Para ver esta nota en internet ingrese a: https://www.diarionorte.com/a/147035

Una chaqueña obtuvo el primer premio en la Exposición Internacional de Artesanías

Mirtha Zokalaski es oriunda de Juan José Castelli, y aunque vivió por 40 años en España, y ahora está radicada en Misiones, eligió su provincia natal para compartir tan grata noticia. Es licenciada en Filología Hispánica y tiene estudios de doctora en Literatura Hispanoamericana, entre otros logros académicos en diferentes países. Por sus obras de arte en tela, obtuvo el primer puesto en la última Exposición Internacional de Artesanías que se realizó en la Rural de Buenos Aires. A continuación, en sus palabras la historia:

“Comencé a hacer tapices de una manera casual y casi distraída. Una tarde, en casa de una amiga, vi uno que me deslumbró y que no creyó que fuese capaz de reproducir. No hacía mucho que una vecina suya se lo había pedido prestado para copiarlo, pero pasada una semana lo devolvió con la triste aceptación de que era imposible realizar ese trabajo. Era un pueblo atiborrado de árboles, sembrado de palmeras, casas encaladas y techos rojos, un límpido cielo azul lleno de pájaros, con sus hombres y mujeres trajinando en sus faenas cotidianas, y niños correteando alegremente. Estaba cruzado por un río y coronado por una paloma. 

Mirtha fue premiada por todas sus obras, que fueron expuestas por primera vez en este evento.

La historia de mi primer tapiz es también una historia de amor, una triste historia que, con el paso de los años, siento como si la protagonista nada tenía que ver conmigo.

Por aquella época mi ilusión era tener una casa acogedora para vivir con ese amor tan indeciso a quien la soledad hizo que me aferrara durante cuatro largos años. Después de tres meses de copias y mediciones, con algunas variantes, el tapiz quedó listo para ser exhibido, alumbrado por dos focos, en el comedor de esa casa que alguna vez albergó una ilusión de amor. Las telas sobrantes durmieron arrugadas en una bolsa durante dos o tres años.

Tras varios meses de espera, de soledad y de frío, volví a refugiarme en sus colores. La primera obra de esos días fue una cruz. En ella reproduje la antigua iglesia de la esquina de mi casa, en Vallecas, con sus dos torres, su campanario, sus puertas ojivales y el eco de pasos muertos que transmiten sus pasillos y cada una de sus adustas y gastadas piedras, una casa de paredes encaladas y tejado rojo, y una fuente de aguas cristalinas. Y, en el largo madero, un hermoso guacamayo de plumas multicolores. Esa cruz representaba mi más íntima esperanza en que, la operación de mi hijo, le diera la posibilidad de seguir viviendo.

Luego surgió un campo donde germinaba en verde el sudor del trabajo, y una vorágine de pájaros y palmeras, mercados y ciudades humildes bajo un sol inclemente donde aparecían hijos, amigos y niños jugando.

Allí tomaron cuerpo todos mis amores, Onetti, Frida, Gabo, Nicaragua, el Chaco, la libertad, el Che... ¡LA VIDA! Unidos los caminos se cumplen los deseos. Es una manera de cambiar el mundo, de hacerlo más humano y más hermano, sin lágrimas, sin cadenas ni exilios. Lo único que no he logrado todavía reproducir en ellos es el olor a tierra mojada que dejan las rabiosas lluvias de verano, ni el embriagador aroma a pan recién horneado, el sensual perfume de la flor del paraíso, el canto de las chicharras chaqueñas ni el frío que me corre por la espalda cuando escucho un chamamé bien llorón y rompe el viento la bravía fuerza de un sapukay.

En ellos están los sentimientos que pueden mover el corazón del hombre, el compañerismo, la sensibilidad, la complicidad, la ternura, la lealtad y la necesidad de construir un mundo libre, luminoso y fraterno.

La inmovilidad a que estaba sujeta en España hacía que me dedicara a fabricar tapices compulsivamente. Ejercían en mí una extraña fascinación las telas de colores. Rojos, amarillos y violetas, verdes y turquesas, azules, blancos y fuccias. Mil marices de un arco iris que desgrana su luz y su música como gotas de rocío sobre un fondo negro. Como una explosión de color los definió José Luis, un buen amigo, admirador de tales metamorfosis.

En esos conjuntos nada es casual ni gratuito. Todo tiene un porqué, y cada elemento cumple una función liberadora. Son ‘Realismo‘ porque esas composiciones podrían ser posibles, ‘mágico‘ porque son la expresión más fiel de un deseo, íntimo, profundo, amado. Porque la vida y la libertad, el amor y la generosidad, son lo mismo. Las dos caras de una misma moneda. Fundamental la una para la existencia de la otra.

Era casi una obsesión. Cuando caminaba por calles o mercados veía la ropa de mujer o de niño siempre en función de futuros tapices. Más de una vez, de buena gana, habría sacado unas tijeras para cortarle una manga o un trozo de falda, sin que se diesen cuenta. Era mi particular manera de elevar a una categoría superior un simple trozo de tela y hacer de él una obra de arte, cambiarle el destino y darle una vida que antes no tuvo. Esa metamorfosis era el mejor regalo que recibía. De esos años y de ese amor descalabrado sólo me quedó el tapiz... y un camino nuevo”.