multitud de gente entró en la sala capitular para manifestar su disgusto. Algunos lo hicieron calladamente, otros vociferando. Se convocó entonces a los jefes militares a quienes se interrogó acerca de si apoyaban a la nueva autoridad. Estos se negaron a hacerlo, manifestando que entre la tropa existía una gran contrariedad y temían ser desobedecidos por sus soldados. La disconformidad del pueblo resultaba evidente.

Entretanto, en la plaza se expresaba también el rechazo a lo actuado. Un conjunto de personas, alentaba a los patriotas que deliberaban en el Cabildo. Era un día viernes,  lluvioso pero ello no fue obstáculo para que la gente permaneciera en el lugar. Si hubo paraguas o no, resulta un tema menor, aunque pudo haberlos pues ya existían. La tradición ha consagrado también la idea de que la filiación partidaria de los patriotas se representaba por el uso de cintas en el pecho. Durante mucho tiempo se mencionó a las cintas celestes y blancas que eran repartidas por French y Berutti, idea que se encuentra en escritos de Mitre. Posteriormente nuevas investigaciones realizadas basándose en memorias y textos de la época, concluyen en que solamente fueron blancas, en señal de unión entre europeos y americanos y que el día 25 algunos agregaban una roja, en señal de guerra, si no se lograban los objetivos.

Poco después de que los jefes militares demostraran su postura, un grupo numeroso de vecinos entró tumultuosamente en dependencias del cabildo, aunque sin violencia, y entregó una lista en donde figuraban las personas que deseaban que formaran la nueva Junta. También se pedía que en el plazo de quince días se enviara una expedición de 500 hombres con el objetivo de lograr el apoyo al nuevo gobierno que surgía. No es posible determinar quién confeccionó la lista, pero la nómina de nueve miembros incluía la representación de todos los grupos, tal como era la aspiración de los criollos.

Así nació el Primer Gobierno Patrio. Fue la primera expresión de vida institucional democrática en la Argentina, el primer paso en el camino hacia la Declaración de la Independencia que habría de concretarse seis años más tarde. 

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