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Del Día Internacional de la Poesía a 50 años del golpe de estado

Imaginar fue una actividad peligrosa para las poetas en dictadura

Graciela Cros y María Teresa Andruetto cuentan cómo eran aquellos días, sus temores y la escasa actividad literaria bajo el golpe del 76.

Graciela Cros (Carlos Casares, 1945) vive en Bariloche desde 1971. El 23 de marzo de 1976, Graciela estaba amamantando a su hija Melissa de 6 meses. Ya se había cumplido la licencia de 90 días que le otorgaban por maternidad, fue a su trabajo y se tuvo que volver.

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"Durante esos años de plomo escribí en secreto, puertas adentro, mostrarse como poeta podía ser peligroso", recordó Graciela Cros.

Se había presentado a la Cámara Civil, Poder Judicial de Río Negro, en el Centro Cívico, donde trabajaba de administrativa, pero el edificio estaba lleno de militares.

"Quisimos entrar a trabajar pero la puerta estaba cerrada y los militares nos dijeron que volviéramos a nuestras casas. Trabajaba ahí desde el 73 o el 74, todo era un horror. Recuerdo que una vez vino una abogada a decirme que me iban a poner una bomba en mi casa porque yo era marxista leninista. Ella era de Las tres A, el padre de mis hijas y yo estábamos en esas listas. Esos momentos antes del golpe, yo amamantaba y escuchaba la radio. Sabíamos que se venía, había mucho temor y a mí en particular me angustiaba tener a mi bebé recién nacida", cuenta Cros. Durante la dictadura, las actividades literarias se frenaron. Recién con el retorno de la democracia volvieron los libros y los reconocimientos. Cuando ella se mudó a Bariloche descubrió que en aquel paraíso natural también había amenazas, listas negras y bombas en las puertas de las casas de militantes.

"Mi familia en Bariloche eran los amigos", cuenta Cros: "Recuerdo que teniendo a mi hija muy pequeña, íbamos a visitar a unos amigos muy queridos, y al pasar frente a los cuarteles nos detenían los militares. Teníamos un Citroen 2CV, un autito muy popular en la época, los militares se asomaban al interior del auto donde viajaba atrás en su moisés mi hijita bebé y lo hacían con el arma larga por delante. Yo sufría pánico absoluto viendo cómo movían el arma arriba del moisés. Esa era una instancia horrible, de mucho temor y vulnerabilidad. Sin embargo, era lo cotidiano y pasábamos por eso para reunirnos con nuestros amigos porque la conexión y la familiaridad que teníamos nos daban fuerzas para seguir. Nos cuidábamos mucho y algunas cosas ni las comentábamos para no perjudicarlos. Recuerdo haber quemado libros y revistas en la salamandra, estufa a leña, y haberlo mantenido en reserva hasta un tiempo después cuando nos enteramos que nuestros amigos lo habían hecho también".

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"En los años de la dictadura escribía cosas muy fragmentadas, nada subsistió.", dijo María Teresa Andruetto.

María Teresa Andruetto: "Escribía cosas muy fragmentadas, nada subsistió"

"En Córdoba, ya avanzado el año 75, se iban los profesores al exilio, empezó a haber un desmadre, yo alcancé a recibirme y alcancé a entrar en la colación de la licenciatura, pero la colación del profesorado iba a ser en marzo del 76. Ese diciembre anterior decidí viajar de Córdoba a la Patagonia porque empezaron a detener y a desaparecer a compañeros y a profesores. Ahí conocí lo que después se llamó exilio interno, yo necesitaba irme a algún lugar donde no me conocieran", cuenta María Teresa Andruetto (Arroyo Cabral, 1954).

Cuando llegó a Trelew, en enero de 1976, empezó a trabajar en un diario. Estaba en la redacción cuando llegó el 24 de marzo de 1976. Al poco tiempo, aquel diario perteneciente a un ala progresista del radicalismo, cerró en medio de persecuciones, asesinatos y amenazas. "Teníamos miedo. En ese momento decidí volver a Córdoba y viví varios años en una situación extremadamente precaria. Recién hacia el año 82, en medio de la miseria, empecé a escribir la novela Tama, que 10 años después ganó el premio Luis de Tejeda de Córdoba", cuenta Andruetto, quien ha recibido numerosos reconocimientos como el Premio Hans Christian Andersen en 2012.

Por Latfem

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