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El campo como plataforma de la bioeconomía

La agricultura enfrenta hoy el desafío de superar una concepción tradicional que la reduce a la producción de alimentos y materias primas básicas. En este siglo XXI que transita el mundo y con la necesidad de diversificar las economías y la búsqueda de alternativas a los combustibles fósiles, el sector agrícola puede asumir una función mucho más amplia. En efecto, la agricultura puede convertirse en una plataforma científica y tecnológica capaz de generar biomasa para múltiples cadenas de valor industriales. Desde esta perspectiva, la bioeconomía representa una oportunidad para articular recursos biológicos, conocimiento científico e innovación con el propósito de construir sistemas productivos más diversificados, sostenibles y competitivos.

La bioeconomía, cabe recordar, parte del aprovechamiento sostenible de la biodiversidad, la biomasa y los residuos de origen biológico para producir bienes, servicios y tecnologías. Por lo tanto, no se limita a sustituir materiales de origen fósil por alternativas biológicas, sino que propone transformar la estructura productiva mediante el conocimiento y la innovación. La CEPAL ha señalado que este enfoque puede contribuir al cambio estructural, la diversificación productiva y la superación de algunas restricciones históricas al desarrollo de América Latina y el Caribe. En este sentido, la agricultura adquiere una nueva dimensión, porque deja de ser exclusivamente el punto de partida de cadenas alimentarias y pasa a integrarse con sectores como la bioenergía, la química verde, la cosmética, la farmacéutica, la biomedicina y la ciencia de materiales.

Es importante destacar que uno de los principales aportes de este modelo consiste en la agregación de valor. En lugar de comercializar únicamente productos agrícolas sin mayor transformación, es posible desarrollar cadenas interrelacionadas que aprovechen de manera integral cada componente de la biomasa. Así, los residuos pueden convertirse, mediante procesos tecnológicos, en biofertilizantes, bioenergía, fitoquímicos, biomateriales y compuestos con aplicaciones farmacéuticas. De este modo, lo que antes era considerado un desecho puede transformarse en un insumo productivo, reduciendo pérdidas y generando nuevas oportunidades económicas.

En este proceso, las biorrefinerías cumplen una función estratégica, ya que permiten aplicar un aprovechamiento integral y en cascada de la biomasa. Su lógica se relaciona directamente con la economía circular, porque busca maximizar el uso de los recursos y disminuir la generación de residuos. Además, este modelo contribuye a reducir la dependencia de materias primas fósiles y favorece una transición hacia sistemas productivos con menor intensidad de emisiones. La transformación también puede generar efectos en las zonas rurales. La incorporación de actividades basadas en la ciencia y la tecnología permite crear nuevas fuentes de ingresos, pequeñas y medianas empresas y empleos de mayor especialización. Al mismo tiempo, ofrece oportunidades para que los jóvenes encuentren alternativas profesionales vinculadas con sus propios territorios, lo cual puede contribuir a enfrentar el despoblamiento rural. De igual manera, la agricultura familiar puede participar en estos procesos mediante programas de formación, transferencia tecnológica y articulación con centros de investigación y organismos públicos. Por ejemplo, la innovación puede orientarse a resolver problemas concretos relacionados con el manejo sostenible de plagas, la eficiencia en el uso del agua o el aprovechamiento de subproductos.

Es necesario aclarar que la bioeconomía no implica abandonar los conocimientos acumulados por las comunidades rurales. Por el contrario, la articulación entre biotecnología, investigación científica y saberes tradicionales puede fortalecer a los sistemas productivos. Esta integración permite reconocer que la innovación no surge únicamente de los laboratorios, sino también de la experiencia acumulada en los territorios y de la capacidad de las comunidades para gestionar sus recursos biológicos.

Sin embargo, para que esta transformación produzca resultados sostenibles se requieren capacidades institucionales sólidas y una coordinación efectiva entre los diferentes actores. Las universidades deben desempeñar un papel central como interfaz entre la investigación, las necesidades del sector productivo y las demandas de las comunidades rurales. A su vez, el Estado debe promover marcos normativos adecuados, instrumentos financieros y políticas multisectoriales que reduzcan los riesgos asociados a la innovación. Del mismo modo, las empresas tienen que participar en el desarrollo y la incorporación de nuevas tecnologías, mientras que los productores deben formar parte activa de las decisiones sobre los procesos y las cadenas de valor.

 La biomasa puede constituirse en el punto de partida de múltiples procesos productivos, mientras que la ciencia y la innovación pueden determinar cómo aprovecharla de manera eficiente y sostenible. Por ello, la bioeconomía ofrece una perspectiva integral para diversificar la producción, agregar valor, generar empleo y reducir impactos ambientales.

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