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Cuando se corta la luz y aparece la calma

A menudo buscamos soluciones externas para un agotamiento que nace en el alma. Hoy nos proponemos reflexionar sobre cómo una pausa forzada puede ser la invitación perfecta para redescubrir una paz que no depende de las circunstancias externas.

Se cortó la luz

Hace unos días, en mi casa, la luz se cortó de repente. En un instante, el Wi-Fi se apagó, el televisor enmudeció y el silencio -ese compañero tan poco frecuente- se adueñó de cada rincón. Nuestra primera reacción, lo admitimos, fue el fastidio. Nos hemos acostumbrado tanto a que todo funcione con solo apretar un botón que, cuando la tecnología falla, sentimos que perdemos el control de nuestras vidas.

Sin embargo, en esa oscuridad forzada de la noche, descubrimos algo inesperado. Al no tener el ruido de las noticias ni el brillo de las pantallas distrayéndonos, pudimos escuchar nuestros propios pensamientos. Nos dimos cuenta de que muchas de nuestras preocupaciones no nacen de los problemas reales, sino del exceso de información y de la prisa constante en la que estamos sumergidos. 

 

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Mirar hacia adentro

Metafóricamente hablando, a veces, la vida nos corta la luz para que dejemos de mirar hacia afuera y empecemos a mirar hacia adentro.

Esa pausa obligada nos recuerda una enseñanza antigua que suele estar olvidada en la estantería de nuestra mente: no estamos diseñados para cargar con el peso del mundo sobre nuestros hombros. Existe una brújula milenaria, el consejo bíblico, que no viene a juzgar nuestro cansancio, sino a proponernos una lógica distinta. Nos invita a entender que la paz mental no se la encuentra resolviendo todos los problemas de mañana, sino aprendiendo a confiar en que hoy no estamos solos.

Hay una recomendación de hace dos mil años que hoy suena más vigente que cualquier tratado de autoayuda: "No se vuelvan locos por el mañana, que cada día ya trae su propio lío". Es una invitación a dejar de pelear batallas que todavía no ocurrieron. Nos propone que, en lugar de gastar nuestras energías imaginando naufragios futuros, usemos esa fuerza para mantener el barco a flote hoy. Al final, la fe no es ignorar los problemas del martes, es tener la serenidad necesaria para resolver los problemas del lunes.

El entorno no siempre se calma

A menudo cometemos el error de esperar que el entorno se calme para encontrar la paz. Creemos que descansaremos cuando se solucione la economía, cuando el vecino deje de molestar o cuando los problemas se esfumen. 

Pero la sabiduría bíblica nos propone un camino inverso: la paz no es la meta al final del camino, sino la fuerza y el combustible con el que decidimos caminar.

Esta semana, nos invitamos a nosotros mismos a un pequeño ejercicio de honestidad. La próxima vez que el ruido del mundo nos abrume, intentemos apagar las pantallas un momento y buscar ese consejo antiguo que nos dice: "No se inquieten". No es una frase ingenua, es una decisión de confianza. Porque, al final del día, la verdadera luz no es la que vuelve cuando arreglan los cables, sino la que permanece encendida en nuestro interior aun cuando todo lo demás está a oscuras.

Confiar y practicar el consejo bíblico nos permite encontrarnos con la paz interior que tanto buscamos.

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