El papá de Tibi partió del retablo
Por Cristina Matta - Unas pocas líneas informaron que Juan Iturrioz había partido el 6 de enero. Día de Reyes, día de infancia, día de títeres y magia. El recuadro- en las últimas páginas del diario- decía muy poco acerca de su luminosa existencia. Vengo por el aviso, me planteo entonces, y las palabras surgen en un acto más que merecido.
Juan Iturrioz Arróspide era oriundo de La Pampa y descendiente de vascos, origen que lo enorgullecía. Egresó como arquitecto en la UBA; en 1960 se casó con Nelly Sosio- destacada maestra jardinera y titiritera- y en 1968 llegaban al Chaco desde Buenos Aires. Con ellos venían los dos pequeños hijos.

Se enraizaron en este suelo y el hacer lo mostró como docente universitario y como profesional del Banco Hipotecario. Con los años, Juan se consolidó como el compañero infatigable de Nelly, creadora en 1954 del grupo de títeres Tibi (nombre del muñeco presentador). Los dos fueron Tibi y en el tiempo se fue sumando la prole: Ignacio y Martín, las nietas Magdalena y Candelaria, las nueras Judith y Silvia.
Como apareció, también, su vocación por la plástica. Así descubrimos las pinturas, los talleres, la satisfacción por exponer con alumnos, con colegas o de manera individual; la galería de pintorescos personajes que fue marcando etapas en su creación.
Al girar en círculo, el mundo se detenía siempre en el Museo del Títere Tibi, fundado en 2001 junto a Nelly y toda la familia. Primero, en un local a metros de su casa y, después, en el propio hogar de la calle Vedia.
Juan bromeaba que era solo un empleado encargado de la portería y de recibir a los niños que sábado a sábado llegaban a la función de títeres. En realidad, era el rey de ese universo poblado de más de un millar de muñecos de lejanos países. Allí pintaba, ofrecía sus clases y en otros años, conducía el ciclo Opera y champán que le permitió transmitir y hacer disfrutar de sus vastos conocimientos acerca del Bel Canto. Por sobre todo, reinaba como cabeza de una familia que decidió seguir detrás de sus pasos sensibles para conformar un emprendimiento artístico colectivo.
Será difícil no verlo al lado de Nelly. Buscaremos su presencia entre el retablo, el bullicio de los chicos, las estanterías y mesas atiborradas de títeres coloridos.
En lo personal, me sorprenderá en el aire su rostro de hombre bueno y ojos predominantes, su hablar con finas picardías; ese espíritu que guardaba mucho de niño y de juegos.
Alguna vez, en una entrevista junto Nelly, nos manifestó que ambos estaban convencidos de que la tarea que cumplían aportaba una de esas infinitas gotas que hacen inconmensurable al mar. De ese modo, la obra cobraba sentido y justificaba una vida.
Con certeza, lo veremos venir una y otra vez, como a las olas. Juan empieza a ser inolvidable y elijo decirlo a través de los versos de Aledo Luis Meloni (de quien el 11 de enero se cumple un año de ausencia): “Tu memoria es como el agua:/ nunca se pierde;/ como el agua que va al mar/ y la nube la devuelve”.










