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Memorias de Resistencia

Bar La Estrella y Café de la Ciudad: el mismo destino

Releyendo una vieja nota del diario El Territorio del año 1982, cuando cerraba sus puertas aquel emblemático Café de Resistencia, me invadió la misma nostalgia de cuando hace más de un año veía cerrar sus puertas al Café de la Ciudad.                                                               

Fue La Estrella, de la Flia. Terada, lugar obligado de reuniones políticas, donde más de una vez, se decidió el destino del Chaco.                                                   En 1950 Yoshio Terada le compra ese bar al señor Pablo Petcoff. Más que un bar era un templo donde se rendía culto a la amistad, un lugar donde las fronteras no existían. Políticos, gremialistas, profesionales, deportistas, escritores, periodistas, bohemios, borrachos. Allí todos eran hermanos. Debe ser por eso que su fama se extendió a todo el país.                   

bar la estrella- cafe de la ciudad

Aunque las nuevas generaciones no lo crean, hubo una época en que los tres únicos símbolos que identificaban a Resistencia ante el resto de la Argentina eran el perro Fernando, el Fogón de los Arrieros y el bar La Estrella. La nota de El Territorio decía: "Creemos que hoy y aquí debemos referirnos al ágora dé. Resistencia, no para celebrar determinado aniversario, sino tal vez para intentar un adiós". Continuaba "El bar La Estrella", de la esquina de Irigoyen y Pellegrini -esta confluencia del nombre de las calles ya reviste el carácter de un símbolo- está en venta. Se vende el ágora de Resistencia. Y es posible que ese carácter se pierda irremediablemente". "No es exagerado hablar de "La Estrella" como el ágora de Resistencia, porque más allá de ser donde recalan trasnochadores consumados, superando la trascendencia de sus partidas vespertinas de dominó y tute, trascendiendo los nostálgicos diálogos de jubilados".                   

La Estrella se constituyó siempre en el lugar ideal para escuchar las más encontradas opiniones políticas, muchas veces en la misma mesa donde compartían un interminable café -cuando no algún suculento emparedado- radicales, peronistas, socialistas y desarrollistas, mientras a pocos metros se podía hablar de automovilismo, fútbol o ciclismo, cuando no de cine, artes o literatura y aun mezclarse todos esos temas en una variedad casi infinita de opiniones. Mientras tanto, desde el mostrador, la mirada rasgada de sus dueños los Terada daban el marco adecuado al lugar. Seguramente asistimos como hace 40 años al mismo fin, de puertas cerradas con miles de historias acumuladas. Su continuidad fue allá por los 90 con la misma idea de continuar aquel "Viejo Café", como fue su última denominación, pero con un toque artístico y cultural, que le daban aquellos espectáculos musicales.                                                                                            

En aquellos salones vacíos seguramente andarán los espíritus de nuestros amigos y parroquianos que, con tantas dispares ideologías, se expresaron con libertad con un virtual espíritu de aceptación de aquellas otras, contrarias a las propias, aunque se trate de política, de deporte o de literatura.

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