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Para quitar el pecado del mundo

Hace dos mil años, con la venida del hijo de Dios al mundo. comenzaba la revolución del amor que llevaría a la humanidad a un nuevo estado de conciencia donde el amor a Dios y el amor al prójimo serían los parámetros fundamentales para la construcción de una civilización del amor.

Esa nueva conciencia a partir de las enseñanzas y el testimonio del amor de Cristo que muere en la cruz para certificar con su propia vida las exigencias de un amor de estas características, tiene como cometido desterrar el pecado del mundo.

El pecado es toda forma de no amor que el hombre actualiza en su vida y que se oponen justamente a esta conciencia de amor compasivo y misericordioso para con toda la creación. Son comportamientos que hacen realmente de obstáculo a ese proceso que culminara de manera inexorable con una humanidad redimida y reconciliada en el amor.

Tales actitudes que se van arraigando como comportamientos van configurando como contraposición al ser humano compasivo y bondadoso un ser mezquino y perverso.

La venida de Cristo al mundo sin embrago, abre una puerta de escape para que el hombre encuentre el camino verdadero que lo conducirá a la plenitud, plenitud en los dos ámbitos, en el espacio y el tiempo y también en la eternidad.

Hay seres humanos que por haber perdido el sentido de la trascendencia viven en el espacio y en el tiempo como esclavos de ese espacio y ese tiempo que les ata a su propia ley. La mirada de aquellas personas que viven sin la perspectiva de lo trascedente es meramente instintiva y de supervivencia, transformando los pocos años que se tiene en el mundo en un campo de batalla, de competencia feroz y en muchos casos de desenfreno.

Sin el sentido de la eternidad la angustia del tiempo que se acaba vuelve al hombre un ser desesperado por disfrutar al máximo como tuviera solo ese tiempo para vivir.

Caer en la cuenta de que somos eternos nos da paz y serenidad y aunque las situaciones que tengamos que vivir sean a veces profundamente contradictorias, el corazón que se eleva al cielo en la esperanza de la eternidad logra la paz, la armonía interior y también la felicidad. Cristo vino al mundo para desterrar esa actitud de muerte que condenaba al hombre a la desesperación y revelo con su con su pasión, muerte y resurrección el sentido luminoso que tiene todo.

La realidad, a pesar todo, debe emerger desde las profundidades de las más grandes miserias que tiene el corazón del hombre. La enseñanza evangélica nos dice que nos son las cosas las que nos hacen felices sino la eternidad. Nos instruye también sobre la actitud misericordiosa y compasiva que debemos tener especialmente para con los más pobres, para poder entrar en la esfera de luz que nos conduce a esa verdad que destierra el mal del mundo.

De hecho, es el amor el que destierra el pecado del mundo y limpia y purifica la creación para llevarla el deber ser de su más profunda esencia. La clave será entonces no acumular cosas en primer lugar, sino en crear vínculos fraternos, en primer lugar. Desterrar el pecado del mundo significa crear desde nuestro propio lugar un mundo de hermanos. Porque de hecho el clamor de Dios ante el pecado original en su máxima expresión que es el homicidio que Caín comete contra Abel es ¿Dónde está tu hermano? O ¿qué has hecho con tu hermano? Por lo cual quitar el pecado del mundo es nada más ni nada menos que recuperar nuestra fraternidad en serio. Fraternidad no teórica ni formal sino según las enseñanzas de Cristo, fraternidad que se exprese con un amor que sea capaz hasta de dar la vida por los hermanos. Eso es lo que significa concretamente quitar el pecado del mundo.

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