América Latina busca liderar la ONU
La elección del próximo secretario general de las Naciones Unidas para el período que comenzará en 2027 se desarrolla en un contexto internacional especialmente tenso y cargado de incertidumbre. En efecto, el sistema multilateral atraviesa uno de sus momentos más cuestionados desde su creación tras la Segunda Guerra Mundial, con conflictos abiertos, rivalidades entre grandes potencias y un aumento de la fragmentación política que pone en duda la eficacia de los organismos internacionales. En este escenario complejo, la sucesión del portugués António Guterres adquiere una relevancia singular, ya que el perfil del futuro líder de la ONU será determinante para definir su capacidad de adaptación y liderazgo global.
Diplomáticos con larga trayectoria recuerdan que existe una regla no escrita que orienta la rotación regional del cargo y que, en esta ocasión, favorece a América Latina. Esta circunstancia ha impulsado la presentación de candidaturas de peso provenientes de la región, entre ellas la del argentino Rafael Grossi, la chilena Michelle Bachelet y la costarricense Rebeca Grynspan, a las que se suma el senegalés Macky Sall. Sin embargo, más allá de la diversidad de propuestas, la figura de Grossi ha ganado una centralidad particular debido a su trayectoria y su posicionamiento en temas clave de la agenda internacional.
En este sentido, la candidatura de Grossi se apoya en más de tres décadas de experiencia en diplomacia nuclear y desarme, un campo que ha cobrado una importancia creciente en un mundo atravesado por tensiones militares y riesgos de proliferación. Desde 2019, al frente del Organismo Internacional de Energía Atómica, ha desempeñado un papel activo en escenarios críticos como la guerra en Ucrania y las negociaciones en torno al programa nuclear iraní. Esta exposición directa a conflictos de alta complejidad le ha permitido consolidar una imagen de diplomático pragmático, con capacidad de interlocución tanto con potencias occidentales como con actores no alineados.
Al mismo tiempo, su perfil técnico se combina con una visión política que busca recuperar lo que él considera el espíritu fundacional de las Naciones Unidas. Según ha expresado en diversas intervenciones, la organización debe enfocarse en su objetivo primordial de preservar la paz y la seguridad internacional, en un momento en que muchos cuestionan su eficacia. Esta postura adquiere relevancia si se tiene en cuenta que el Consejo de Seguridad ha sido objeto de críticas por su parálisis frente a conflictos recientes, lo que ha debilitado la credibilidad del sistema multilateral.
Asimismo, la candidatura del diplomático argentino se beneficia de un contexto regional que busca mayor protagonismo en la gobernanza global. Aunque América Latina ha tenido una presencia limitada en la conducción de la ONU, con el antecedente de Javier Pérez de Cuéllar, existe una percepción de que ha llegado el momento de que la región vuelva a ocupar ese espacio. En este escenario, Grossi intenta posicionarse como una figura capaz de trascender las fronteras regionales y representar intereses globales, apoyándose en su reconocimiento internacional y en su inclusión entre los líderes más influyentes, según señalaron esta semana diversas publicaciones especializadas.
Por otra parte, el proceso de selección está marcado por la dinámica interna de la organización, donde el Consejo de Seguridad juega un papel decisivo. Los apoyos y posibles vetos de las potencias con derecho a veto serán determinantes para definir el resultado final. En este terreno, Grossi parece contar con una ventaja relativa, ya que mantiene vínculos fluidos con actores clave como Estados Unidos y Rusia, lo que podría facilitar consensos en un contexto de fuertes divisiones geopolíticas.
Sin embargo, la competencia no es menor. Bachelet propone una agenda centrada en la modernización institucional y la defensa del derecho internacional, mientras que Grynspan enfatiza la necesidad de enfrentar la fragmentación global. Sall, por su parte, plantea una articulación entre paz y desarrollo. Estas visiones reflejan diferentes diagnósticos sobre el estado del sistema internacional, lo que convierte la elección en un debate más amplio sobre el futuro de la ONU.
En rigor, la candidatura de Rafael Grossi sintetiza varias de las tensiones y expectativas que atraviesan este proceso. Su experiencia en seguridad internacional, su perfil técnico y su capacidad de diálogo lo posicionan como un contendiente sólido en una carrera abierta e incierta. Al mismo tiempo, su aspiración de devolver a la organización a sus principios fundacionales plantea un interrogante central sobre si ese enfoque será suficiente para enfrentar los desafíos de un mundo cada vez más complejo y fragmentado.










