Vivir en zona de guerra al estilo argentino
Carlos Talkowski dejó Resistencia hace casi cincuenta años para cumplir un sueño: convertirse en agricultor en Israel. Hoy vive en Or HaNer, un kibutz fundado por argentinos, ubicado a apenas tres kilómetros y medio de la Franja de Gaza. Entre campos productivos, tecnología agrícola de vanguardia y refugios antiaéreos, cuenta cómo es desarrollar una vida cotidiana en una de las zonas más sensibles del planeta.

Mientras en Argentina transcurre una mañana común, en el sur de Israel cae la tarde. Desde su teléfono celular, Carlos Talkowski recorre las calles de Or HaNer, el kibutz donde vive desde hace décadas. A medida que avanza en automóvil, muestra jardines prolijos, instalaciones deportivas, emprendimientos productivos y paisajes agrícolas. Pero detrás de esa postal de tranquilidad existe una realidad imposible de ignorar: la comunidad se encuentra a apenas tres kilómetros y medio de la Franja de Gaza.
Carlos llegó a Israel en 1976, aunque su primera experiencia había sido tres años antes, cuando viajó como voluntario para trabajar y estudiar. Recién egresado de la Escuela Industrial de Resistencia, decidió instalarse definitivamente en el país impulsado por una vocación muy clara.
—Mi sueño era ser agricultor en el Estado de Israel— recuerda.
Ese sueño encontró su lugar en Or HaNer, un kibutz fundado por inmigrantes argentinos en la década de 1950. El nombre significa "La luz de la vela", aunque para muchos argentinos que lo habitan podría llamarse también "un pedazo de Chaco en Medio Oriente".
La identidad argentina aparece en los detalles más inesperados. Uno de los refugios antiaéreos de la comunidad luce un mural de Lionel Messi levantando la Copa del Mundo. Además, el restaurante más importante del kibutz lleva un nombre familiar para cualquier compatriota: Patagonia, especializado en carnes asadas al estilo argentino.
"Estamos en una mini Argentina", resume Carlos entre sonrisas.
Un modelo comunitario que sigue funcionando
Or HaNer combina actividades agrícolas, industriales y de servicios. El kibutz posee una fábrica de empanadas que distribuye productos a supermercados de todo Israel, un restaurante, una empresa dedicada a eventos y una importante producción agropecuaria.
Entre sus principales actividades se destacan un tambo con alrededor de 400 vacas lecheras, criaderos avícolas altamente automatizados y extensos cultivos de trigo, garbanzos y otros productos.
La tecnología aplicada al campo sorprende incluso a quienes conocen los sistemas productivos más avanzados. Cada vaca lleva un collar inteligente que transmite información en tiempo real sobre movimientos, estado sanitario y productividad. Los sistemas automatizados permiten monitorear la salud del animal, detectar períodos reproductivos y optimizar la producción.

Durante años, Carlos trabajó en Netafim, la empresa israelí que revolucionó la agricultura mundial con la invención del riego por goteo. Hoy, ya jubilado, sigue activo colaborando en tareas de jardinería y mantenimiento.
"La pasividad me mata", admite.
Vivir en una zona de guerra
Sin embargo, la producción agrícola y la vida comunitaria conviven con una amenaza permanente.
"Te recuerdo que nosotros estamos en zona de guerra", señala Carlos mientras conduce hacia los campos cultivados.
La distancia que separa al kibutz de Gaza es tan corta que él mismo la describe con una metáfora contundente:
"Con una gomera nos pueden disparar."
Los habitantes de Or HaNer forman parte de la denominada "primera franja de seguridad" israelí, la más cercana a la frontera. Allí, cuando suenan las alarmas, disponen de apenas doce segundos para llegar a un refugio.
Cada vivienda posee una habitación blindada construida bajo estrictas normas de seguridad. Además, existen refugios comunitarios distribuidos estratégicamente por todo el kibutz.
A pesar de los años de experiencia conviviendo con conflictos armados, Carlos reconoce que el miedo nunca desaparece.
"Decir que no tenés miedo cuando suena la sirena sería mentirte", afirma.
La diferencia es que la población ha aprendido a reaccionar con rapidez.
"Nos hemos vuelto corredores de cincuenta metros llanos en tiempo récord", comenta con humor.
La fuerza de la rutina
Quizás uno de los aspectos más llamativos del relato sea la naturalidad con la que la comunidad continúa desarrollando sus actividades pese a la amenaza constante.
Los niños van a la escuela, los trabajadores cumplen sus tareas, los agricultores cuidan sus cultivos y las familias participan de eventos sociales.
"Todo continúa", explica Carlos. "Entrás en una rutina de estar atento al peligro."
La vida sigue porque detenerla significaría concederle demasiado espacio al miedo.
Sin embargo, lejos de cualquier postura extremista, su deseo es simple y profundamente humano.
"No pierdo la esperanza de que algún día volvamos a vivir en paz y que la gente no tenga que estar corriendo a los refugios, ni de este lado ni del otro lado."
El vínculo que nunca se rompe
Aunque lleva casi medio siglo viviendo en Israel, Carlos conserva intacto su vínculo emocional con Argentina.
Recientemente recibió un video sorpresa enviado por amigos de la infancia y compañeros de promoción de la Escuela Industrial de Resistencia. La emoción fue inmediata.
"Los amigos de la infancia y de la adolescencia son los amigos de verdad", dice.
También mantiene un profundo orgullo por sus raíces chaqueñas.
"Estoy orgulloso de ser chaqueño y argentino, y no lo ocultamos. Al contrario, lo exteriorizamos en cada oportunidad que tenemos."
Ese sentimiento puede verse en los murales, en las reuniones comunitarias, en el restaurante Patagonia y hasta en el particular acento que aún conserva después de tantos años lejos de su tierra natal.
Un paseo inesperado entre culturas
Antes de finalizar la entrevista, Carlos muestra uno de los rincones más singulares del kibutz: el Paseo de las Siete Especies, una obra artística inspirada en las especies mencionadas en la tradición bíblica.
El proyecto fue realizado por artistas argentinos junto a colaboradores locales, incluyendo un joven palestino de Gaza. Las esculturas representan el trigo, la cebada, la vid, el olivo, el higo, la granada y la palma datilera.
El lugar simboliza algo más profundo que una simple intervención artística: la posibilidad de construir belleza y cooperación incluso en una región marcada por décadas de enfrentamientos.
Reflexión final
La historia de Carlos Talkowski desafía muchos de los estereotipos que solemos recibir a través de los titulares internacionales. Detrás de los mapas de conflicto, las estadísticas y las noticias de última hora existen personas que trabajan, forman familias, cultivan la tierra, celebran cumpleaños, extrañan a sus amigos y siguen apostando por el futuro.
Desde un kibutz argentino en el sur de Israel, a pocos kilómetros de una de las fronteras más tensas del mundo, Carlos ofrece una lección sencilla pero poderosa: aun en medio de la incertidumbre, la vida encuentra la manera de continuar. Y quizá la verdadera resistencia no consista solamente en sobrevivir, sino en seguir sembrando, construyendo y esperando la paz cuando todo parece indicar lo contrario.
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