El conquistador del travertino
Hay una violencia silenciosa en el acto de quebrar la piedra, pero en las manos de Mauricio Guajardo Rubio esa violencia se transforma en una tregua poética. Su reciente triunfo en la Bienal Internacional de Escultura del Chaco 2026 —donde se alzó con el Primer Premio— es la confirmación de un lenguaje que ha logrado domesticar el tiempo profundo de la materia.
Durante diez días de taller abierto, Guajardo transformó un bloque masivo de mármol travertino de 450 millones de años en Cubo etéreo: una arquitectura del vacío que desafía la gravedad.

-¿Cómo opera el entorno de su infancia en su memoria y de qué manera condiciona la escala monumental de su producción?
-El paisaje de mi infancia está muy presente, aunque no de forma consciente. Crecer vinculado a la cordillera de los Andes, al campo y a la minería me dio un contacto temprano con las texturas, pesos y colores de la piedra. Cuando me enfrento a un bloque, entro en diálogo con algo que ya tiene una historia, una geografía y un tiempo propios. La piedra tiene memoria en sus vetas, fracturas y dureza. Por eso la escala monumental aparece de manera natural. No la entiendo como tamaño, sino como una forma de relacionarse con el paisaje y el espacio público. Una escultura grande debe convivir con el territorio y permanecer en el tiempo. Mi trabajo consiste en hacer visible esa historia sin borrar lo que la materia ya es.
-¿Cómo interviene una materia milenaria para obligarla a dialogar con la urgencia de una competencia actual?
-La piedra tiene una relación particular con el tiempo; sobrevivirá a nuestra existencia. Mi trabajo no es una lucha contra esa densidad, sino una conversación. Con los años, pasé del bloque cerrado a obras donde dominan los vacíos, la transparencia y la liviandad. Me interesa descubrir cuánto puedo quitarle a la materia sin que deje de ser piedra. En Cubo etéreo partí de una forma pesada, el cubo, y trabajé para restarle peso y hacer que pareciera suspendida. La contradicción de tener pocos días en la Bienal para trabajar una materia milenaria me parece fascinante. La urgencia pertenece al escultor, no a la piedra. Busco hacer visible la tensión entre el tiempo inmenso de la materia y el instante de la experiencia humana.

-¿En qué punto el vacío se convierte en el protagonista estructural y conceptual de la escultura?
-El vacío protagoniza la obra cuando se entiende como aquello que permite que la escultura se complete, y no como lo que simplemente se quita. Cada vacío cumple una función estructural y dibuja la pieza. Por eso no aparece después de la materia, sino que está desde el comienzo. Cuando imagino una escultura, pienso simultáneamente en lo que voy a dejar y en lo que voy a quitar. En ese equilibrio reside la obra.

-¿Considera que el pulido final de sus piezas es una invitación estética o un manifiesto sobre la democratización del arte?
-Cuando trabajo para el espacio público, me importa lo que pasa alrededor de la obra: que alguien se siente, que un niño la recorra o que alguien la toque. Ahí la escultura deja de ser un objeto aislado y se integra a la vida cotidiana. Las terminaciones y el pulido no son solo decisiones estéticas; una superficie trabajada invita al tacto, permitiendo que la luz, la temperatura y la textura adquieran otra dimensión. La mano es también una forma de mirar. En el espacio público, la obra pertenece a todos quienes la habitan.

-¿De qué manera el ruido, el clima y la energía del público permearon las decisiones de la obra en tiempo real?
-Trabajar en un parque con personas observando permanentemente te hace consciente de que cada etapa del proceso es visible. El público ve cómo la masa enorme cambia poco a poco, pregunta y acompaña el avance. Esto democratiza el proceso creativo. Además, trabajar al aire libre implica adaptarse al calor, viento y polvo. La escultura exige concentración, pero también escuchar al cuerpo y al material. Lo más valioso de la Bienal del Chaco es esa convivencia entre el escultor y la vida cotidiana del lugar. La relación con el espectador nace mucho antes de que la escultura esté terminada.

-¿Qué elementos del legado de Marta Colvin continúan resonando en su práctica contemporánea?
-Existe una cercanía evidente con sus preocupaciones en torno a la piedra y al paisaje. En mi caso, hay un vínculo directo: mi maestro, Francisco Gazitúa, fue discípulo de Marta Colvin. Recibí una transmisión generacional de oficio, de una manera de mirar la cultura y entender la materia. La escultura es como una línea invisible y perenne. Sin embargo, lo importante no es repetir una herencia, sino hacerla avanzar desde mi propia experiencia, mis paisajes y mis preguntas. Cada escultor debe hallar su propio lenguaje.

-A las puertas de cumplir 30 años de carrera, ¿hacia dónde se desplaza su inquietud? ¿Hay algo que se resista a ser domesticado?
-Al principio necesitaba descubrir las técnicas y posibilidades de los materiales. Hoy los conozco mejor, pero surgen nuevas preguntas. La piedra, sobre todo el granito, el mármol y el basalto, sigue siendo el centro de mi proceso. Cada bloque plantea un desafío diferente y conserva la capacidad de sorprenderme. Mi inquietud permanente es cómo la obra se relaciona con el espacio público para generar lo que llamo "esculturas habitables". Todavía quedan variables que se resisten a ser domesticadas, y eso lo hace interesante; si tuviéramos todas las respuestas, dejaríamos de hacer preguntas.
Créditos Fotográficos
Prensa @bienaldelchaco
Archivo personal de: @mauricioguajardoescultor












