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Soberanía de mentira: el engaño que vuelve

¿Qué tan poco aprendimos de la Guerra de Malvinas? ¿Es tan grande el desconocimiento de nuestra historia?

Para la República Argentina, las Islas Malvinas constituyen uno de los puntos más sensibles del sentir nacional y de la política exterior. Son una pieza central en la estructura geopolítica del Atlántico Sur, un símbolo irrenunciable de nuestra soberanía y un clamor que atraviesa generaciones.

Históricamente, incluso antes del nacimiento de la República Argentina, las Islas Malvinas fueron un objetivo estratégico para los imperios reinantes de cada época, como España, Francia e Inglaterra. Ya en el siglo XVII, Inglaterra había planeado ocuparlas y anexarlas como territorio de ultramar. Un hito crucial de esta larga historia de usurpaciones ocurrió el 31 de diciembre de 1831, cuando la corbeta estadounidense USS Lexington, al mando del capitán Silas Duncan, atacó y destruyó el establecimiento argentino de Puerto Soledad. Este ataque, temprano en nuestra vida como nación independiente, fue un presagio de las intromisiones que sufriríamos, siempre con los mismos actores en escena.

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Soberanía de mentira: el engaño que vuelve.

La historia más cercana, la que aún duele en la memoria colectiva, nos enseña que el pensamiento político de las juntas militares que gobernaron desde el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 estuvo incondicionalmente subordinado a los designios del Comando Sur de Estados Unidos. La tercera Junta Militar Argentina, conformada por Leopoldo Fortunato Galtieri, Isaac Anaya y Basilio Lami Dozo, creyó erróneamente que Washington valoraría su rol en la represión contra movimientos de izquierda en América Central (el "Plan Charlie" en Honduras y Nicaragua). Pensaron que su lucha contra el comunismo los convertía en aliados estratégicos privilegiados. Este alineamiento, sin embargo, no se basó en un análisis realista, sino en un cúmulo de creencias y expectativas infundadas que derivaron en un rotundo fracaso diplomático y militar durante la guerra de 1982. La lección fue brutal y dolorosa.

Podrán argumentar que los tiempos pasan y la gente se renueva, lo cual es cierto en apariencia. Pero lo que no cambia son los intereses estructurales de Estados Unidos. Su accionar sobre nuestro país y la región ha mantenido una lógica invariable a lo largo de los siglos. Para comprender la naturaleza de la disputa entre Washington y Londres, debemos verla como una pelea conyugal: tras una fuerte discusión, al día siguiente se levantan y desayunan juntos, y poco importa la discordia del día anterior. Sus intereses fundamentales están alineados y son profundamente interdependientes.

Este patrón se ha repetido con escalofriante exactitud en los últimos días. El 25 de abril de 2026, la agencia Reuters dio a conocer un correo electrónico del Pentágono, enviado por Elbridge Colby, que examinaba formas de exigir responsabilidades a los aliados de la OTAN que no apoyaron las operaciones de Estados Unidos en la guerra contra Irán. Entre las opciones se barajaban suspender a España de la OTAN y, crucialmente, revisar la reclamación del Reino Unido sobre las Malvinas. Paralelamente, el presidente Trump amenazó con retirar a Estados Unidos de la alianza atlántica.

En estos días, el presidente Donald Trump volvió a referirse a las Malvinas, declarando que la postura de Estados Unidos sobre las Islas Malvinas/Falklands era "una de muchas" que estaban siendo revisadas. Estas declaraciones fueron como un latigazo en el corazón de la mayoría de los argentinos. La reacción fue inmediata y visceral, despertando, nuevamente, las mismas expectativas emocionales que aquel lejano 2 de abril de 1982.

Esta situación fue aprovechada oportunamente por el presidente Javier Milei, generando durante 48 horas una gran expectativa en el pueblo argentino, para finalmente culminar con una cadena nacional de apenas 15 minutos. En ella, anunció que se limitaría a cumplir las leyes que existen desde el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, una declaración que, lejos de aclarar el panorama, evidenció la falta de una política de Estado propia al respecto.

Es imperativo analizar esta noticia con pragmatismo y no dejarse llevar por el fervor patriótico que los gobernantes de turno saben explotar. Debemos examinar la relación bilateral con Estados Unidos desde sus distintos ángulos, la historia, la alianza geoestratégica y la geopolítica actual. Pero, sobre todo, debemos preguntarnos si este gesto no es simplemente un mensaje diplomático dirigido a Gran Bretaña por no haber apoyado la "Operación Furia Épica" –el ataque a la República de Irán–. Recordemos que el entonces primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, había expresado que no se uniría a las acciones bélicas estadounidenses sobre Irán, lo que provocó un profundo malestar en la administración Trump. La instrumentalización de la cuestión Malvinas fue su respuesta. Este hecho debe interpretarse como una señal de presión hacia el Reino Unido, no como un cambio de postura ni mucho menos como un alineamiento político genuino con Argentina.

