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¿Podrá Francia salir de la encerrona derecha-ultraderecha?

Por Rubén Tonzar - El futuro del país, el de la Unión Europea de la que es fundador, la continuidad de varias guerras en África y en Medio Oriente, el porvenir de los refugiados que huyen de muchas excolonias francesas, y quizá el final -o el salto cualitativo- de la oleada ultraderechista que asedia a Europa, podrían decidirse en estos comicios.

“Elegí la rosa como distintivo de campaña porque es símbolo de femineidad. Para recordar que yo soy la única mujer que se presenta en estas presidenciales. Elegí la rosa porque durante mucho tiempo representó la esperanza de las trabajadoras y trabajadores francesas en un futuro mejor. Una rosa azul simboliza al mismo tiempo la esperanza de la izquierda y los deseos de la derecha. Quiero unir a las francesas y a los franceses en un proyecto de futuro común. Represento la superación de las antiguas demarcaciones partidarias. Más allá de la antigua izquierda y de la antigua derecha, soy la unión del pueblo francés contra los privilegiados”.

Esta impecable definición, donde justifica la apropiación de la simbología de la socialdemocracia gobernante por su partido de ultraderecha, es de Marine Le Pen. Con esmerada delicadeza, la jefa del Front Nationale se apodera también de las reivindicaciones de género, de los derechos de los trabajadores y de la lucha de clases, al tiempo que ensalza los “deseos de orden” de la derecha, y excluye férreamente, sin siquiera nombrarlos, a los millones de inmigrantes y refugiados provenientes de las excolonias francesas.

Los humoristas británicos se burlaron todo el tiempo de las ‘medicinas’ que proponen los candidatos franceses.

De cada huerto corta una flor, y de todos espera que contribuyan a orlar su corona, mientras olvida -sólo momentáneamente, por lo que dure la elección- las amenazas que su programa representa para mujeres, trabajadores e inmigrantes. ¿Cómo es posible que un partido filofascista se permita tal lujo -y además encabece las encuestas- en el país que inventó la democracia moderna, las instituciones republicanas y el socialismo?

Para decirlo brevemente, porque ninguna de esas cosas son -desde hace tiempo- lo que supieron ser. Como ejemplo que sintetiza esta afirmación, recordemos que el gobernante Partido Socialista viene haciendo sin mayor éxito el trabajo sucio de la derecha, atacando derechos de los trabajadores, como la edad jubilatoria, el contrato de trabajo y la jornada laboral; los derechos ciudadanos, como el de libre circulación, el de ciudadanía por residencia y el de privacidad; es el tercer exportador de armas a nivel global y el que en más conflictos ha desplegado tropas, en África y Oriente Medio, como en las épocas doradas del colonialismo. Con tales representantes de “la izquierda”, ya se ve cómo la ultraderecha tiene buena parte del trabajo hecho.

La evolución de las encuestas muestra lo disputado de la competencia y la fortísima caída del candidato oficialista, el socialdemócrata Françoise Benoit.

Más allá de los actores particulares, el marco general que crea y define estas situaciones es el de una crisis mundial que no admite disimulos y disgrega economías, países y bloques regionales, como la propia Unión Europea, de la que Francia es miembro fundador. El bloque, en otro tiempo esperanza de estado de bienestar y prosperidad para todo los que vivieran en él, se ha transformado en menos de una década en un símbolo de ajuste y de dictadura del capital. Quienes no se le someten, como Grecia, España o Italia, se van, como el Reino Unido, o son avasallados, como Ucrania. Francia, a la que alguna vez los politólogos pensaron como fuente de moderación frente a la fría concepción contable de los alemanes, ha decepcionado totalmente. Es la primera en ajustes y recortes hacia adentro, y una más en mezquindades y bombardeos hacia afuera.

Es este escenario presente, que ni gaullistas ni socialistas alteraron para bien, el que hace suponer a millones de franceses que Le Pen no podría ser peor que ellos.

La desvencijada y descompuesta Quinta República, la del welfare state y los derechos universales de ciudadanía, no podrá ser refundada por las mismas izquierda y derecha que la han traído hasta aquí, piensan. Es en ese punto que la inteligente comunicación del Front Nationale se aprovecha de la potencia gratuita que obtiene de los medios masivos del establishment para prometer ese futuro tan venturoso como nebuloso que habita en el discurso de Le Pen.

Parece mentira que esta historia, que hemos leído en miles de artículos y visto en tantas películas, la del zorro ofreciéndose a cuidar el gallinero, apenas disimulando sus vicios obvios, fingiendo en forma estridente virtudes que jamás tuvo, pueda volver a repetirse. Recordemos que esta situación de “empate técnico entre derecha y ultraderecha” se da después del fracaso del gobierno socialdemócrata al intentar durante un año y medio de escalar la flexibilización laboral, sin que los trabajadores lograran una defensa contundente de los actuales contratos de trabajo. Si fuera cierto, nomás, que las elecciones no son la libre demostración de las preferencias individuales, sino la obligada expresión de la correlación de fuerzas entre las clases sociales, tal vez se encuentre mejor explicación al resultado. Cualquiera que sea.

Los principales candidatos

Emmanuel Macron el banquero de 39 años es presentado como “liberal independiente”, pero fue hasta el año pasado ministro de Industrias del gobierno socialdemócrata, del que saltó a tiempo a una candidatura individual que por varios meses lo colocó en primer lugar. Es la encarnación de la etiqueta “neoliberal” aunque comparte gran parte de los programas de Fillon y Le Pen. En el último mes ha perdido puntos, aunque hasta ahora es favorito para pasar a segunda vuelta.

Marine Le Pen es una abogada de 48 años. dirige el ultraderechista Frente Nacional fundado por su padre Jean-Marie en 1972, al que no dudó en expulsar en 2015, luego de que la Justicia lo condenara por tercera vez por expresiones incitación de odio y negacionismo respecto del Holocausto. Es actualmente eurodiputada por la región de Pais de Calais, y en las presidenciales de 2011 estuvo a punto de pasar a segunda vuelta, tal como ahora pronostican las encuestas.

Le Pen y Melenchon son, de los cuatro candidatos que llegan cabeza a cabeza en la primera vuelta, los que participaron de la presidencial de 2011.

François Fillon ganó las internas de la derecha gaullista y era su gran esperanza, al ofrecer una imagen de orden y mano dura que podría detener la escalada del Frente Nacional. Sin embargo, la revelación de un escándalo de corrupción (usó presupuestos de su banca de diputados para contratar familiares y pagar empleados particulares) lo derrumbó en las encuestas, aunque aún mantiene un expectante cuarto lugar.

Jean-Luc Melenchon tiene 65 años y es el candidato de la izquierda. Nacido en Tanger, cuando Marruecos era colonia francesa, fue joven senador de Miterrand en los ’80, y ministro de Jospin en 2002. Luego se alejó de la socialdemocracia y fundó el Partido de la Izquierda (PG), que junto al PC y a los Verdes formó el Frente de Izquierda en 2011, alcanzando el 12% de los votos. En segunda vuelta votaron por el socialdemócrata Hollande contra el derechista Sarkozy. Ahora alcanza el 18% en los sondeos, alcanzando un virtual empate técnico con los tres candidatos citados arriba.