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El ejército de perfiles falsos

Las granjas de bots y los perfiles falsos se han convertido en una herramienta cada vez más utilizada para alterar la conversación pública en internet. Estas redes reúnen numerosas cuentas automatizadas o identidades digitales ficticias que actúan de manera coordinada para aparentar que detrás de determinadas opiniones existe un apoyo de la ciudadanía. De este modo, una idea, una consigna política o una figura pública puede parecer mucho más popular de lo que realmente es.

En primer lugar, estas redes pueden fabricar una sensación artificial de consenso; ya que miles de cuentas pueden publicar mensajes similares, compartir una determinada publicación o reaccionar al mismo contenido en cuestión de minutos. Como consecuencia, los usuarios encuentran una enorme cantidad de opiniones coincidentes y pueden interpretar ese volumen como una señal de respaldo social. Sin embargo, buena parte de esas voces no corresponde a personas reales que participan espontáneamente en la discusión. Se trata de una puesta en escena destinada a influir en la percepción colectiva.

Además, la actividad coordinada puede favorecer que determinados contenidos alcancen una mayor visibilidad, porque cuando una publicación recibe rápidamente muchos comentarios, reacciones y compartidos, las plataformas (como Facebook, Instagram, YouTube o X) pueden considerarla relevante y mostrarla a más usuarios. Así, una campaña artificial puede obtener una exposición que difícilmente conseguiría por medios naturales. Posteriormente, esa visibilidad puede llamar la atención de periodistas, dirigentes y ciudadanos, hasta convertir un asunto fabricado o exagerado en parte de la agenda pública.

Sin embargo, reducir el problema a la promoción de determinadas ideas sería insuficiente. Las granjas de bots también pueden utilizarse para acosar a periodistas, críticos, investigadores y opositores. En estos casos, la estrategia cambia, porque en este caso no se busca solamente instalar un mensaje favorable, sino además dificultar que una voz incómoda pueda ser escuchada. Para lograrlo, numerosas cuentas pueden responder de forma simultánea, repetir acusaciones, difundir insultos o llenar una conversación de mensajes contradictorios.

De esta manera, el acoso coordinado funciona como una forma de censura mediante el ruido. Una persona puede seguir publicando sus opiniones, pero sus mensajes quedan rodeados por cientos o miles de respuestas destinadas a desacreditarla, provocarla o agotarla. Al mismo tiempo, quienes observan la discusión pueden abandonar el debate porque resulta demasiado agresivo o confuso. Por consiguiente, la libertad de expresión no desaparece formalmente, pero las condiciones para ejercerla se deterioran.

Otro efecto a tener en cuenta es la saturación informativa. Cuando circulan simultáneamente versiones contradictorias, acusaciones y mensajes repetidos, resulta más difícil distinguir los hechos de las manipulaciones. En lugar de discutir sobre argumentos verificables, los usuarios terminan enfrentados por percepciones, sospechas y emociones. Así, el debate racional pierde espacio y la conversación pública se transforma en una competencia por llamar la atención.

Existen, por suerte, señales que pueden ayudar a identificar estas cuentas. Una actividad extraordinariamente intensa, publicaciones repetitivas, mensajes prácticamente idénticos y perfiles con nombres genéricos o fotografías poco creíbles pueden despertar sospechas. También pueden aparecer errores que revelan la automatización, como respuestas construidas con plantillas o comportamientos que difícilmente realizaría una persona de manera natural. No obstante, la detección resulta cada vez más compleja, porque las herramientas disponibles permiten crear perfiles más convincentes.

En el ámbito político y electoral, las consecuencias pueden ser relevantes, ya que una mayoría ficticia puede influir en la percepción de los votantes, mientras que una campaña de ataques puede desalentar la participación de quienes cuestionan determinadas posiciones. Asimismo, cuando una controversia artificial consigue suficiente difusión, puede terminar siendo recogida por los medios y adquirir una importancia que originalmente no tenía. El problema de las granjas de bots no debe entenderse únicamente como una cuestión tecnológica. En realidad, afecta a la calidad de la conversación democrática. Una sociedad necesita ciudadanos capaces de expresar desacuerdos, cuestionar a quienes ejercen el poder y debatir sobre hechos y argumentos. Cuando redes coordinadas fabrican consensos, atacan voces críticas y llenan el espacio público de ruido, esa posibilidad se debilita.

Las granjas de bots pueden convertir las redes sociales en un escenario donde la cantidad aparente de voces importa más que la calidad de los argumentos. Por esta razón, reconocer estas prácticas y fortalecer la capacidad de los usuarios para evaluar críticamente lo que encuentran en internet resulta fundamental para promover una conversación pública más abierta, racional y auténtica.

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