Jesús mi camino, mi verdad, y mi vida
En el Evangelio de este domingo Jesús dice a sus discípulos: “Que no se turbe el corazón de ustedes, crean en Dios y crean también en mí. Yo soy el camino la verdad y la vida”.
Esta palabra me hace pensar que, quizá toda la turbación que experimentamos y toda la incertidumbre y temores que nos invaden, tengan que ver con que, a lo mejor, no hemos comprendido esta enseñanza de Cristo en toda la dimensión de profundidad y de consecuencias que esto tiene para nuestra vida.
En primer lugar, tengo aprendido por experiencia propia que creer en Dios es una clave de sabiduría y de éxito absolutamente indudable. Dios es fiel y esa fidelidad adquiere proporciones asombrosas en la existencia de aquella persona que verdaderamente confía en él. Es estremecedor haber constatado en mi propia vida el amor de predilección que sin que yo lo haya buscado, me busco, y sin que yo le haya preguntado nada me respondió, solo porque como reacción natural en instintiva, yo, simplemente supe confiar en su amor.
Nunca busqué nada, nunca esperé nada, sólo me puse a seguirlo y a confiar en él y todo lo demás se fue dando por añadidura. Debo decir también que como algo natural en la medida en que crecía mi conciencia y mi conocimiento de Dios, él fue tomando cada aspecto de mi vida y lo fue sanando y rescatando de la infertilidad, y me fue haciendo fecundo especialmente mostrándome los dones y carismas que había puesto en mi alma y que yo mismo desconocía. El trabajo de artesano de ese Dios en quien me había abandonado, sanó mi historia y borró todos mis complejos. Fue predicándome en miles formas y haciéndome saber que me amaba, haciendo añicos con su misericordia, toda mi mezquindad, todo mi resentimiento, toda mi envidia y todos aquellos sentimientos tóxicos que hacían que mi vida fuera muy amarga.
En una palabra, lleno de amor mi vida y me hizo un hombre libre. Libre, en la certeza de un amor tan grande que me contenía y que me argumentaba, como para no necesitar ya nada más. A punta de puro amor y de pura confianza, él fue haciéndome agradecido por todo, encendiendo en mi alma un fuego abrazador de misericordia donde solo había espacio para la compasión y el perdón. Me hizo absolutamente consciente de mi pecado y de mi miseria, de manera que ya no pudiera mirar la realidad sino desde mi propia miseria, forjo mi alma que humilde y agradecida, llena ella misma de una gran consideración hacia los demás. En esa instancia emerge con fuerza la persona de Jesús y Dios deja de ser para mí un concepto teológico o un tratado, para transformase en una persona real que verdaderamente podía interactuar conmigo. Esa interacción llega a ser tan absolutamente real, que podría decir de manera metafórica que hasta podía sentir su respiración. De manera inobjetable tomó literalmente mi mano y me condujo no hacia yo donde yo quería ir, sino hacia donde él había decidido que yo debía ir. En ese proceso de conocimiento y experiencia de Dios, la clave fue no resistirme. Por alguna razón una intuición tangible que yo defino como “el llamado profundo del amor”, me inducía a obedecer y a escuchar esa voz interior que me daba la certeza sobrenatural de que no tenía otra alternativa.
La persona de Jesús había tomado de tal modo el control en mi vida que en algún momento pude experimentar en carne propia la famosa frase de Pablo que dice: “Ya no soy yo quien vive es Cristo el que vive en mí”. Lejos de ser yo una persona que se imagine algo místico, lo cierto era que mis respuestas no nacían de razonamientos o elucubraciones mentales, sino que naturalmente e instintivamente yo estaba siendo gobernado por un amor tan grade que me impulsaba a amar y a darme con gran misericordia a toda la creación. En este nivel sorprendente de mi proceso espiritual llegué a comprender la belleza de una flor hasta quedarme horas maravillado ante tan magnifica belleza; o arrobado tantas noches buscando lugares abiertos para contemplar adorante el cielo estrellado. Así amé cada pájaro, cada planta, cada animal, con un amor tan real, tan puro y tan agradecido hasta llegar a comprender sin pedirlo en profundidad el misterio de la vida. De este modo comprendí que realmente Dios es amor y que ese amor debía tomar forma en mí. Cuando esto sucede, simultáneamente, comienzan a suceder cosas muy sorprendentes que me atrevería a definir como el alma enajenada por el amor.
Si, esa es la palabra adecuada, porque yo bien podría morir mañana y sería feliz porque he comprendido la razón más profunda del misterio de la vida que es amor y solo amor y nada más que amor. Siento que creer en Dios y confiar en el supone aniquilar nuestro ego y permitir que en nosotros viva otro; que viva Jesús con el espíritu santo vivificando nuestra carne y así ungidos por ese aliento divino abrirnos al poder providencial del padre que quiere hacernos un instrumento útil para su reino. En las palabras de Teresa de Calcuta esto significa nada menos que en humildes lápices en las manos de Dios. De este modo nuestra vida se hace un camino que aun con las limitaciones propias de nuestra humanidad no puede ser otro que el camino de Cristo. Ese camino exige encarnar sus palabras y actualizar su testimonio para hacer visible en nosotros el misterio de un amor infinito en el que “nos movemos, vivimos y existimos”. Así se gesta entonces una vida que aun con las contradicciones propias de hombres y mujeres pecadores, sin embargo, luchamos cada día para honrar la verdad, aunque eso signifique en muchos casos sentirnos incómodos con nosotros mismos y con los demás.
Estoy seguro que Dios hará triunfar en nosotros la vida, no la vida, chata y mediocre de hombres y mujeres pecadores, sino la vida gloriosa de aquel que sin buscarlo nos buscó y de aquel que sin amarlo nos ha amado y sin elegirlo nos eligió. Así nuestro corazón halla la paz y por la fe y la confianza en Dios más allá de todas las mentiras e hipocresías del mundo obtendremos la vida, la vida plena, porque quien le cree a Dios y a él se abandona obtiene la paz y como añadidura la libertad y la alegría.