La reacción del gobierno británico ante ambas noticias fue inmediata y firme, expresando que no ha modificado su estrategia política, basada en la falacia de la "autodeterminación" de los isleños, una posición que viola flagrantemente el Derecho Internacional y las resoluciones de Naciones Unidas que instan al diálogo bilateral.

Es por esto que este hecho debe estudiarse con la cabeza fría, y no con el corazón ardiente. El Reino Unido es un socio geopolítico y geoestratégico histórico para Estados Unidos, con una profunda interdependencia en materia de inteligencia, defensa y finanzas. Esa alianza trasciende cualquier retórica electoral o diplomática.

Lo ocurrido en 1982 por las "creencias" del gobierno de facto sobre su "relación carnal" con Estados Unidos nos provocó un daño difícil de reparar. Durante la guerra, Washington fue un aliado incondicional del Reino Unido, en concordancia con la OTAN. Hoy, con una alarmante similitud, se vuelve a "creer" en las versiones difundidas por el gobierno nacional. Antes fue Galtieri, ahora es Milei. Lamentablemente, un sector de la sociedad, movido por la sensibilidad, el amor a la patria y su ferviente deseo por la recuperación de las Malvinas y el Atlántico Sur, vuelve a confiar en una nueva versión del galtierismo.

Para que no queden dudas sobre la verdadera naturaleza de los intereses en juego, basta con leer la "Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. (2025-2026)", que no es más que una continuidad y actualización de la Doctrina Monroe, del Corolario Roosevelt y lo que hoy podríamos llamar el Corolario Trump o Doctrina Donroe. Esta línea de pensamiento, que hunde sus raíces en la máxima de John Quincy Adams de que "Estados Unidos no tiene amigos o enemigos permanentes, sólo intereses permanentes", marca el camino. En el marco de este plan, la administración de Javier Milei se subordina voluntariamente a los intereses estadounidenses y, a los de sus aliados, como Israel, cediendo de manera directa o indirecta nuestra plataforma continental, el estratégico puerto de Ushuaia y, con ello, la soberanía sobre las Islas Malvinas.

En síntesis. Argentinos y argentinas, la historia nos ha dado una lección de sangre, fuego y soberanía herida. La Guerra de Malvinas no fue solo un conflicto armado; fue la crónica de una traición anunciada, escrita con la tinta de la ingenuidad política y el oportunismo de los poderosos. Aquel 2 de abril de 1982, despertamos con la ilusión de recuperar lo que era nuestro por derecho, pero la realidad nos mostró el rostro más crudo del mundo, el de los intereses que no conocen de patrias ni de pueblos, solo de mapas estratégicos y recursos.

Hoy, más de cuarenta años después, un espejismo similar se presenta ante nuestros ojos. Una vez más, desde el norte, nos lanzan un hueso para que peleemos entre nosotros, una frase ambigua sobre las islas que enciende nuestro orgullo pero que, en el fondo, no es más que un instrumento de presión para un antiguo aliado. Y, para nuestra desgracia, una vez más, hay quienes desde el gobierno no dudan en agitar esa bandera como un trofeo efímero, sabiendo que no es más que una cortina de humo que oculta la entrega de nuestros recursos y nuestra posición estratégica en el Atlántico Sur.

No podemos, no debemos, volver a caer en la trampa de las emociones manipuladas. El amor por las Malvinas es sagrado, late en cada argentino que conoce la geografía de su país y el latido de su historia. Pero ese amor debe ser inteligente, debe ser despierto. La recuperación de nuestra soberanía no se logra con declaraciones altisonantes ni con gestos de sumisión a potencias extranjeras. Se logra con una política de Estado firme, coherente y sostenida en el tiempo, basada en el diálogo, el derecho internacional y el fortalecimiento de nuestra presencia en la región.

No permitamos que el "galtierismo" se vista con un nuevo ropaje y nos lleve, una vez más, al fracaso y la desolación. Recordemos a nuestros héroes, a los conscriptos y soldados que dieron su vida por una causa justa, pero también recordemos el abandono, la desorganización y la falta de planificación que los condenó. Honrarlos verdaderamente significa aprender de su sacrificio, la soberanía no se mendiga ni se negocia bajo la mesa, se defiende con unidad, con conocimiento y con la firmeza de quienes saben que su patria no es una moneda de cambio.

La cuestión Malvinas nos convoca a todos, más allá de las grietas políticas. Es un faro que ilumina nuestra identidad nacional. Pero para llegar a ese faro, no podemos navegar con mapas viejos ni con capitanes que miran a puertos extranjeros. Debemos ser dueños de nuestro destino, y eso comienza por no volver a confundir un gesto de presión internacional con un verdadero acto de justicia histórica. Argentina, despertemos, el galtierismo no tiene fin si nosotros, su pueblo, no decidimos ponerle fin con la memoria, la razón y la indoblegable defensa de nuestra soberanía.

¡Las Malvinas fueron, son y serán argentinas! Pero serán verdaderamente nuestras cuando aprendamos a defenderlas con la cabeza, y no solo con el corazón.

*El autor es exsoldado combatiente en Malvinas y médico cirujano.  También, presidente del Frente Soberano Chaco.

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