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José Valentin Derewicki
Por: José Valentin Derewicki

Algodón: mover el árbol para que despierte de su letargo

Lo dijimos una y mil veces: el algodón es la mayor cadena productiva y el que genera más puestos de trabajo. En ese esquema, sostuvimos desde siempre que el Chaco debe ser algodonero porque están dadas las condiciones para un desarrollo sustentable del cultivo. Este objetivo es una lucha que, podríamos decir, lleva toda una vida y así como vimos el esplendor de este cultivo, hoy observamos tristemente que el derrumbe que se produjo lleva mucho tiempo. De todas maneras, hay esperanza y señales interesantes que podrían revertir, con el tiempo, esta situación de crisis.

Cuando se recogen los capullos de la campaña 2018-2019 se observa, después de las inundaciones que afectaron al cultivo, que la producción del textil se encuentra prácticamente estancada en casi 400.000 hectáreas a nivel país, lo que significa que estamos al filo de no poder abastecer a nuestras industrias. Esto nos sucede debido a que ese sector tuvo una estrepitosa caída debido a la situación económica y financiera que vive el país. Si esto no sucediese estaríamos importando, con el consiguiente costo que ello significaría. 

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En la campaña 2017-2018 se implantaron 324.000 hectáreas (Santiago del Estero 127.000 hectáreas, Chaco 124.000 y Santa Fe 54.000, entre las provincias de mayor producción) y en total, con las otras provincias, se obtuvieron 810.000 toneladas de algodón en bruto, según la Secretaría de Agricultura de la Nación.

Las estadísticas que exhibe la entidad nacional ratifican también que el meridiano productivo se corrió hacia Santiago del Estero e incluso el norte de la provincia de Santa Fe. De esa manera, Santiago del Estero, en esta campaña implantó 156.150 hectáreas y Chaco 141.350, aunque las autoridades provinciales indican que la superficie podría llegar a casi 180.000 hectáreas, lo que no hace variar el amperímetro del análisis. Santa Fe subió a 74.200 hectáreas, Salta pegó un salto con 9.000 hectáreas, Formosa sembró solo 8.000 hectáreas y Corrientes solo 90 hectáreas. Córdoba se animó y llegó a las mil, Entre Ríos 1.100 y San Luis con 5.000 hectáreas.

Lejos del récord

Sin embargo, estamos lejos de aquel récord de 1.000.000 de hectáreas y de las 600.000 hectáreas de promedio que se necesitarían para lograr que la industria tenga un material adecuado que le permita competir y reducir costos.

Pero el algodón no es solo producción sino un mosaico de actividades y movimientos muy delicados que hay que combinarlos adecuadamente para obtener resultados. El derrumbe algodonero es palpable no solo en la producción graficada en menor superficie sino también las secuelas que deja a su paso. Hoy las cooperativas algodoneras que alguna vez tuvieron la mayor cantidad de acopio en el país, casi desaparecieron o cambiaron de rubro. Las desmotadoras se herrumbraron en los galpones o bien fueron vendidas, quedando como saldo una grave desocupación. La industria languidece y hace esfuerzos por subsistir.

Este es, a grandes rasgos, un sintético cuadro que vive este cultivo que fue el principal generador del producto interno bruto de una provincia como el Chaco. Evidentemente hicimos las cosas mal para que esto sucediera. El Estado no se preocupó por trazar una política que perdurara en el tiempo y fuera discutida por todos los sectores para lograr una plataforma que nos hubiera permitido producir y exportar, como lo veníamos haciendo, incluso llegamos a producir simiente para venderla a países vecinos.

A través del tiempo se observa que una “política” solamente basada en subsidios, muchas veces electoralistas con la excusa de defender a los pequeños productores que en la actualidad prácticamente desaparecieron, no sirve. Hay más pruebas. Desde hace más de 20 años no se producen en la provincia nuevas variedades. Desde que en el gobierno de Carlos Menem regalamos algunas simientes al exterior y vaciamos prácticamente el INTA. En los últimos años y en la actualidad estamos en un proceso igual, aunque algunas nuevas variedades podrían salir al mercado en un par de años. Lo que seguramente será bienvenido. Todas estas circunstancias merecieron un profundo debate para encontrar soluciones. Lamentablemente no lo hicimos y hoy tenemos una superficie mínima de producción con una industria que lucha por subsistir.

La pregunta respecto del algodón es si no llegó el momento, a pesar de la crisis que vive el país, de mover el árbol para fijar la política que necesita esta importante economía regional para brindar una creciente actividad que genere trabajo genuino en el tiempo. Habrá que unirse y trabajar en un esquema para llegar a las autoridades nacionales, como tantas veces se hizo.

Lo bueno es que los tiempos han cambiado y las tecnologías también, y por eso hablamos de esperanza de una reactivación. Por ejemplo, desde el INTA se afirma que en 2020 tendrá una nueva variedad de ciclo intermedio, con un rinde de fibra de más del 40% con volumen limitado a la consideración de los productores. Además, la institución inició contactos con grandes productores con el mismo objetivo y, también, con empresas internacionales que están en el negocio de semillas.

Otra investigación

Por otra parte, la Escuela de Jardinería 13, a través de su Centro Biotecnológico Agroforestal, se encuentra investigando el ajuste de un protocolo para lograr un algodón resistente a la sequía, a través de la utilización del gen HaHB11 cedido por el Conicet mediante un convenio firmado por la provincia del Chaco y esta institución.

Además, una vez lograda esta primera etapa se iniciarán trabajos relacionados con el ajuste de un protocolo de transformación para lograr resistencia al “picudo del algodonero”, la súperplaga que incrementó el costo de la producción en 47 dólares por hectárea. En este aspecto, ya están evaluando distintas características de los picudos, con resultado positivo, además de los contactos que se realizan con los investigadores de la Universidad de Texas, Estados Unidos.

La situación de las industrias textiles no es la mejor donde el principal problema hoy es una retracción de la demanda, que ocasiona el 75% de la caída del sector, producto del deterioro del poder adquisitivo y sólo el 25% lo compone la presión importadora.

Desde la Fundación Proteger, se explica que apenas el 20% del precio final de una prenda es explicado por el costo de fabricación. Entre el resto de los costos incluyen un 25,5% de carga impositiva, casi un 15% por el alquiler del comercio, otro 15% del interés que pagan las marcas a los bancos por la utilización de tarjetas de crédito y débito, un 15% en la distribución y comercialización de los productos y un 4,7% por el diseño y el marketing. El 4,8% restante, sostienen, corresponde a la rentabilidad de la empresa.

Hay mucho trabajo por hacer pero hay expectativas favorables para el algodón, en especial en el internacional, que no es un aspecto menor. Pero quizá lo más importante es que está latente en los sectores productivos empresariales como así también provinciales, la necesidad de dar vuelta esta página amarga que se vive en los últimos años, y hacer llegar a las autoridades nacionales el mensaje de que el algodón debe contar con una política de estado que perdure en el tiempo.

“Estamos listos para competir, ahora es turno del Gobierno de hacer competitivo al país” señalan con esperanza los industriales juntamente con los otros sectores para que el algodón despierte de su letargo.