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El apoyo que necesita la ciencia básica

A diferencia de lo que ocurre con la ciencia aplicada, que persigue objetivos a corto plazo, la ciencia básica se basa en la investigación que se lleva adelante sin pensar en obtener una aplicación o beneficios, ya sean sociales o económicos, inmediatos.

Un ejemplo del trabajo que realizan los investigadores que se desempeñan en el campo de la ciencia básica, es el que desarrollaron científicos argentinos que identificaron la Galectina 1, una proteína producida por los tumores para eliminar las defensas del cuerpo humano. El hallazgo de esta proteína, que es clave en la lucha contra el cáncer, fue realizado a principios de los años 90 por el equipo del Laboratorio de Inmunogenética del Hospital de Clínicas “José de San Martín”, que depende de la Universidad de Buenos Aires, en colaboración con investigadores del Instituto Leloir. El responsable del equipo de investigadores, doctor Gabriel Rabinovich, explicó en un simposio sobre cáncer que se realizó el año pasado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que cuando se identificó la Galectina 1, los investigadores ni siquiera sabían para qué servía. Pero lejos de estar perdiendo el tiempo, el empeño de los científicos argentinos hizo posible describir un nuevo mecanismo que permite a los tumores evadir el ataque del sistema inmune. Sin proponérselo, abrieron así las puertas al diseño de estrategias de inmunoterapia que permiten controlar el crecimiento de tumores y su capacidad de invadir nuevos tejidos, que es uno de los grandes retos de la medicina moderna.

Este ejemplo de la tarea desarrollada en el campo de la inmunoterapia que aportó nuevas estrategias para combatir el cáncer revela cómo muchos de los proyectos de ciencia básica de largo plazo derivaron en aplicaciones concretas que pueden beneficiar a los pacientes. En ese sentido, el propio Rabinovich observa que todas las soluciones que se ofrecen en los consultorios comenzaron con el estudio de moléculas en el laboratorio.

En tiempos de recortes y ajustes aplicados por administraciones nacionales como la actual que tienen como objetivo el achicamiento del Estado, se corre el riesgo de interrumpir los proyectos de investigación que no arrojan resultados inmediatos. Si se adopta ese criterio, se estará limitando enormemente a quienes hacen ciencia básica. Y un país que no apueste a este tipo de investigación no podrá aprovechar las ventajas de la ciencia para el desarrollo tecnológico, en todo caso deber á conformarse con utilizar tecnologías generadas en otros países, pagando el costo que esas naciones imponen por el uso de esas herramientas. Los recursos que se destinen a la ciencia básica no deben ser entendidos como un despilfarro, sino como una inversión a largo plazo. Resulta llamativo que la sociedad argentina esté más dispuesta a aceptar que un gobierno endeude al país por 100 años, que a reconocer el valioso trabajo en los laboratorios donde se invierte en conocimientos que luego benefician a toda la comunidad. No hay ciencia aplicada sin ciencia básica, dijo alguna vez el médico argetino Bernardo Houssay, fue galardonado en 1947 con el Premio Nobel de Medicina, en reconocimiento por sus descubrimientos sobre el papel desempeñado por las hormonas pituitarias en la regulación de la cantidad de azúcar en sangre.

Es necesario que se promuevan políticas públicas que impulsen la investigación básica en la Argentina. Así lo propuso el propio Houssay al impulsar en la década del 50 la creación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet). Al fundamentar su apoyo a la ciencia básica, observaba: “Es muy común en los países atrasados una desmedida preocupación por las aplicaciones inmediatas, y por ello se suele alardear de criterio práctico y pedir que se realicen exclusivamente investigaciones de aplicación inmediata y útiles para la sociedad” (discurso brindado en 1954 en la Universidad de Columbia, Estados Unidos). En el mundo hay muchos ejemplos de investigaciones básicas que luego tuvieron un enorme impacto en la sociedad: el desarrollo del Sistema de Posicionamiento Global, más conocido como GPS, o el surgimiento de la red internet, son algunos de ellos. Sería un error desplazar a la ciencia y a los investigadores a un segundo plano desfinanciando investigaciones. Si es así, se estará desconociendo que el progreso de las naciones más adelantadas se debió, en buena medida, a la firme decisión de apuntalar el trabajo de su comunidad científica.