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¿Sobrevivirá el algodón en Argentina?

Por el ingeniero Carlos Caram- (Publicado en la revista de la Cámara Algodonera Argentina)- Si usted ha comenzado a leer esta nota es porque seguramente le interesa que el algodón siga siendo un cultivo de importancia en el norte del país. A muchos nos interesa, pero quién decide si se siembra o no es el productor.

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Los agricultores tienen en sus manos la decisión de sembrar algodón, mucho o poco. Diversas circunstancias han llevado a que el cultivo pierda su atractivo. Hoy se sabe (estudio del Consejo Profesional de Ingenieros Agrónomos publicado en NORTE el 5 de octubre de 2016) que sólo el 16 por ciento de la agricultura del Chaco en 2015/2016 fue algodón, y se espera que caiga a 10 por ciento en la campaña 2016/2017.

Por lo tanto, y para no remitirme a buscar causas y analizar hechos pasados que ya no podemos cambiar, me pondré en el lugar del productor para decirle a cada eslabón del sector qué variables me pueden llevar a sembrar e incrementar el área de cultivo de algodón.

Partimos de la base de que tiene que haber una rentabilidad sobre la inversión que supere a los otros cultivos, porque los riesgos y esfuerzos para cosechar una hectárea de algodón son mucho mayores que los de las siembras alternativas. Aparte, un productor de maíz o girasol va cosechando y entregando la producción, sin tener que ponerse a discutir carga por carga 10 variables que no conoce. La diferencia de nuestro cultivo tiene que ser compensada.

La industria, el principal consumidor de fibra argentina, debería hacer mucho para incentivar la producción. Ya se ven casos puntuales de “alianzas” cliente-proveedor, donde las fortalezas de uno ayudan a paliar las debilidades del otro. Y eso genera alguna “flexibilidad” en las partes en cuanto a precios y calidades. Sería importante que la resolución de una venta sea más ágil, que no se den tantas vueltas en la búsqueda del menor precio y el mayor plazo, peleando hasta el centavo como ocurre frecuentemente. Reconocemos que el mercado argentino de fibra es transparente y responde a oferta y demanda, por eso en un año de escasez se puede invertir la situación, cuando lo ideal sería que existan mecanismos de equilibrio.

Vender todo lo que se produce

En cuanto a las calidades, hay que entender que tenemos que vender todo lo que se produce. La naturaleza nos da fibra buena y no tan buena. Sería un aliciente que nuestros clientes se lleven sin mucha especulación aunque sea parte de esa fibra que no es tan buena junto con la de buena calidad. Obviamente dentro lo razonable y cada cosa a su precio, pero comprando todo lo que se pueda. Por suerte existe un mercado exterior que se lleva todo lo malo y paga bien.

Necesitamos también que los plazos sean razonables y los medios de pago ágiles. Algunas empresas tienen una mecánica de pagos muy buena. Eso es un incentivo importante. También los intermediarios, actores útiles entre 2 puntas dedicadas a lo suyo, debemos aumentar y mejorar los servicios a ambas partes. El productor necesita apoyo logístico, administrativo, financiero y hasta informativo, que le permita dedicarse por entero a producir.

Quizás podamos pronto contar con nuevas herramientas que otorguen previsibilidad en los precios, potenciar las alianzas productor-consumidor, con contratos a futuro y canjes por insumos, cosa que los otros cultivos extensivos sí tienen. El Estado (provincial y nacional) también tiene que ayudar. Hay medidas que inclinarían la balanza hacia el algodón en el esquema de rotación de cultivos de cada productor. Una es el crédito serio, orientado a quien es eficiente, tecnificado, empresario. A quien tiene las posibilidades e intenciones de pagar, porque piensa hacia adelante, en su actividad, a mediano y largo plazo. Otras medidas pasan por gestionar el desarrollo genético y la incorporación de tecnologías de primer nivel, estancadas en la burocracia central. No pueden los productores ir a golpear las puertas de organismos como el Inase, Senasa, el INTA o la Aduana. Los gobiernos tienen que ayudar en esto.

El campo necesita tecnificación, y hay mucho que conseguir a fin de ayudar en este sentido. Una de las tareas sería buscar que se facilite la importación de máquinas usadas, como cosechadoras y desmotadoras, que se consiguen a precios bajos en el exterior. Y no es una utopía: actualmente es factible importar aviones usados y varios tipos de máquinas industriales de segunda mano. Muy lejos está el agricultor medio argentino de poder adquirir cosechadoras nuevas, que no están lejos del millón de dólares.

Afortunadamente existen algunos alicientes que sostienen la siembra: es un cultivo rústico que soporta bastante el rigor climático del norte, un parque de herramientas específicas para el cultivo del algodón que pesan a la hora de sembrar, desmotadoras que harán lo posible para poder tener trabajo, y una cultura algodonera que, aun no habiendo buenas perspectivas, seguirá apostando (literalmente) al algodón. Pero nada es para siempre.

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