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La angustia que rodea a los "niños del Zika" un año después del brote de microcefalia en Brasil

Por Carola Solé (AFP-NA) - Brenda Pereira llora desconsolada al salir de la consulta médica con su pequeña María Fernanda en brazos. La pediatra le confirmó que su hija, de cuatro meses, tiene un grado de microcefalia más grave de lo esperado y ella, de apenas 23 años, se siente perdida.

   “Esto es muy difícil...”, suspira esta corpulenta chica de  Rocinha, la mayor favela de Rio de Janeiro, que sólo supo en el  parto que su bebé padecía esa malformación congénita que se  disparó hace un año en Brasil junto a la epidemia del zika.

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Foto: Dailysignal.

   La noticia inesperada la dejó llorando horas porque, como suele  ocurrir con ese virus, Brenda no tuvo ningún síntoma durante el  embarazo. Pero sus angustias no habían hecho más que empezar.

   Igual que le ocurrió a buena parte de las brasileñas que  tuvieron bebés con microcefalia, esta joven fue abandonada por el  padre de la niña: el hombre no quería “una hija enferma” con una  cabeza más pequeña de lo normal y un cerebro irreversiblemente  dañado.

   Brenda también tuvo que dejar su trabajo de cajera para  dedicarse 24 horas a su pequeña, mudarse a casa de su mamá para  tener más ayuda, hacer equilibrios para pagar costosas  fisioterapias especializadas y dejar a su otra hija de seis años  temporalmente con un familiar.

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Foto: Felipe Dana, Agencia AP.

Sin trabajo, sin respuestas... ni ayudas

   Todo eso sin saber muy bien qué va a pasar con María Fernanda,  que apenas responde a sus estímulos, y sin que los médicos tengan  todas las respuestas porque los pacientes mayores con ese tipo  específico de microcefalia tienen apenas un año.

   “Si no lo saben los médicos, ¿qué voy a saber yo?”, se  desespera la joven, que confiesa que, más que aceptar, aprendió a  “convivir” con esta situación, y suma a su incertidumbre constante  una sensación de abandono por parte de las autoridades.

   María Fernanda no recibe el modesto apoyo económico que el  gobierno brasileño da a personas con deficiencia porque su abuela  supera el umbral de ingresos familiares requerido, de menos de 70  dólares mensuales, vendiendo bolsas de hielo en la playa de  Ipanema.

   “He tenido que parar toda mi vida, vivir en función de la bebé,  pero para el gobierno tengo que ser una miserable para poder  recibir una ayuda. Brasil no tiene estructura para lidiar con una  enfermedad tan grande”, reclama Brenda.

   Transmitido por el mismo mosquito que causa dengue o  chicunguña, el zika empezó a propagarse de forma acelerada por el  nordeste de Brasil a inicios de 2015. A finales de ese año, los  médicos confirmaron una relación hasta entonces desconocida entre  ese virus y la explosión de casos de bebés con microcefalia.

   Desde octubre de 2015, Brasil confirmó 2.289 casos de bebés con  microcefalia y tiene otros 3.144 más en estudio, muy por encima de  los 164 de 2014.

   La OMS activó una emergencia mundial y Brasil trató de hacer  frente a un brote inesperado.

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Un científico sostiene una muestra de larvas de Aedes aegypti mosquito en un laboratorio en San Jose, Costa Rica. Foto: Juan Carlos Ulate. Agencia Reuters.

El apoyo psicológico

   En el Instituto Estatal del Cerebro de Rio, sede de los Juegos  Olímpicos en agosto, se vieron desbordados y, en marzo de 2016,  crearon un ambulatorio específico para bebés con microcefalia.

   En ese centro es donde Brenda y alrededor de 400 familias del  estado realizan de forma gratuita exámenes caros como tomografías  o resonancias, reciben orientaciones para estimular a sus bebés y  comparten cada dos o tres meses sus angustias en terapias de  grupo.

   Pero los problemas reaparecen en casa.

   Alzira Meneses viajó 155 km desde Cabo Frío para buscar los  resultados de su hijo Arthur en el Instituto. En su ciudad costera  sólo hay una neuropediatra y no logró concertar una cita para su  bebé de seis meses por las constantes huelgas ante la crisis  financiera del estado.

   Tampoco recibe la ayuda gubernamental pese a que está  desempleada.

   “¿Dónde está el gobierno, dónde está?”, se pregunta furiosa  esta brasileña de 35 años, mientras su marido juega con Arthur,  que toma pecho sin problemas -a diferencia de otros niños que  deben comer con una sonda en el estómago-, pero empieza a tener  problemas de visión.

   “Nosotros rezamos mucho, pedimos fuerza a Dios para aceptarlo.

No sabemos qué puede pasar”, dice Alzira.

   Para la coordinadora del ambulatorio, Fernanda Fialho, la ayuda  psicológica para las familias es tan relevante como los resultados  médicos.

   “Es muy importante porque la microcefalia no tiene tratamiento.

Lo que necesitan los bebés es alguien que esté psicológicamente  entero para cuidarlos”, sabiendo que su esperanza de vida es  relativamente corta, reconoce la doctora.

   Antes de regresar a casa, Brenda lanza al aire los sueños para  su hija: “Espero que sea lo más normal posible. Por eso la llevo  al médico, para intentar que encaje en la sociedad porque no miran  a mi hija como gente”.

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