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Adiós a la amiga

Por Rolando Cánepa - Marily Morales Segovia nació en Corrientes en 1935. Desde hace unos 37 años vivía con igual felicidad en Valencia o en su tierra natal a la que solía regresar con la puntualidad del verano. Poeta, abogada, intelectual, escritora, organizadora de mil encuentros, Marily ya no es más (ya no era más) la formidable amiga que conocí en mi adolescencia. Era eso y mucho más, era un objeto sagrado del espíritu del mundo, aunque en su mirada se reconociera el paisaje del Paraná y la raza silvestre de su gente.

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Caminar junto a ella, escucharla, leer con ella una página, era sentir que nos acompañaba un ser tocado por la gracia. Había en ella algo de magia; ese don y suerte de dioses de poder librarse de tanta muerte anunciada desde el 2001 en adelante. Porque desde ese año en que según ella vino a morir a Corrientes, varias veces con algo de candor e inocencia dejó plantada a la muerte, pero alguna vez tenía que alcanzarla y fue el domingo pasado.

La conocí en su casa de Corrientes en tiempos del colegio secundario. Allá fuimos con Darwy Berti, Gregorio Ocampo, Dora Norma Filiau, Arturo Mario Zamudio y otros devotos de la literatura que formamos el Grupo Noreste. En 1959 Marily editó su primer libro de poemas, La puerta, y ya entonces, y en conexión con Alfredo Veiravé, vinimos a ofrecer un recital poético en El Fogón de Los Arrieros de Resistencia. (Eso está registrado en el Boletín 76/59 de El Fogón de los Arrieros, de la mano de Hilda Torres Varela).

El periodismo, los libros y la cultura en general nos juntó varias veces con desordenada periodicidad. Son casi incontables los encuentros y las separaciones. Se casó, siguió escribiendo, tuvo hijos, siguió escribiendo. Uno de sus hermanos cayó preso en los años de plomo y se puso a estudiar Derecho, se recibió de abogada y logró su libertad. Comenzaron sus idas y venidas a Valencia, España, y siguió con lo suyo, ahora también con el teatro, las muñecas y la pintura. La abogacía quedó atrás. En los 90, en dos oportunidades presenté en el Café El Mariscal dos libros suyos y nuestra comunicación se hizo un poco más fluida, sobre todo con el advenimiento del correo electrónico. Una tarde de otoño fui a buscarla a Corrientes y la traje a casa de Aledo Luis Meloni. Él quería conocerla y quedó encantado con la visita de tan distinguida poeta. Cierta vez que vino a mi casa, estábamos mirando la tele, y en determinado momento, muy hispana, me dice: pásame el “mando a distancia”. ¿Qué? Le digo. Y ella me aclara, el control del televisor. La anécdota va para que se vea cómo en una misma lengua hay maneras distintas de comunicarse.

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Pero hispana y todo, Marily fue la que más y mejor expresó y representó culturalmente a Corrientes, en la poesía y en la música que, incluso en la película Alto Paraná, ella junto a Herminio Giménez, preparó la parte musical. Después sería la autora de una larga lista de chamamés y canciones varias. Ahí está “La vida y la libertad”, con música de Antonio Tarragó Ros, que fue todo un suceso. Pero es a la poeta a la muy subjetivamente prefiero destacar. Marily, como todos los del antiguo Grupo Noreste, era lectora y entusiasta de libros y autores, pero no era devoradora de tomos y mamotretos como el resto de nosotros. Lo que quiero decir es que ella no necesitó prácticamente de otros libros para escribir los suyos. Tenía una sensibilidad especialísima para tocar poéticamente las cosas y los hechos de cada día. Su expresión los redimía de una inevitable condición mortal, de la fugacidad y del olvido.

Etérea y casi transparente en los últimos años, siguió asistiendo a encuentros y actos y ferias del libro como las últimas de La Cruz, de Caá Catí y de Esquina, en noviembre del año pasado. Tal vez porque ella era un objeto sagrado del espíritu del mundo, aunque en su mirada se reconociera el paisaje del Paraná y la raza silvestre de su gente.

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