
Nota mental
A simple vista no había nada en él que llamase la impresión, pasaba por uno más de tantos y esa era, precisamente, la razón que convertía a Horacio en alguien distinto. Aunque para advertirlo resultaba preciso bajarse en la parada más próxima del colectivo frenético en el que nos desplazamos a través de la vida y darle un poco de charla. Algo más que "buen día", "un pincel mediano, por favor", "gracias" o "chau". Sin embargo, siempre aparece la misma excusa: no hay tiempo, dejé el auto mal estacionado, tengo al nene con fiebre. Todo es correr, correr, seguir, pasar a lo que sigue y, solo cuando las papas queman y nos vemos naufragando en el guiso en que convirtió nuestra vida decidimos empezar a prestar atención. Entonces es tarde. Muy tarde.
