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Ferias de intercambio ante la inflación y la falta de trabajo

Una prenda de vestir por uno o dos paquetes de fideos, un producto de limpieza por yerba. Las ferias de trueque, mutualismo, economía solidaria o popular ayudan a satisfacer al menos en parte las necesidades urgentes de algunas familias.

Todo “surgió por la necesidad que hay, mucha gente vive de esto, algunas personas vienen de Puerto Tirol, de Vilelas o de Fontana”, describe Felisa Gutiérrez, la impulsora de un grupo de feriantes que se convocan en una plazoleta del barrio San Cayetano -avenida Hernandarias 2.200- martes, jueves y sábados.

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Le llamamos trueque, aunque también se usa dinero”, aclara “Feli”. Con otras mujeres coordina a cientos de participantes. Dice que aprendió a administrar con equidad a partir de ser la madre de nueve chicos.

En abril se cumplirá un año desde que comenzaron a organizarse. Desde el inicio se advierte el orden: se toma asistencia porque entre quienes participan al final de la jornada se sortearán productos. El ‘pozo’ es una suerte de fondo común del que se puede ganar desde un combo de tres productos de almacén -como un paquete de fideos, otro de arroz y un envase de puré tomate-, hasta objetos como una jarra plástica para tereré. También se crean pequeñas rifas o colectas a las que aportando $10, cada diez participantes se crea un premio de $100. Cada sorteo se hace en un horario acordado. Todos conocen las reglas y las acatan.

“Esto es para ayudar. A mí me gusta ayudar. Con las administradoras no sacamos ni un solo beneficio de acá”, explica “Feli”, madre ‘y padre’ de nueve chicos. El más chico tiene cuatro años y el mayor cumplió hace poco 27 años, ya se casó y formó familia.

¿Por qué creés que la feria se sostuvo durante tanto tiempo?

-La necesidad. Si vienen es porque necesitan. También porque para evitar problemas hay límites claros de entrada. La primera regla es no dejar plantada a la compañera con un pedido. Porque se cuenta con la mercadería que se va a cambiar. También puede pasar que se encargue una remera en un talle que después resulta que era chico. Entonces se busca un reemplazo.

¿De dónde viene ese aprendizaje?

-¡Porque me dejaron plantada muchas veces! (risas). (“Te juro”, se oye de fondo). A mí me hizo la vida.

¿Qué producto es el más buscado?

-Mercadería. Leche, yerba, azúcar es lo que más se pide. No sé si hago bien en contar pero acá dos personas que recibían mercadería de Desarrollo Social e intentaron vender acá. Las denunciamos y no vienen más pero sé que siguen recibiendo alimentos del Estado; me enoja porque es comida que necesitan chicos que van a los merenderos.

 

Cuando hay hijos, la necesidad apremia 

Una joven mujer sintetiza porqué se dedica a feriar hace cinco meses: “Mi marido está sin trabajo y la feria es una fuente de ingreso, nos ayuda a tener algo de dinero y comida”. Prefiere mantenerse anónima, cuenta que a la manta donde exhibe ropa suele agregar algunos productos de limpieza como detergente, desodorante o jabón líquido, pero que ese día no alcanzó a armar una provisión. Tiene un hijo con discapacidad y todavía no pudo gestionar una pensión en Anses porque aún no se divorció de su expareja, entre otros trámites.

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Cuando hay niños de por medio, la necesidad es mayor.

Al lado, sobre una mesita, se aprecian elementos de mercería y algo de bijuterí: aros, hebillas, hilos, aguja. “En mi casa casi no se vende; acá a veces sí, a veces no”, resume otra madre (sin pareja) de dos nenas de 12 y 8. Hace ocho meses que participa en un espacio que ayuda “a no depender de una beca o asignación solamente”. Los $5.000 del bono que el Estado pagó en diciembre los invirtió en comprar más artículos para vender. “Ahí levanté un poco”-dice-“,a mí no me gusta gastar la plata al pe... porque cuesta ganarla”. Tenía una beca pero dejó de percibirla en octubre. Va los tres días de la semana a ese barrio y cuando falta dinero “agarro el carro y salgo con las hijas a juntar material para vender como chatarra o para reciclar, peor es pasar hambre o ir a robar”, dice.

Harina y fideos, los productos más buscados

“Acá hay para tomar, para comer, para vestirse, cosas para la casa. También te puede pasar que venga un nene que te diga que no comió y alguien le va a dar algo. Es mejor que esté acá y no en la calle que es peligrosa”, compara una de las más jóvenes feriantes.

Hace seis meses que se sumó a la feria del barrio San Cayetano. Arrancó hace dos años cuando dejó de trabajar en el servicio doméstico. Empezó intercambiando ropa y se dedicó a los alimentos porque es lo que más le piden, como por ejemplo harina y fideos. “Este es mi único trabajo y no lo vendo en la casa. Vivo con mis abuelos. Si tuviera que pagar alquiler, agua, luz no me alcanzaría”, resume.

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También alimentos y especialmente los de mayor necesidad.

Cerca, otra mujer atiende un puesto de panificados. Hace unos diez años que se dedica a lo mismo y a la feria se incorporó en agosto.

“Casi todas venimos con el mismo objetivo: llevar algo a la casa; a mí me ayudó mucho el sistema económico, salir, conocer y hablar con otra gente, esto es una cadena”, sintetiza. A la tarde también va a la laguna Argüello, donde asegura que ve muchas necesidades. Convive con una hija que cobra una asignación universal por sus nietos y con otra hija que está embarazada. Tenía una pensión no contributiva que solo alcanza para tener al día la luz, el agua y el teléfono. “Lo bueno es acá hay mucha unión”, remarca.