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Memorias de Resistencia

Un recuerdo de los circos de Resistencia

Los lugares habituales en que se instalaban eran: donde hoy es el Colegio Simón de Iriondo y su vecino el Laboratorio central, en diagonal a Sameep, donde hoy es el Colegio Nacional, en La Lógica (Carrefour) o donde se encuentran los nuevos juzgados (Güemes y av. Laprida. Se instalaban los más grandes parques de diversiones y los más grandes circos que visitaban nuestra zona: los circos más conocidos eran el Lowandi y el de los hermanos Segura. Pero uno que vino solo una vez y me quedó como un espectáculo inolvidable fue el Gran circo de Moscú con sus aguas danzantes y tres pistas simultaneas.

Nuestro pasatiempo consistía en visitar a los animales que traían y subsistían en esos carromatos con formas de jaulas (tigres y leones), los más mansos estaban a nuestro alcance para tocarlos y darles de comer, como los elefantes, jirafas, caballos, cebras, monos, camellos y todo tipo de animales, que conformaban un verdadero zoológico ambulante y nosotros no estábamos habituados a verlos.

El espectáculo circense era como todos, con presentador generalmente el dueño y los distintos entretenimientos como: los trucos de magia de algún ilusionista (siempre me intrigaba develar el truco), o los vuelos arriesgadísimos de los trapecistas, con el famoso tamborileo en cada acto arriesgado. La cuota de dramatismo y vértigo la ponían las motos en el globo de la muerte, con esos cruses casi suicidas para nuestros ojos. Lo que menos me gustaba eran los actos con animales, me dolía el sufrimiento de ellos y cada latigazo del domador era un golpe a mi corazón.

afiche de circo

Una de las anécdotas más increíbles fue cuando hacían un desafío de quien peleaba contra el oso, al que le calzaban unos guantes, el que se animó fue el Billy Obligado y ante todo el público, lo durmió de un cross de derecha, el dueño no entendía nada.

Lo más emocionante eran los partidos de fútbol, Boca contra River pero jugado con perros. Y lo más gracioso, por supuesto los payasos (siempre un alto y un enano) que actuaban mientras se armaba un nuevo escenario y el repetido gags del dolor de muelas, que termina con el odontólogo extirpándola con una pinza descomunal, no por reiterado dejaba de ser gracioso.

Las calidades de los circos se notaban por sus carpas o por la cantidad de animales.

Una de las cosas lindas que tenían para mí era, que los hijos de esa gran compañía de artistas, concurrían a nuestra escuela, la querida 33 y nos hacíamos de nuevos amigos con un mundo y unas vivencias muy distintas de las nuestras, con toda la aventura que significa ser trotamundos y nómades. También la gratificación venía, porque teníamos entrada libre al espectáculo, en los mejores lugares, los palcos cuando no se llenaba, sino nos tocaba ir al gallinero. Por último nos quedaba la tristeza de la despedida, cuando el circo levantaba su carpa y a otra ciudad, a seguir con ese mágico mundo.

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