Las veredas de Resistencia: pensadas para la supervivencia de los más aptos
En su obra “El origen de las especies”, Charles Darwin plantó la piedra fundamental de la teoría evolucionista e instaló la idea de una “selección natural” que hace que sólo las formas de vida capaces de adaptase al entorno y a los cambios logran sobrevivir a los tiempos. Los obstáculos, adversidades y acechanzas de la naturaleza se encargan –según ese planteo- de determinar quién sigue adelante y quién no.
Algo parecido sucede con las veredas de Resistencia, que tanto en los barrios como en la zona céntrica poseen tramos que se convierten en verdaderas trampas para peatones. Desniveles, pozos, baldosas flojas y escombros atentan permanentemente contra la integridad física de personas de todas las edades, pero sobre todo contra niños y adultos mayores.

Así, desde hace años, la ciudad se llena de historias de personas lesionadas por causas vinculadas con aceras en pésimo estado y de hombres y mujeres con alguna discapacidad física que deben optar por circular por la calle –por ejemplo, con sus sillas de ruedas- porque les resulta inviable avanzar por las veredas.

Pero a pesar de todo esto, la reacción de las autoridades municipales (las pasadas y las actuales) siempre se ha mostrado indiferente a los pequeños y grandes dramas cotidianos ocasionados por tal situación.

Puras palabras

En concreto, las veredas de Resistencia sólo pueden ser recorridas por “los más aptos”. Es decir, personas de una cierta condición física (“aceptable”, se podría decir) que les permite subir y bajar “escalones” formados por las diferentes alturas de la vereda de algunas casas o locales comerciales y sus aceras contiguas, y capaces también de esquivar hoyos, baldosas rotas, extensos tramos sin superficies firmes y niveladas (en los que sólo hay tierra y/o pasto), residuos y escombros, cuando no obras en construcción que se apropian sin más del espacio de los peatones.

Obviamente que los más perjudicados son aquellos que no calzan en los cánones de la “normalidad”, ese criterio arbitrario creado desde el lado de “los que pueden”. Adultos mayores, niños, personas con discapacidades transitorias o permanentes, son la carne de cañón de esta realidad urbana.

Por eso, cuando en algunas fechas especiales se habla de derribar las barreras que la propia ciudad ofrece a sus habitantes, lo que abunda son los discursos. Lo que sigue faltando son las acciones.











